15 de abril de 2013

El matiz diferente de una Historia contrastada: dos mundos europeos distintos, dos artistas y el Arte.



Desde que el hombre alcanzara a ver que sólo batiendo su espada heroica podría conquistar su felicidad, la historia nos presenta, sin embargo, que la única forma de ganar es aprendiendo antes de los errores cometidos por otros. Y es así cómo sociedades que llegaron a rozar la grandeza de su destino fútil, acabaron siendo luego vencidas por otras sociedades, esas que partieron ahora vírgenes desde la aurora hábil, vigorosa y decidida de su nuevo acontecer. Cuando España fuese elevada a los más altos altares de la Historia en el siglo XVI -primera nación europea que lo alcanzara desde aquel imperio romano derruido antes-, consiguió latir fuerte su pulso tanto en comercio como en riquezas, en reinos como en personajes, en cultura como en Arte. Y así brillaría su historia por siglos. Y de tantos frutos como dio su crisol histórico por entonces, nacieron hombres que crearon cosas, crearon vida, pueblos, obras... Y así crearon también -para aquel tiempo tan cercano al medievo desolado- el posible germen de una senda de riqueza que, quizá, de haber podido fomentarla bien, hubiera sido una promesa de futuro y un hálito de prosperidad para su pueblo. Sin embargo, ni el destino -sutil término indefinido- de sus gobernantes, ni el sustrato de sus pobladores, ni el amparo de las cosas de la vida desatenta, hicieron que ese brillo histórico perdurara en adelante.

Uno de los artistas más desconocidos y curiosos del Siglo de Oro español lo fue el sevillano Juan de Jáuregui. Dedicó su pasión al Arte, en el sentido ahora más renacentista del término, aun siendo parte su vida de una época plenamente barroca. Y lo hizo además como aquellos seres que no distinguen la pluma del pincel. Pintó como sus maestros ilustres andaluces -Pacheco, Céspedes, Mohedano-; escribió como los grandes autores españoles -Góngora, Quevedo, Cervantes-, donde su poesía italiana y culta, sacra y pagana, mitológica y universal, ha prevalecido en textos resguardados en cajones enamorados o en bibliotecas silentes y desapercibidas. Pero, no así su Pintura, de la que no queda absolutamente nada; unas obras de Arte los lienzos, quizás, más dados a desaparecer o enterrarse entre los deterioros o las maldades de la vida.

Juan de Jáuregui nace Sevilla en el año 1583 en la familia hidalga del señorío de Gandul. Este señorío se situaba entonces en las tierras próximas al municipio sevillano de Alcalá de Guadaíra. Desde las reparticiones del rey Fernando III, luego de la conquista del reino sevillano a los árabes, el lugar fue requerido por su estimable situación cercana a la frontera con el reino musulmán granadino. También, por su nudo de comunicaciones en la antesala de Sevilla y por sus ricas tierras de labranza. Y así se crearía aquel señorío sevillano cuando el rey Enrique II lo ofreciera en el siglo XIV a vasallos leales suyos, castellanos enfrentados también a su enemigo, hermano y legítimo monarca de Castilla, el rey Pedro I. Al ganar aquél la lucha fraticida a éste el señorío de Gandul adquirió, verdaderamente, todo su sentido social. Fue el padre del artista -Martínez de Jáuregui- quien adquirió Gandul siglos después, en el año 1593, gracias a la riqueza que el comercio de Indias le reportara, así como su relación administrativa -era miembro del concejo- con la ciudad hispalense. En aquellos años -finales del siglo XVI- todavía la comarca sevillana mantenía una pujanza económica envidiable no solo en toda la península, sino en toda Europa. Los productos de Gandul se vendían en Sevilla y en su puerto ribereño -el más importante puerto del mundo entonces-, y el señorío de Gandul -toda una villa de unos seiscientos habitantes- dispondría de su propio castillo, de su iglesia, de su Palacio, de su vida... y su futuro.

Pero, todo termina cuando las crecidas no son controladas por el ingenio de lo prudente, de lo que deviene en experiencia, propia o ajena, así también como de la vida, que no perdonará las burbujas encaramadas, por muy grandes o bonitas que sean. Un filósofo romano, Marco Terencio Varrón, dijo en el siglo I a.C. que: el hombre es una burbuja... Una absoluta, fugaz, evanescente y efímera burbuja... Cuando un botánico de origen holandés, Clusius, recibiera de regalo en el año 1573 -del embajador del Sacro Imperio en Constantinopla- un bulbo de una planta muy bella y exótica, nunca pensaría que acabaría arruinando a muchos de sus compatriotas años después. Era tan bella, tan distinta a toda planta ornamental conocida, algo nunca antes visto en Occidente. Sus pétalos se tornaban ahora de colores maravillosos. Algunos de sus bulbos desarrollaban, de pronto, una flor tan diferente, más enigmática y hermosa que la que antes tuviese. Luego se supo que la razón de todo ese cambio de tonalidad era provocado por un virus, un microorganismo que alteraba las formas y los colores de sus pétalos.

