24 de octubre de 2013

Si no soy yo, ¿quién, entonces, si no, debiera hacerlo...?



A finales del siglo XVIII se inició el movimiento romántico en el Arte. Entonces, algunos creadores se anticiparían mucho en modernidad estética y en trascendencia espiritual a la realidad de su época. ¿Qué motivó a esos hombres a hacer saltar por los aires la visión de las cosas y el mundo que sus antecesores les habían entregado antes? Uno de ellos lo fue el multifacético artista William Blake (1757-1827), otro el pintor John Martin (1789-1854). Ambos buscarían lo mismo: otros encuadres diferentes, otros elementos de creación y otros lenguajes para expresar cosas nunca antes conocidas en la historia. ¿Qué influencia no recibirían de sus propias experiencias personales para representar así, de esa radical forma de hacerlo, las visiones tan sublimes y, sin embargo, tan desesperanzadas de las cosas del mundo? Pero, curiosamente, todas ellas tan llenas de esperanza...

La Filosofía por entonces contribuyó con el pensador alemán Kant a tratar de acercarse, con la razón, a cuestiones que nunca antes habían sido manejadas en un sentido tan racional. Así que el pensador alemán escribiría una vez sobre lo sublime y sobre lo bello. Y todo ello con un lenguaje muy formal y aséptico, tratando de otro modo esas mismas cosas, cosas sensuales no abordadas nunca antes de una manera tan intelectual. Diría una vez el filósofo alemán Kant: Lo sublime tiene que ser grande, con pocos adornos, más bien tirando a austero; mientras que lo bello ha de ser pequeño, lleno de adornos y detalles. Continúa diciendo Kant: El entendimiento es sublime mientras que el ingenio es bello. La audacia es sublime, pero la astucia es pequeña, por tanto bella. La gentileza es escasa, por lo mismo es bella. Luego están los seres que buscan lo amable, en éstos predomina el sentimiento de lo bello. Al contrario, los que buscan la ambición tienen un marcado sentimiento hacia lo sublime. Cuando hay personas que buscan todo eso junto las mismas tienen un carácter más hacia lo sublime que hacia lo bello.

Esta filosofía de la estética de lo sublime influenció a algunos creadores del Arte. Pero, sin embargo, unos artistas, poetas o pintores, expresarían por entonces con esas mismas palabras otros conceptos nuevos, diferentes en su sentido final o en su emoción interior ahora menos racional... Otros significados y otros sentimientos, pero también por entonces de un modo muy sublime... Perdidos a cambio esos creadores ahora en su desierto de inspiración ilustrada. Pero consiguieron, a pesar del extravío prerromántico de aquel momento ilustrado, llegar a inmortalizar unas creaciones artísticas -tanto en verso como en lienzo- que sorprendieron, años después, a muchos buscadores de esa misma o parecida inspiración casi mística. En una de las obras literarias en verso más arrebatadoras de ese siglo XVIII, publicada en 1793, dejaría escrito el creador británico William Blake:

Dime, ¿qué diferencia existe entre el día y la noche para quien vive
abrumado de dolor? Dime, ¿qué es una dicha?
¿En qué jardines crecen las alegrías?
¿En qué río nadan las penas? ¿Sobre qué montañas ondean las sombras
del descontento? ¿En qué moradas se alberga el miserable ebrio de
dolor olvidado y ajeno a la fría esperanza?
Dime dónde moran los olvidados pensamientos hasta que tú les llamas.
Dime dónde viven las dichas de otrora; dónde los antiguos amores.
¿Cuándo revivirán?, ¿cuándo transcurrirá la noche del olvido?
¡Ah, si pudiese atravesar tiempos y espacios remontísimos para aportar
consuelo a un pesar actual y a una noche de dolor!
¿Adónde te has marchado, pesar mío?
¿A qué distante tierra diriges tu vuelo?
Si volvieras a los presentes momentos de aflicción, ¿traerías en tus alas
consuelo y rocío y miel y bálsamo, o con veneno a los ojos del
envidioso extraído vendrías del erial desierto?

William Blake, Visiones de las hijas de Albión, 1793.


Aunque también ahora se pudiera casi escribir lo mismo -el tiempo no es frontera de emociones arrebatadas de momentos desolados y sin brillos-, como algún que otro poeta dejara escrito ante las incertidumbres de un anhelo evanescente. Algo que, sin embargo, no alcanzaría a componer ni el mismo sentido de ese anhelo ni el de ningún otro tan sublime como antes, pero que, a cambio, plasmase sin alardes evanescentes algo parecido o algo que pudiera hacerlo. Algo que, además, podría entenderse como una justificación serena de vivir... O, quizá, tan sólo por el mero, simple, sensitivo y fugaz deseo o necesidad vital de querer hacerlo:

Si no soy yo quien debiera soñar edenes,
¿quién, entonces, debiera hacerlo?
Si no soy yo quien debiera pensar promesas,
¿quién, entonces, debiera hacerlo?
Si no soy yo quien quisiera buscar belleza;
dime, ¿quién, entonces, si no, debiera hacerlo...?

(Óleo de William Adolphe Bouguereau, Un alma llevada al cielo, 1878; Aguafuerte de William Blake, Visión de las hijas de Albión, 1795; Obra del pintor John Martin, Las llanuras del cielo, 1851.)

1 comentario:

Vanessa dijo...

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