29 de marzo de 2013

La historia permanecerá subsumida en las inadvertidas creaciones de Arte.



Cuando los almohades llegaron a Hispania -seducidos por los perdedores almorávides vencidos por los cristianos en la península Ibérica- alcanzaron su esplendor con el califa almohade Abu Yusuf (1135-1184). Este califa norteafricano decidió que su capital imperial almohade fuese la ciudad ribereña de Sevilla. Fue él quien ordenó construir una gran mezquita en la ciudad sureña, proyecto que tan sólo pudo comenzar, y que nunca llegaría a competir, siquiera, con la ya tan hermosa, grandiosa y sagrada Mezquita cordobesa. Pero, al menos, la mezquita almohade hispalense tendría un alminar, o torre de llamada a la oración, tan alta y decorada como la sagrada Kutubia de Marrakech. Y así pasaron los años, hasta que en 1248 los cristianos del rey Fernando III alzaron el pendón castellano-leonés sobre la famosa Giralda sevillana. Sin embargo, esos mismos cristianos mantuvieron la construcción, ahora consagrada al rito católico, tal y como estaba antes, para ser ahora sede arzobispal de aquel nuevo reino conquistado.

Así que no fue hasta julio del año 1401 cuando entonces el cabildo sevillano decidiera erigir, en ese mismo lugar, una gran catedral cristiana, tan grande y buena que no haya otra igual en el mundo. La ciudad por entonces -principios del siglo XV- no tenía demasiados artesanos ni artistas conocedores de las técnicas constructivas y decorativas que una obra tan importante requería. Y es por lo que fueron llamados por toda la Europa cristiana los mejores creadores que el nuevo siglo pudiera ofrecer. Vinieron entonces de Italia, de Francia, de Alemania, también del resto de los reinos peninsulares. Arquitectos, escultores, pintores, artesanos, creadores todos ellos con experiencia en decoración y construcción de templos por toda la Cristiandad.

¿Quién fue realmente aquel arquitecto que ideara primero el diseño de ese enorme templo que nunca antes fuese diseñado? Por entonces, como ahora, se obligaba a dibujar los planos del edificio y a firmarlo al maestro constructor de la obra. Esos documentos existieron, y en ellos aparecía el nombre del primer atarife responsable de aquella magna creación. Porque luego hubieron más, tantos como los años que se tardaron en terminarla. Desde comienzos del siglo XV hasta mediados casi -1465- no se consiguió alcanzar levantar la Catedral poco más de la mitad de su altura definitiva. No fue sino a finales de ese siglo cuando se logró terminarla, llegando definitivamente durante el año 1506 a su completa finalización. Aquellos planos iniciales fueron guardados en el archivo catedralicio sevillano, hasta que el rey Felipe II ordenase llevarlos al Palacio Real de Madrid a finales del siglo XVI. En este viejo Alcázar madrileño durmieron sus recuerdos los planos de la Catedral de Sevilla, con el diseño inicial y la firma de aquel primer arquitecto que ideara la estructura de sus muros. Allí estuvieron hasta que perecieron por completo -y con ellos el nombre del autor de los mismos-, consumidos por las feroces llamas del arrasador incendio que acabara con el Real Alcázar madrileño el 24 de diciembre del año 1734.

Una de las puertas del magno edificio eclesial sevillano es llamada de las Campanillas, situada hacia el este del edificio, hacia la actual plaza de la Virgen de los Reyes. Llamada esta puerta así porque, cuando se construía la catedral, este lugar era desde el cual se llamaba con unas campanillas la finalización de la jornada. Como Sevilla y sus alrededores no poseen canteras de piedra para esculpir, tuvieron que utilizar otros procedimientos artísticos. El relieve que decora el tímpano de esa puerta de las Campanillas representa la llegada de Jesús a Jerusalén. Está realizado en barro cocido, una técnica que sólo artesanos franceses dominaban por entonces. Uno de los mejores escultores conocedor de esa técnica llegará a Sevilla en el año 1516, procedente del sur de Francia: Miguel Perrin. Junto a él, otros artistas finalizarían las obras de decoración que se prolongarían aún durante años, obras de Arte que tratarían de adornar aquel grandioso deseo de algunos sevillanos de finales del siglo XIV.

En esas obras de Arte contribuyeron diferentes creadores y arquitectos, diferentes órdenes de diseño también. Desde la arquitectura Gótica -su principal orden constructiva y artística- hasta la alemana medieval, pasando luego por la greco-romana, la árabe y también, por último, la plateresca, ésta propia de sus últimos años. Así se configuraría la extraordinaria construcción que, como todas las obras de los hombres, pasaría por años de visicitudes y de cambios. Por ella recorrieron y dejaron su Arte seres desconocidos hoy, seres que un día pensaron en sobrevivir a sus esfuerzos... dedicando entonces su saber y su destreza en esas grandiosas construcciones. Obras -grandes o pequeñas- que permanecerán indelebles, sin embargo; todo mucho más aún que aquellos deseos inmortales de sus abnegados, desconocidos y efímeros creadores.

(Fotografía del tímpano de la Puerta de las Campanillas, Catedral de Sevilla, obra Jesús entra en Jerusalén, 1520, barro cocido, del escultor de origen francés Miguel Perrin, 1498-1552; Fotografía de una gárgola de la Catedral hispalense; Fotografía de la fuente de la plaza de la Virgen de los Reyes, Sevilla; Fotografía del tejado de un edificio anexo a la Catedral de Sevilla; Fotografía de la fachada de un edificio de la ciudad de Sevilla; Fotografía de Sevilla, vista parcial de la cúpula de la iglesia de la Magdalena, Sevilla; Fotografía de una esquina del Palacio Arzobispal, Sevilla; Fotografía de los arbotantes del edificio gótico de la Catedral hispalense.)

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