Y el proceso inflacionista del valor de esas plantas comenzó entonces así, con una demanda ahora en exceso desbocada. Y continuó más tarde con la vil especulación y la codicia. Holanda a finales del siglo XVI pertenecía a la Corona española de Felipe II. Este rey hispano heredaría el territorio de su padre, el emperador Carlos V, pero aquel rey no supo -o no pudo- mantener el suave acontecer social de un vasallaje flamenco antes comprendido y fructífero con España. Las riquezas americanas lumbrearon y agasajaron gran parte de aquellas posesiones norte-europeas. Así que por entonces las ciudades de Flandes prosperaron al amparo de las conquistas españolas allende los mares, y el comercio americano, aquel que salía y llegaba de Sevilla, fue fomentado por Carlos V en todas sus posesiones europeas, sin distinción de fueros, de identidades ni de intereses.

Sin embargo, una guerra en Flandes llevaría a España a perder definitivamente todas aquellas posesiones norte-europeas. Y el nuevo reino flamenco independiente alcanzaría una prosperidad marítima y comercial -también colonizadora, como aprendieron de su antigua metrópoli- extraordinaria. Y todo eso a pesar de soportar la quiebra financiera producida por aquella burbuja explosiva de aquellos maravillosos tulipanes en la primera mitad del siglo XVII. Aun así, consiguieron los holandeses, sin embargo, llegar a ser la primera productora de tulipanes del mundo -hoy en día aún lo son- y obtener gran parte de su riqueza nacional gracias a esta maravillosa industria ornamental de los tulipanes. Uno de los holandeses que sufriera aquella burbuja de los tulipanes -la tulipanomanía-, fue el pintor paisajista barroco Jan van Goyen. Antes de la quiebra del mercado de los tulipanes en el año 1637, el pintor van Goyen comenzaría a dibujar paisajes con la exquisita combinación de los colores y de la perspectiva flamenca. Ganaría probablemente el dinero suficiente con su Arte, pero, sin embargo, se vio seducido por la inmensa ganancia ficticia que aquellos bulbos del diablo habrían llegado a tener. Acabaría el pintor arruinado totalmente en los últimos años de su vida.

Por el contrario, aquel señorío de Gandul no llegaría a perder su pujanza sino hasta comienzos del fatídico siglo XIX español. El campo andaluz sufriría entonces -en el siglo XIX- gran parte del maldito cambio de influencia comercial producido entonces, y que se dirigía ahora del sur al norte de Europa. Pero, además, los gobiernos españoles posteriores a la guerra de la Independencia -1808-1814- terminarían por fracturar, aún más, las posibles formas de renovar económicamente una región y su deficiente agricultura. Los descendientes de aquel poeta-pintor Jaúregui siguieron tratando de hacer de su tierra lugares de promisión, algo que consiguieron durante casi dos siglos. Luego de las desamortizaciones y expropiaciones gubernamentales de los gobiernos liberales, llevadas a cabo en España en la primera mitad del siglo XIX, llegaron a importar incluso nueva tecnología a sus tierras andaluzas, construyendo incluso una estación de ferrocarril y desarrollando más cultivos y su comercio. Pero, para nada, todo sucumbiría en aquella región sevillana tras la desidia y el abandono decimonónicos. Como la historia de aquella grandeza de España. 

Y aquel poeta sevillano escribiría mucho antes, mucho antes de aquel final desastroso de siglos después, aquellos versos deslucidos luego por los otros grandes versos líricos, de sus grandes poetas coetáneos, de aquel dorado siglo español...  Juan de Jáuregui dejaría, como el Arte -lo más indeleble y menos evanescente que existe-, eternas ahora estas palabras emotivas con su genial, intemporal, clarificador y hermoso verso suevemente entristecido:

Pasó la primavera y el verano 
de mi esperanza...

(Fotografía actual de las ruinas del antiguo señorío de Gandul, Alcalá de Guadaíra, Sevilla; Cuadro del pintor holandés Jan van Goyen, Paisaje invernal, 1627, Holanda; Fotografía de la antigua estación de ferrocarril, Gandul, Sevilla, autor Pedro Moreno; Lienzo del pintor Jan van Goyen, A la calma, 1650, Museo de Bellas Artes de Budapest, Hungría; Retrato de Miguel de Cervantes, atribuído sin mucha consistencia a Juan de Jáuregui, Real Academia Española, Madrid; Fotografía de un tulipán abriendo los pétalos de su flor.)

4 comentarios:

PACO HIDALGO dijo...

No conocía mucho la obra de este pintor sevillano, Juan de Juáregui; ahora se mucho más gracias a este estupendo post. Un cordial saludo y un placer pasar por aqui, Alejandro. Abrazos.

Arteparnasomanía dijo...

Muchas gracias Paco, es lo mejor que puede ocasionar hacer esto.

Un abrazo.

lur jo dijo...

Se agradece tan peculiar método de acercarnos a la cultura en armonía con el entretenimiento. Extraordinaria entrada!!!

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Ese es el sentido, lur jo, el sentido de demostrar que la cultura puede ser lo más entretenido que existe.

Gracias. Un abrazo.

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