27 de febrero de 2014

El deseo inevitable más artístico creado en un cuadro, la pasión de los dioses o el engaño de Zeus.



La capacidad de los creadores de la Mitología griega por relacionar sus intrincadas y enrevesadas historias fue magistral. Porque todo estaría relacionado de antes, toda leyenda griega fue ocasionada por algo que sucedió antes, siendo así una cosmogonía genealógica muy bien urdida y con sus protagonistas totalmente entrelazados. Y con esa jerarquizada y mezclada estructura, los dioses y los hombres acabarían también unidos: aquéllos engendrarían hijos de éstos que serían ahora semidioses, unos seres que, a su vez, engendrarían a otros hombres... Pero, en lo alto de la pirámide de su mundo -reflejo del nuestro- existían los grandes dioses del Olimpo... Ellos manejaban, condicionaban y alteraban la vida de los hombres. Una independiente ciudad griega de Asia Menor, Troya, obsesionaría entonces mucho a los aqueos, los antiguos habitantes griegos de la Acaya, una región ubicada en la más extensa península griega del Peloponeso. Así que, de ese modo, se desataría pronto la guerra. Y los griegos lucharían entre ellos -los aqueos contra los troyanos-, para tratar de vencer así uno al otro. Pero, sin embargo, todo esto no comenzaría por tan solo un deseo de poder o de gloria humanos, no, comenzaría a causa de un famoso y artístico juicio: el mitológico de Paris. Es decir, por las veleidades y bajezas propias de los dioses...

La guerra de Troya fue ocasionada -¿mitológicamente solo?- por los celos de una diosa, Hera, cuando fuese rechazada una vez por el joven Paris frente a la hermosa diosa Afrodita. Pero, todavía habría antes de suceder otra cosa, algo que llevaría a ese juicio parisino... Fue en la celebración de la boda de los padres míticos del gran héroe Aquiles: Peleo y Tetis. Al enlace de una diosa -la nereida Tetis era una divinidad marina- fueron invitados todos los dioses y diosas. Excepto una diosa, Eris, la diosa de la discordia, que no fue invitada a la ceremonia. Su ofensa ocasionaría que se presentara en la boda mitológica con una manzana dorada y echarla al suelo con determinación, diciendo muy alto: ¡sea entregada la manzana a la mujer más bella! Al final, tres diosas fueron seleccionadas: Atenea, Afrodita y Hera. Para decidir cuál de ellas era la más bella, Zeus -el más grande dios olímpico- decidió entonces que a la más bella la eligiera Paris, un joven, mítico y troyano mortal.

Y así comenzaría todo... Elegida Afrodita como la más bella, Hera sentiría entonces una frustración y ofensa tal que juraría atormentar al troyano Paris con lo peor que pudiera sucederle: destruir su famosa y hermosa ciudad. De este modo comenzarían los dioses interviniendo en la vida de los hombres, para que cada humano encajara en el papel determinista que aquellos hubieran ideado. Y así comenzó la guerra de Troya, con la hermosa excusa retórica del amor y el rapto de Helena. Y entonces los troyanos se defendieron con tanto valor y decisión, que los aqueos se vieron impotentes de continuar luchando, perdidos ahora entre la duda de seguir o volverse por donde habían venido. Así que cuando la diosa Hera comprobó lo que pasaba, sintió ella que toda aquella venganza suya acabaría en nada. Una cosa era provocar una guerra, y otra muy diferente decidir su resultado: los dioses sólo pueden condicionar, no exactamente elegir un final. Pero para salvar las arbitrariedades o deseos de algunos otros dioses, Zeus trataría siempre de ser el centro de equilibrio, la justicia divina, la mayor imparcialidad para las acciones de los hombres...

Porque cuando los griegos decidieron luchar, Zeus trataría que la equidad de las condiciones cósmicas fueran respetadas. Que sólo la capacidad, la voluntad y el ardor ante la guerra fueran las únicas bazas para ganarla o perderla. Sin embargo, Hera -Juno en la mitología romana- no podía dejar que los aqueos no vencieran... ¿Qué hacer, entonces? La única forma de hacer algo era inhabilitar a Zeus el tiempo preciso para que los troyanos perdieran. Pero, sin embargo, éstos estaban mucho más decididos a defender sus costumbres, su ciudad y sus destinos. Los otros griegos, los aqueos, habían sido llevados a Troya por la ambición de un solo hombre, de Agamenón, y estas solas cuestiones mundanas no armarían tanto el corazón y los deseos de los hombres. Esta sutil diferencia estaría haciendo que los troyanos vencieran..., ante la falta ahora de la fuerza moral necesaria de los otros, los griegos de Atenas, que luchaban lejos de su patria tan sólo por conquistar otro reino. Pero esto fue lo que la diosa Hera consiguiera cambiar..., venciendo a Zeus, a su dios-esposo justiciero, en una de las seducciones legendarias más famosas, hábiles y olímpicas, de la Mitología.

