25 de marzo de 2014

Una sutil melodía insinuada en la grandiosidad de un lienzo, su parcialidad y su crítica.



El Impresionismo no supo cómo conseguir aparecer en el inmóvil y conservador mundo burgués de mediados del siglo XIX. París era, sin embargo, todo un referente de modernidad, de refinamiento cultural, de cierta pícara forma de acercarse al mundo de la bohemia y de los arrabales más atrevidos de entonces. Pero la sociedad francesa estaba en esos momentos (1850-1870) bajo el cetro imperial del rígido imperio de Napoleón III, y los creadores y artistas -libres por definición- se encontraron con la reticente y obtusa manera de condicionarles y limitarles ahora sus nuevas, aperturistas y críticas formas culturales, esas con las que ellos, tímidamente, trataban ya de soliviantar las protegidas y acomodaticias conciencias de sus alineados y satisfechos contemporáneos.

La pintura clasicista -neoclásica- había dejado paso a la grandiosa y exultante representación romántica de sus creadores más atrevidos. Pero, a la vez, estos creadores eran aún respetuosos con las consignas clásicas del orden, de la metáfora, de la mitología, de la historia, de la cultura, del sentido de lo bello, de lo representable o de lo más justificable de llevar a un lienzo. Así que no se habrían decidido aún los pintores parisinos a representar una visión tan actual, tan normal, tan cotidiana, tan vulgarmente natural como era la de reflejar una escena tan habitual de la sociedad parisina de entonces. Los incisivos poetas decadentistas y simbolistas, como lo fue el decidido y ácido Baudelaire, ya habrían recomendado a los creadores que dejaran de pintar esas escenas míticas, tan alejadas de la vida normal, y que se atrevieran a retratar lo cotidiano, lo cercano, lo que traspasara la imagen real de los que, luego, lo miraran.

Y, totalmente convencido de lo mismo, el pintor Manet elegirá crear en 1862 una escena de esa misma sociedad, aunque ahora no de la bohemia sangrante de los marginales barrios parisinos, no, sino de la más burguesa y encopetada sociedad parisina de entonces. Y decide el pintor impresionista que sea inmortalizada toda esa gente real en uno de los lugares más elegantes de una de las zonas más concurridas de París, los jardines de las Tullerías. El Palacio de las Tullerías era por entonces -y durante toda la historia de Francia lo había sido- la residencia parisina de la monarquía francesa. Durante el segundo imperio francés -el de Napoleón III-, en sus jardines abiertos a un público burgués y bienintencionado se celebraban conciertos y fiestas, siendo cuando los flamantes parisinos se concentraban en él para disfrutar de aquel maravilloso entorno, y poder escuchar lo único que no era sospechoso de subversión: la música sutil y envolvente de alguna sinfonía clásica..., compuesta por ejemplo por el celebrado compositor Jacques Offenbach (1819-1880).

Y fue entonces la música, sobre todo la sínfónica, el único arte incapaz de molestar con sus críticas sociales o políticas a esa burguesía susceptible. Sobre todo en sus óperas u operetas. Porque Offenbach se hizo muy famoso por esas composiciones operísticas divertidas, populares, alegres, bailadas, y con algún que otro trasunto que pudiera añadírsele. Esto fue lo que, especialmente, conseguiría este curioso compositor francés. Y es por lo que, con alguna que otra crítica social, formaría parte de esos artistas, como Baudelaire y Manet, que tratarían de hacer ver a la sociedad de entonces lo que ésta no podría o no sabría ver por sí misma. Pero a pesar de decidirse el pintor Manet por componer una obra que reflejara ese espíritu -llamada Música en las Tullerías-, en esta grandiosa pintura no aparece ningún instrumento, ninguna partitura ni ningún músico ejecutándola, además.

Como obra de Arte, como composición pictórica, es una extraordinaria pintura que avanza el sentido de lo que, poco después, será denominado Impresionismo. Pero, ¿qué más será? Porque aquí está toda esa sociedad burguesa bien trajeada, con sus elegantes diseños y sombreros. Éstos, los sombreros, configuran una línea imaginaria horizontal que divide la obra maestra. Arriba está la Naturaleza, verde, exuberante, libre, espaciosa, grandiosa. Abajo la sociedad, oscura, gris, encorsetada, abigarrada, blanca, negra... o azulada. Y el creador Manet los pinta a todos como objeto y como sujeto a la vez de toda esa impresionante y enigmática visión. Como objeto por los representantes, ahora anónimos, de la sociedad parisina: en ese momento indolente o sorda a los cambios que la misma requería. Como sujeto aquí los conocidos y amigos del pintor, tan alertas como él a los cambios requeridos por esa sociedad, tan fijos en su mirada como los representa Manet: mirándolos a él. Y así se aprecian en la obra de Arte, sutilmente divididos ahora por el delgado tronco encorvado y oscurecido de un árbol. A la izquierda del tronco -algo menos de la mitad de la obra-, están todos esos personajes subjetivos, el músico Offenbanch, un colega del pintor, Fatin-Latour, y escritores como Baudelaire y Gautier, etc...

Todos ellos nos miran a nosotros, al pintor que los crea y a los espectadores que miramos. Ellos son el sentido que late en la atmósfera semioculta de la obra, como un motivo ahora cómplice de aquello que el pintor quisiera transmitir... Al otro lado -la parte derecha del lienzo-,  nadie mira al frente, nadie se atreve a dirigir su mirada hacia lo que, por entonces, era aún imposible de admitir: que los cambios sociales no eran aceptados. Como no lo fue aún el Impresionismo, como no la crítica a un sistema -el segundo Imperio- que había cercenado libertades y avances, como la apertura a una sociedad más acorde con el espíritu de lo que había sido Francia antes. Todo eso no podría todavía relucir libremente entre las cenagosas aguas de una sociedad hipócrita, autoindulgente y profundamente cínica. Y el  pintor impresionista -Monet- se decidió entonces por pintarla y criticarla; aunque ahora con la única música que se pudiera por entonces insinuar: la de su paleta y la de su audacia misteriosa. Cosas que mentes limitadas nunca hubieran podido aún descubrir...

(Óleo La música en las Tullerías, 1862, del pintor impresionista Édouard Manet, National Gallery, Londres.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Es curioso que a pesar de considerar a Manet como uno de los emprendedores del impresionismo, él siempre afirmara, no querer acabar con los viejos métodos de pintura ni crear otros nuevos.

Quizás no le gustaran los encasillamientos, y aunque siempre tuvo muy buena relación con los impresionistas, nunca llegaría a participar en sus exposiciones.

Un saludo.


Arteparnasomanía dijo...

Creo de verdad que es el mejor pintor de la historia contemporánea (siglo XIX y XX). Eso que mencionas lo justifica también. En sus creaciones hay de todo, y se atrevió con todos los temas posibles.

Un abrazo.

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