2 de abril de 2014

La mayor tragedia humana es poder concebir una perfección... que el ser nunca alcanzará.



A pesar de no haber tenido entre sus naturales a ningún gran creador renacentista o barroco, Inglaterra llegaría a dar uno de los más geniales y originales artistas del Romanticismo de toda la historia de la Pintura. Joseph William Turner (1775-1851) demostraría pronto que el genio pictórico puede llegar a narrar solo con colores, espacios y formas las más emocionales y desgarradas semblanzas humanas. Las de la Literatura por ejemplo, esas semblanzas que habrían alcanzado muchas de las más románticas creaciones poéticas de entonces. Y el mayor poeta romántico que cantara esas odas emotivas lo fue Lord Byron. Y así como haría éste, Turner viaja por Italia a principios del siglo XIX para descubrir su luz y su misterio. El pintor británico quería conocer las ciudades y lugares donde naciera la Pintura para encontrar sus afinidades, sus raíces o las inspiraciones más creativas. Pero, a cambio de Turner, Byron no buscaría entonces antes nada de eso. El gran poeta británico, el primero que comprendiera que lo más íntimo de la desesperación humana forma parte de su grandeza, peregrinaría por el sur de Europa buscando la sensación romántica de que vivir era una experiencia personal demoledora, del todo fugaz e insatisfecha.

Con su obra poética de 1818 Las peregrinaciones de Childe Harold, Byron consigue definir la personalidad romántica por excelencia. Su protagonista, alter ego de su propia existencia, acabará mostrando las características de los seres que llevan el rasgo del héroe -más bien antihéroe- byroniano. Perceptibilidad, sofisticación, misterio, emotividad, introspección, independencia, decepción y rebeldía. El protagonista de su obra, Childe Harold, se embarca en un velero rumbo a Portugal desde Inglaterra para dejar atrás ahora su vida aprisionada, su historia personal, su pasado, sus pasiones y desvelos, y tratar así de encontrar un nuevo sentido existencial a su vida. Y lo busca desde la convicción personal de que nada nuevo que halle pueda hacerle cambiar lo que pensaba. Dirá el protagonista: Y ahora que, cercado por un mar sin límites, me hallo solo en el mundo, ¿suspiraré por otros cuando nadie lo hará por mí? Quizá mi perro llore mi ausencia, hasta que una extraña mano venga a alimentarle; pero, a la vuelta de algún tiempo, si yo volviera a mi patria, se avalanzaría a mí para morderme.

Turner busca ahora en Italia la luz estremecedora del atardecer más hiriente... También las sensaciones emotivas que otros pintores antes que él hubiesen presentido. Y así viaja por Milán, Bolonia, Florencia, Roma, Narni, Sorrento, Amalfi, Nápoles... Ahora mirando, sintiendo, inspirándose sobre todo en los clásicos renacentistas... y en los románticos poemas de Byron. De este poeta romántico se decide por crear un grandioso óleo homenaje a su obra Las Peregrinaciones de Childe Harold. Ahora bajo la romántica atmósfera italiana recreada en uno de los cantos poéticos de Byron... Pero, ahora, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo representar en un lienzo la poética, avasalladora, sosegante y decepcionante mística descripción lírica del poeta? Pero en Turner todo eso era parte de su Arte, conseguir plasmar en una imagen las cosas imposibles de describir con colores y formas: las emociones narradas con palabras desde las profundas sensaciones más íntimas y humanas

Y así crearía Turner su lienzo, titulado exactamente igual que el poema. Elige un maravilloso paisaje italiano, románticamente idealizado. Un lugar donde la luz es verdaderamente la protagonista. Hará de la luz un reflejo del propio ánimo del personaje romántico de Byron. Porque aquí, en este hermoso paisaje libre y natural, la luz del atardecer -porque debe ser un atardecer- reverberará inquietante ahora entre los roquedales medio ennegrecidos, entre un río y sus inclinadas aguas medio blanquecinas o entre la alegría, manifiesta y serena de los humanos que lo habiten. También entre la oscura e intimidante fauce sibilina de una profunda y telúrica cueva sinclinal aparecida... O entre la quebrada silueta de un viejo puente medio derruido, o entre el lejano y alto perfil de los restos sin sentido de una antigua, perdida y ahora olvidada fortaleza medieval.

Y todo ese gran paisaje, en parte aquí un poco deslucido, contrastará con la silueta inmensa y elegante del magnífico árbol principal que surge desbocado. Una grandiosa y natural figura aquí muy romántica, individual y poderosa pero, al mismo tiempo, con toda su aparente firmeza y aguerrida fragilidad... Detrás del árbol majestuoso, alrededor de su redondeada y coronada silueta verdecida, está ahora ahí el poderoso cielo blanquecino en su lejanía..., pero azul, muy azul, de un azul ahora muy profundo hacia la parte más occidental de su perspectiva artística. La tenebrosidad algo brumosa del paisaje contrastará aquí con la fugacidad de las personas satisfechas. Luego con la perenne y oscura silueta del gran árbol solitario, una poderosa figura romántica entre el fondo de un cielo azul blanquecino y el fugaz resplandor medio amarillento y difuso de su bruma.

El dramaturgo Terence Rattigan (1911-1977) escribió una obra teatral extraordinaria en 1952, Un profundo mar azul. Una historia personal donde ahora los protagonistas se sumergen en las desoladas, profundas e incomprendidas aguas de lo más vulnerablemente humano. Un imposible e insufrible romance acabará con el intento suicida, frustrado por fortuna, de la frágil mujer protagonista. Una desolada mujer ante la imposibilidad de aceptar ahora la realidad ofuscada y esquiva que le acontece en su vida. En una de las ocasiones que ella tendrá para justificar su terrible acción, absolutamente ahora confundida y abrumada, le contesta a otro personaje de la obra, uno que le había cuestionado su intento suicida:  A veces es difícil discernir, atrapada entre el diablo y un profundo mar azul...

(Óleo Las peregrinaciones de Childe Harold, 1823, del pintor romántico inglés Joseph William Turner, Tate Gallery, Londres.)

4 comentarios:

lur jo dijo...

Entre la espada y la pared, así es como representa a la protagonista Terence Rattigan en su obra.

Al igual que Byron y los personajes de sus creaciones, en los que destaca su rebeldía, pasión, desilusion, conducta auto destructiva, todo un cúmulo de polémicas.

Difícil lo tuvo Turner al querer homenajear al poeta, aunque reconozco que desde mi punto de vista lo logró, enlazando arte y perfección.

Gracias por el espléndido trabajo que has compartido con todos nosotros.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Turner es, posiblemente, el más poético de los pintores románticos. Supo hacer de los colores y los trazos los versos entrelazados que una imagen pueda, maravillosamente, reproducir.

Gracias a ti por compartir tu semblanza y tus palabras.

Un abrazo agradecido.

Spaghetti dijo...

Maravillosa exaltación de la belleza romántica en el tándem perfecto Byron-Turner, entre el pincel y la pluma.
Enhorabuena por escoger éstos dos grandes genios para mostrarnos el arte exquisito del romanticismo.
un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Es que el Romanticismo es tan amplio. Con estos dos no se falla, en ningún caso. El mérito es de ellos, el mío, sólo mostrarlo.

Un abrazo cordial.

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