Y así lo relata Homero en La Ilíada, en su libro XIV. Antes hay que aclarar que el fogoso e infiel dios Zeus sólo se dejaba seducir por los amables adornos de una belleza distinta. Que Hera dejaría de ser aquella diosa-esposa zalamera y seductora, cuando ella viera como la engañaba aquél con otras... Así que decidió Hera, en una de las más hábiles formas de seducción ideadas de la Mitología, transformarse en una muy deseada mujer, tanto como ella lo fuese antes o tanto como a Zeus le agradase ahora. Pero, sobre todo, tanto como necesitara hacerlo ella así para conseguir su objetivo inconfesable. Primero debía embellecerse exageradamente, pero necesitaría antes retirarse lo bastante de él como para no ser descubierta. Realizaría de ese modo su primer engaño a Zeus con la mentira de que se marcharía lejos para ver a otros dioses. Porque debía ser ahora la sorpresa, lo inesperado, para que consiguiera la diosa Hera de aquél una eficaz seducción... De ese modo, cuando ella regresa embellecida, el gran dios la ve ahora, pero ve a otra mujer, no a ella. Para ese momento, Zeus no podrá ya dejar de desearla...

Hera aturde así a Zeus del todo, lo duerme con la ayuda de Hipnos -el dios del sueño-, después de una desaforada escena pasional donde se entregan ambos al mayor de los deseos. Y es de esa apasionada forma, con el más artístico de los deseos representados en un cuadro, como el desconocido pintor irlandés James Barry (1741-1806) llevaría a un lienzo la tórrida divina escena mitológica. Una escena del momento más intenso donde los dos amantes-dioses se miran ahora en un alarde de pasión indescriptible. Hera y Zeus se encuentran ahora en la isla griega de Creta, en lo alto del monte Ida, cercados por nubes que, como sábanas de un tálamo anhelado, acogen así a dos seres vencidos ahí por la más inevitable sensación voluptuosa. Y el pintor romántico irlandés consigue una de las obras más inspiradoras de deseo de toda la historia del Arte europeo. Apenas se abrazan ellos aquí, porque son solo aquí sus dedos ahora, solo sus dedos, los que ahora solo se tocan... Pero es sobre todo aquí ahora la mirada de ambos, una mirada perfecta y enfrentada de pasión. Tan cercanas están aquí las pupilas distintas que arden así las pestañas de ambos en la más erizada y electrizante emoción.

Al final consigue Hera su propósito. El gran dios entre los dioses -Zeus- deja de estar despierto el tiempo suficiente para que los aqueos cambien su destino... Otros dioses, más parciales o favorables a los aqueos -como Poseidón, el hermano de Hera-, aprovechan el desgobierno divino para favorecerlos. Animaron a los griegos para que volvieran a sentir la fuerza que habían dejado de sentir antes. Los reyes aqueos heridos volvieron a luchar todavía con más ahínco. De ese modo cambiaron las cosas y los troyanos terminaron vencidos. Fue el éxito de una seducción, y el momento más decisivo de la misma lo plasma el pintor irlandés en su obra de Arte Juno y Zeus en el monte Ida. Aquí se ve aquel engaño convertido en una veraz conmoción de dos seres aturdidos por el deseo. Es lo que el creador deseaba hacer ver en su obra: que la impostura del deseo es menos poderosa que el deseo en sí mismo... Y que este último -el deseo inevitable- acabará siempre por vencer la falsedad convirtiendo cualquier ardid taimado en una virtual realidad ineludible de lo que antes se quiso. Aunque al final llegara a conseguirse, con los ojos vencidos y entregados a un deseo pasional, todo aquel inicial, ladino y mendaz objetivo...

(Óleo Juno y Zeus en el monte Ida, c. 1790, del pintor irlandés James Barry, Museo Sheffield, Inglaterra; Lienzo del pintor francés François-Xabier Fabre, El Juicio de Paris, 1808, Francia.)

4 comentarios:

lur jo dijo...

La mitología griega, musa de tantos creadores. Extraordinaria la manera que tiene James Barry de plasmar la seducción en su obra.

Como la inspiración, que se adueñó de tu blog, haciendo más atractivo el devenir de nuestros días.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Es que la inspiración es consecuencia de ese deseo que mencionas, el de hacer los días otra cosa distinta de lo que son.

Gracias por tu inspiración.

Un abrazo.

Spaghetti dijo...

¿Dónde está hoy la mitología? Tan inspiradora de las artes plásticas y de la música durante siglos. Ahora se detuvo, al crearse nuevos mitos.
Gracias por recordarnos que una vez se inventaron Dioses e historias que alimentaron la imaginación y los sueños de tantos artistas.
Saludos

Arteparnasomanía dijo...

No ha existido otra semejante a la griega. La sajona, la nórdica, la hindú, incluso las mesoamericanas, todas llenas de lirismo, dramatismo y ternura. Pero la griega mezclará esa rara situación en que los dioses y los hombres se confundirán y las pasiones de ambos reflejarán solo una. Es la epopeya más humanizada y, a la vez, la más actualizada de todas las mitologías existentes en el mundo.

Un saludo.

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