11 de noviembre de 2013

La creación obviará su público como la vida, y evitará así los lamentos o alegrías de sus criaturas.



¿Qué nos apasionará más ver aun a riesgo de intimidar o indisponer lo reflejado? Todo. Es por esto que la creación artística, lo artístico compuesto ahora desde la nada que se refleja en una obra, llevará siempre su grandiosidad más ansiada al mayor y más desapegado desdén. Esta es una condición esencial de toda creación artística o de todo creador o de todo poder creador. Si tuviese reparos en dejarse ver o dejase que su representación fuese motivo para el pudor o el auto-cuestionamiento, no sería entonces una creación, sería otra cosa. Luego ésta podrá señorearse por la demanda fervorosa y aclamada de su público o vagar por los desatentos y desairados páramos de la marginación. El pintor francés barroco Jacques Blanchard (1600-1638) compuso en el año 1633 su obra Venus y las tres gracias sorprendidas por un mortal. Aquí el autor, muy originalmente, sitúa ahora un observador contemporáneo dentro de una escena mitológica de la Antigüedad. Pero las diosas o ninfas representadas no se percatan ahora de nada: ni se asombran ni lo miran ni se ocultan de él, ni siquiera cambian sus sensuales gestos por otros más candorosos o receptivos ante el extraño personaje que las mira deseoso. Es más, lo ignoran claramente. Como si no existiera, como si no estuviese él ahí. Dos mundos están ahora aquí enfrentados: el de la espectacularidad sagrada de lo creado y el del espectador profano y anhelante que mira. Porque así es como es toda mirada apasionada, una forma de poseer parte de lo que no se tiene o de lo que se necesita o de lo que se admira.

Y el Arte nos proporciona aquí además otra sutil metáfora: esa actitud artística desdeñosa es la misma que la vida desatenta se permitirá tener con sus criaturas terrenales. A veces los seres humanos pueden estar ensimismados, vanagloriados u ofuscados; también en otro momento pueden estar exaltados o alegres, y en otros desmotivados..., pero dará igual ya que a la vida y su desinterés natural le preocupará todo eso muy poco o nada. Es decir, a la vida no le importará nada lo que aquellos seres -las criaturas, nosotros mismos- deseen, sufran, alardeen o padezcan ahora desoladas en el mundo. Y los creadores realizarán imágenes artísticas donde se vislumbre esa eventualidad existencial inevitable. Algunos lo harán con la sutileza que su oficio artístico hábilmente les depare y otros solo con la belleza inspirada del momento. Pero todos ellos con la determinante fijación de un sentido trascendente: no dejar que el sujeto receptor -las criaturas- interactúe nunca con lo creado -la obra de Arte o la vida-. No hacer entonces sino obviar siempre la manera en que vean, sientan o estimen las semblanzas o gestos de la creación aquéllas. En definitiva expresar los creadores así, desdeñosos, los sutiles alardes artísticos que entonces ellos -los pintores en este caso- creen inspirados en sus obras maestras. Sin interés y sin miramientos. Ajenos completamente a la sentida visión particular del que mire anheloso su obra luego. Sin dolor, sin culpa, sin entusiasmo. Así, como la propia vida desatenta...

(Óleo Belleza velada, 1880, del pintor norteamericano Frederick Bridgman, 1847-1928; Obra del pintor francés Gabriel Ferrier, 1847-1914, Belleza en harén con abanico, 1914; Óleo del pintor barroco Jacques Blanchard, Venus y las tres gracias sorprendidas por un mortal, 1633, Museo del Louvre; Dos obras de la pintora española, de origen georgiano, Olga Sacharoff, 1889-1967: Mujer acodada en mesa, 1915; Un casamiento, 1928.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Probablemente que el autor ignore los efectos que pudieran provocar una obra en el público, sea una de las razones, que genere mayor atractivo a la creación.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

La creación debe ser auténtica, y para esto no puede tener más que un público: la belleza más completa.

Un abrazo.

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