16 de diciembre de 2013

Dos escenas parecidas pero una expresión muy distinta, o la diferencia entre la victoria y la derrota.



El gran pintor español actual Augusto Ferrer-Dalmau, fiel reproductor de la historia y exquisito combinador de imagen y narración emotiva, compuso hace dos años su obra Rocroi, el último tercio. Con su acostumbrada forma minuciosa de representar la realidad más fidedigna, en su creación artística nos dedicará su hábil arte a reproducir el momento histórico por el que pasaron las fuerzas españolas desplegadas en la frontera de Francia y Flandes durante la primavera del año 1643. Ante una ascendente y poderosa Francia, los Tercios españoles, que sólo dieciocho años antes habían brillado en la toma de Breda, acabarían siendo derrotados como nunca antes hubiese alcanzado ese cuerpo militar a sufrir. Porque, sin embargo, no habían sido derrotados aquel victorioso 5 de junio de 1625 cerca de la población de Breda, cuando consiguieran recuperar la ciudad flamenca en poder de los rebeldes holandeses de Orange desde hacía treinta y cinco años antes.

Para celebrar aquella heroica y victoriosa gesta de la toma de Breda, el gran pintor Velázquez crearía en el año 1635 su famosa pintura La rendición de Breda, también conocida como Las Lanzas. Una obra de Arte que, de tan manoseada por la fama, no es quizás lo suficientemente valorada en otros elementos estéticos, como pueden ser los elementos antropológicos, sutilmente artísticos... o simplemente humanos. Mucho nos ayudará comparar la visión de estas dos obras para conseguir comprender ahora algo más lo que es el Arte... Es decir, esa capacidad, tan humana, de crear y expresar belleza con recursos y elementos pictográficos. Sin embargo, la historia vendrá a ayudar algo más al moderno autor que al clásico. ¿Por qué? Porque la derrota es más realista, estará la derrota más cercana a la fidelidad de las cosas, o a lo escenográficamente más emotivo o vital del ser humano. Y, de ese modo, compuso Ferrer-Dalmau una gran obra emotiva de Arte. Su planteamiento de composición es genial, colocará Dalmau a los soldados caídos delante de los que, aún, presentarán batalla sin más recurso que su único valor decidido. Porque aquí las picas -las lanzas- volverán a relucir con la escena retratada, como ya lo hicieran con el gran Velázquez siglos antes, pero ahora, a diferencia del gran pintor barroco español, no estarán ordenadas, derechas o más juntas, recibiendo así el honor de la victoria... No, ahora estarán todas ellas preparadas para cargar... o defenderse. Pero, sin embargo, todas estarán aquí, además, descompasadas, desperdigadas o desordenadas con el reflejo histórico -y estético- del sentido más desesperado de una gesta parecida.

Cuando el Barroco, a cambio de la modernidad realista de hoy, decidiera por entonces plasmar una escena victoriosa, tuvo que hacerlo con los trazos heroicos y grandiosos del momento glorioso. Un momento de belleza, de equilibrio, pero también de creación genuina. Es decir, de inventar entonces gestos, miradas, escorzos, fondos o incluso un cielo..., y motivado todo ello más por lo estético que por otra cosa diferente, fuese así fidelidad a lo real o a lo más histórico que tuviera. Y así fue como Velázquez no nos presentó en su obra ni sangre ni despojos, ni banderas enemigas desgarradas, ni semblantes heridos o dolientes. Porque para llegar a averiguar, al pronto, cuál es aquí -en la obra de Velázquez- el bando ganador, habrá que detenerse a mirar y averiguar de ese modo, ¿quién es el que entrega aquí la llave de la ciudad a quién...?, y así comprender cuál es ahora el lado victorioso. Tan pocos elementos de derrota se expresarán en el lado vencido, como pocos de júbila victoria se apreciarán en el lado de las lanzas. Es por lo que la victoria no ayudará a retratar con claridad una gesta parecida, a menos que algo se humille ahora al vencido... Pero, eso no sucedería en el periodo del Arte más excelso de belleza. La Belleza como entonces se entendía -en el Barroco más grandioso- se pudo reflejar por entonces muy bien así. Y para esto, para conseguir Belleza excelsa, fue más factible una obra maestra desde la gloria interpretada que desde la derrota más realista. Porque era por entonces el Arte una mentira maravillosa, algo que hoy, contrariamente, se reflejará en una realidad mucho más fidedigna, emotiva también, pero, desde luego, del todo mucho más fiel a la realidad y, por lo tanto, mucho más verosímil en sus cosas.

(Óleo La Rendición de Breda, 1635, Velázquez, Museo del Prado; Lienzo de Augusto Ferrer-Dalmau, Rocroi, el último tercio, 2011.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Sin menospreciar en absoluto la obra de Ferrer-Dalmau, prefiero la escena llena de cortesía que desprende la obra de Velazquez al narrar un hecho histórico en el que vemos gestos tanto de victoria como de derrota.

No obstante reconozco, que Ferrer-Dalmau siendo como es un experto en temas históricos, realiza un gran trabajo al reproducir dicha derrota.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Es que el Arte entonces era un concepto más elaborado de lo que es hoy. Hoy hemos perdido la inocencia en el Arte, aunque más que perder es que está agotada. Hoy, la reproducción de la realidad en todos sus perfectos detalles es el alarde que viene a sustituirlo.

Un abrazo.

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