4 de marzo de 2014

La obsesiva dualidad divergente de un pueblo, retratada entre la maledicencia y la gracia.



Cuando un creador llega a conseguir retratar la profunda sinrazón de una sociedad, de la suya además, la que mejor conoce, alcanzará a rozar entonces los laureles que el Arte sólo otorga a sus más atrevidos, exigentes y suspicaces creadores. Y entonces ¿cómo hacerlo? ¿Cómo hacer para que lo entiendan todos, para que esa misma sociedad, ese mismo pueblo y en ese mismo momento, llegue a identificarse viéndolo y termine ya por comprenderlo? El gran pintor que fuera el cordobés Julio Romero de Torres (1874-1930) no habría sido lo suficientemente valorado como un creador universal mientras vivió. Tal vez, a causa de un alarde creativo tan regionalista y oscuramente populista que impregnó en sus obras de Arte. Semblanzas artísticas sin embargo que, fuertemente enraizadas en las costumbres de su pueblo, el gran autor andaluz impregnase, sabiamente, en casi todas sus obras.

Vivió en uno de los periodos creativamente más interesantes, quizás, habidos nunca en toda la historia del Arte. Y a pesar de sus influencias cosmopolitas -su viaje y estancia en Italia en el año 1908-, acabaría mimetizado por las características icónicas de los elementos más representativos de su tierra andaluza:  la mujer idealizada, el entorno rural y provinciano y el deseo más subyugador y voluptuoso. También la vetusta religión y su oscura, maliciosa y satisfecha molicie. Rasgos propios de una sociedad -la española en general y la andaluza en particular- y de un momento social muy concretos: principios del duro, transitorio, esperanzador pero obtuso, e hiriente comienzo del español y doloroso siglo XX. Cuando el pintor español regresa a Córdoba, viene inspirado ahora por dos de las fuentes que más marcarán su creación artística: el simbolismo como tendencia artística y el dualismo como obsesión.

Desde la más profunda y ancestral mitología judeocristiana, de la que el creador proviene, surge para el pintor andaluz el concepto terrible, distorsionador, equívoco, trágico y sangriento del dualismo. Centra así el pintor en casi todas sus obras el proceso del mal y del bien. Pero ahora de una forma no tan libre como, por ejemplo, lo hicieran ya los socráticos griegos clásicos. Al menos, éstos lo hicieron con el matiz reformador del mal..., de lo mejorable del ser humano a través ahora del conocimiento y del saber. Pero, no, ahora no; ahora el mensaje bíblico sostendría no sólo al concepto sino también al malvado personaje... y al camino: el destino inevitable -el este del Edén- y todas las reminiscencias que de aquél -Caín- sobrevivieran en el tiempo. Y todo este símbolo maléfico había surgido de otro mal mucho más grave, de una impronta marcada a fuego e imborrable: La caída del hombre y la mujer, esa acción bíblica que provocase su fatídico destierro. Una falta, además, transmisible para siempre a los hijos de sus hijos... y a su terrible dolor. 

Y de ese modo se crearía mucho más tarde una filosofía religiosa trascendente y útil, una proverbial forma de recuperar lo perdido, de redimirse para superar la terrible dicotomía inevitable. Una redención que sólo pudiese conseguirse a través de una esencia indefinible, poderosa, recurrente y sin final: la gracia divina. Y entonces el escenario natural y patrio, urgido de mitología religiosa hasta sus raíces -España y su Córdoba inspirada-, serían el marco sugerente para simbolizar así las dualistas obsesiones de sus gentes. Y así compuso Romero de Torres en el año 1912 el primer óleo de una trilogía narrada sobre el mal y su salvación sagrada, unas obras de Arte con el maravilloso y sugerente elemento iconográfico -la belleza idealizada de la mujer andaluza- que el pintor español utilizara y resaltara más en sus obras.

Y en su creación artística Las dos sendas expone, desequilibradamente, la composición más expresiva de esos dos obsesivos polos vitales y trascendentes. Y lo hace sesgadamente, con la imagen de una hermosa modelo desnuda e inclinada por el propio sentido de su cuerpo -la cabeza de ella hacia lo mundano, los pies hacia su contrario, lo sagrado-, describiendo así la hermosa vida manifiesta y refulgente que no puede dejar de recrearse sin su belleza más racial y más profana. Aun así, el pintor insiste en la terrible inconsistencia de un dualismo -lo pecaminoso y lo sagrado- tan presente entre la gente de su tierra. Los valores estéticos se articulan aquí con los simbólicos en una sorprendente creación. Una obra impactante, pero para nada simplista ni provocadora sino todo lo contrario, profundamente motivadora a la reflexión más trascendente.

Un año después realiza otro extraordinario lienzo de esa misma trilogía:  El Pecado. En este caso homenajea el pintor aquí a sus maestros -Velázquez, Tiziano- con un desnudo de espaldas frente a un espejo. Pero, esta vez no sostendrá el espejo ni un personaje mitológico ni Eros... No, ahora lo sostiene la mano quebrada de una enlutada alcahueta, una vieja mujer muy oscura que, junto a otras, conspira para provocar el acto maledicente, el acto que llevará a la joven -aquí una virginal y hermosa diosa mitológica- a caer en los brazos del pecado más principal e impenitente. Dos años después, finaliza el gran pintor cordobés su trilogía con otra imagen. Este último cuadro, La Gracia, representa el sentido más simbólico que completa las otras dos creaciones. Pero, ahora, con la bella pecadora... que ya ha caído, y que es recogida aquí -redimida como un descendiente cristo de su cruz- por unos personajes -unas monjas, símbolo aquí de lo sagrado- que la salvarán ahora -con la Gracia- de su fatídico y tan cruel amor descarriado... Y una mujer llorará aquí ahora por la pérdida de la pureza de otra..., ésta ahora mancillada y representada además -con el gesto abatido- por el mismo cuerpo endiosado tan esbelto y perfecto de antes, de aquella otra, y la misma mujer, tan embellecida y desnuda de antes...

(Óleo Las dos sendas, 1912, Julio Romero de Torres, Museo Prasa Torrecampo, Córdoba; Retrato del pintor Julio Romero de Torres, 1931, del pintor español Anselmo Miguel Nieto; Cuadro El Pecado, 1913, Julio Romero de Torres, Museo Romero de Torres, Córdoba; Obra del mismo pintor cordobés, La Gracia, 1915, Museo Romero de Torres, Córdoba.)

2 comentarios:

Spaghetti dijo...

Gracias de nuevo por tan ilustrativa entrada, vista con la sensibilidad que siempre caracteriza a este blog.
No conocía ésta trilogía de Julio Romero de Torres, aunque parece, por las fechas, que hay una obra intermedia. Me llaman la atención los rostros de las figuras representadas que parecen pertenecer todos a la misma mujer, a "la mujer morena"; como pudo hacer Dalí y otros pintores. Tengo la duda de si el retrato pintado por Anselmo Miguel Nieto es el mismo que figuraba en los antiguos billetes de 500 pesetas.
Tu fiel seguidor.
Spaghetti the Clown.

Arteparnasomanía dijo...

La modelo de las obras El Pecado y La Gracia, al parecer, era la misma. El billete era de 100 pesetas y retrata la efigie real del pintor, dibujada por artistas del Emisor. Es posible que el modelo fuese este cuadro de Miguel Nieto, aunque también existen de él muchas fotografías. Gracias a ti por tus amables comentarios.

Saludos.

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