19 de marzo de 2014

La significación particular frente a la más universal y estética de las grandes obras maestras.



Sin el Renacimiento no hubiésemos llegado a consolidar el verdadero sentido de lo que es una obra maestra universal de Arte. Es decir, no hubiésemos podido desligar o separar lo que es una representación visual de una determinada emoción estética, limitada histórica o socialmente a un tiempo, de lo que, a cambio, es un símbolo universal que engloba a todo el espíritu humano sin fronteras temporales ni espaciales, ideológicas ni sentimentales. Y todo esto no es fácil llevarlo a cabo siempre en el Arte. ¿Quién puede desprenderse de las consideraciones abstractas, psicológicas, cognitivas, culturales o personales que intervendrán en cualquier proceso creativo? Sólo el creador de la obra maestra de Arte. Y ésta, la obra maestra, únicamente comenzaría a ser posible gracias a lo que sucediera en el pensamiento humano durante el extraordinario salto cultural que se llevara a cabo en la Italia del siglo XV. Es lo que hizo a Europa ser el continente que crease el concepto de Arte: un proceso desligado de consideraciones culturales monolíticas, regionales, monográficas o unilineales. La historia de Europa lleva el germen cultural de dos grandes influencias -totalmente diferentes y opuestas- que fueron obligadas a convivir durante siglos y que, luego, en su asimilación estética de mediados del siglo XV -lo que fue el Renacimiento-, posibilitaron una extraordinaria simbiosis cultural como en ninguna otra parte del mundo se pudo conseguir.

Esas dos grandes influencias culturales totalmente opuestas pero forzadas por la historia a desarrollarse juntas en Europa, fueron la cultura grecorromana por un lado y la tradición judeocristiana por otro. Esta última acabaría venciendo a la otra durante la Edad Media y así se impuso luego en las costumbres, filosofía, ciencia o cultura de entonces. Pero, de pronto, en las profundas conciencias culturales de los hombres y mujeres del Renacimiento, brotaría una nostalgia afortunada de la otra influencia histórica, la helenística. Con todo esto avanzaría por entonces -siglo XV- una nueva sociedad y un nuevo Arte que surgirían de entre los contactos promovidos por esas dos fuerzas telúricas o absorciones de esas dos culturas que se vieron, de nuevo, obligadas a convivir siglos después de haberlo hecho antes en el mundo. Porque no se pudieron por entonces evitar ni una ni la otra influencia cultural. Y de esa virtualidad dialéctica, de ese maravilloso artificio simbiótico artístico, se producirían la peculiar forma de alcanzar  la sublime estética de lo que hoy entendemos como obras maestras del Arte más universal.

Joachim Patinir (1480-1524) fue un pintor flamenco que, como algunos de sus contemporáneos paisanos artistas, llegaría a conseguir reflejar el sentido más renacentista de la obra universal de Arte, ese sentido estético que debía conseguir entonces aunar belleza y mensaje doctrinal, es decir, estética universal con sentido espiritual. Cierto es que en su obra Las tentaciones de san Antonio Abad tenemos ahora, inspirada del medievo sagrado, la leyenda santoral de las visicitudes morales de ese santo cristiano del siglo IV. Cierto es que el símbolo bíblico de la manzana aparece aquí como un motivo claro de tentación negativa, pero no es menos cierto que todo eso aparece ahora justo en el escenario más universal de todos los posibles escenarios artísticos: el paisaje seductor e idealizado de un paradisíaco lugar extraordinario. Extraordinario porque lo contiene todo y no existe sin embargo. Ahí no vemos ahora sólo la geografía africana original de la región nativa del santo anacoreta; tampoco veremos únicamente la geografía bíblica de los momentos descritos por los pasajes pecaminosos de los salmos líricos sagrados; ni siquiera veremos la idílica Arcadia de los instantes griegos inspirados y narrados muchos siglos antes por sus poetas jonios. No, aquí ahora todo eso estará ahí junto y reflejando así la estética simbiótica más universal de todas.

La mitología griega se transforma ahora aquí estéticamente en deformados seres alados o en mostruosos personajes desperdigados y distantes, representados todos ellos como una cruel metáfora profética o como un símbolo de lo peor o de lo malvado, o de lo más desolado o de lo más mortífero. Aparecen también otros seres ahí además de los deformados, estos son ahora los seres humanos, tanto los buenos como los malos, como narrará interesada siempre cualquier mitología terrenal. En este caso, sin embargo, no se puede ahora universalizar tanto el sentido estético ni la apariencia artística: sólo es en esto donde la universalidad del Arte se pervierte aquí culturalmente. Porque ahora requerimos conocer la leyenda o la historia particular para saber por qué ese hombre, que nos mira abatido y desolado, está ahora ahí rodeado de personajes femeninos tanto encantadores, bellos o atractivos como monstruosamente despectivos, en este caso el de la vieja alcahueta. Sin embargo, en la obra de Patinir todo eso está ahora hábilmente decorado con uno de los paisajes más completos, inspirados y conseguidos de todo el Arte universal. Desde los picos kársticos de la cordillera gris y agreste hasta la laguna plácida del fondo, desde el cielo tormentoso oscurecido al bosque pantanoso tan alegre. Pero, también desde ese monasterio sereno ahora en lo alto del desnudo peñasco destacado y poderoso de la izquierda...

El propio pintor Patinir buscaría crear así en esta obra más un maravilloso paisaje que otra cosa. El tema de la obra, la tentación humana, era entonces una excusa artística para poder describir todo el escenario completo de un paisaje abrumador por su belleza, su fuerza, su contraste, su complementación sutil, sus diferencias opuestas o su grandeza estética tan definitiva. También, representado con las connotaciones propias de lo brillante y de lo tenebroso, de lo elevado y de lo maltratado, de lo deseable o de lo sublimable. Y todo esto además ahora sin fronteras definidas, sin límites contrarios definibles en la obra, sin partes delimitadas que concentren así la maldad o la bondad de todas las cosas del mundo. Todo está ahí entremezclado y todo se justifica en el paisaje por su propia esencia ética o estética, por lo que cada cosa individualmente es ahora dentro de lo vario. Y ahí estará, probablemente, el mensaje moral iconográfico: que nada -en la Naturaleza prodigiosa- distinguirá o señalará la malvada tentación inconfesable en este mundo, salvo la propia fuerza interior que posean o no posean los seres desesperados. Que la belleza no tiene por qué identificarse con la moral, que ésta es siempre independiente de aquélla, y que aquí, en su obra universal renacentista, genialmente el creador flamenco nos lo hace ver ahora, así, aunque sin traslucirlo claramente del todo, como la única cosa más universal o más poderosa.

(Óleo renacentista Las tentaciones de san Antonio Abad, 1524, del pintor flamenco Joachim Patinir, Museo Nacional del Prado.)

6 comentarios:

Spaghetti dijo...

Una vez más he caído en el hechizo de tu visión del Arte universal. Debido en parte a la obra elegída, pero sobretodo por la pensada profundidad de tu texto, que emociona y cautiva. Tus palabras nos acercan a la comprensión de la belleza, poniendo de relieve todos los detalles de la obra elegida y mostrándonos los caminos de la historia que la rodea.
Mil gracias

Arteparnasomanía dijo...

Hay otra obra de este pintor también muy clarificadora de todo esto: El paso de la laguna Estigia. Estuve en la duda de cuál de las dos utilizar. Hasta pensé mostrar las dos. Pero, elegí mejor una. En esta curiosa encrucijada radicará también parte de lo que el Arte enseña: que para captar la esencia de algo no es lo mejor desperdigarlo. Un saludo más agradecido a ti.

Spaghetti dijo...

Este, tu blog es algo imprescindible para sentir y comprender la belleza encerrada en el Arte y en las obras que presentas, por eso lo comparto sin tu permiso, porque creo que debe tener más difusión y alcanzar al mayor número de gente posible. Cada entrada que pones la publico en "https://www.facebook.com/groups/592801140796006/616557298420390/?notif_t=like" donde tiene gran aceptación y pienso que lo notarás en el número de visitas aunque no se atrevan a comentar.
Gracias de nuevo por tan ilustrativos contenidos.

Arteparnasomanía dijo...

El sentido que tienen es ése, como el propio Arte, el receptor. Y en la Red siempre habrá un camino libre, sin permisos, para llegar a todos. Las gracias a ti siempre por el reconocimiento tan amable que haces.

Un abrazo.

José Becerra dijo...

Magnífico, como siempre.
Lo que no pillo es el papel del mono en el conjunto. Supongo que tendría su propio simbolismo en la época.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Muchas gracias, amigo José. Desde luego lo tiene, como conciencia que frena ante las tentaciones, supongo. Pero, opino como tú, ignoro el sentido simbólico concreto de su figura.

Un abrazo fuerte.

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