8 de abril de 2014

¿Por qué debemos mirar ahora sin horror ni desconcierto esta imagen aparentemente pavorosa?



Porque eso no es exactamente -pavor- lo que transmitirá ahora esta imagen. Esta obra surrealista creada en el año 1944, en plena Segunda Guerra Mundial. Una singularidad de fuerte contraste -belleza frente a alarma; muerte frente a vida-, que en principio desvelará un cierto desasosiego, una oscura sinrazón, es lo que representa aquí, en su obra La Venus dormida, el poco conocido y más simbolista que surrealista pintor belga Paul Delvaux (1897-1994). Más simbolista que surrealista porque todo en esta obra, sin embargo, es real aquí..., es decir, que es posible experimentarlo... a cambio del surrealismo que no lo será.

Porque ahí veremos un escenario clásico de la Antigüedad, una pequeña ciudad griega en una noche real ante una luna nueva real. Y una hermosa Venus dormida se muestra en todo su maravilloso esplendor ante nosotros. Otras mujeres desnudas, sus vírgenes sagradas, se arrodillan, danzan o gesticulan en algún extraño éxtasis intimidatorio: algo aquí especialmente divino o verdaderamente terrenal... Aun así, sólo dos de todas las figuras representadas en el lienzo nos asombrarán. Una de ellas un esqueleto perfecto, incluso elegante y dócil en su gesto, casi respetuoso aquí con todo; otra un hermoso maniquí ahora vestido y demasiado moderno y ataviado para tanta antigüedad.

En conversaciones posteriores que el autor expresara de su creación, nos transmitió el terrible momento tan abrumador y difícil en que la obra fue realizada (año 1944). En plena guerra europea, cuando Bruselas estaba entonces siendo bombardeada y los duros momentos se harían notar entre sus habitantes. Pero, ante el espanto de la incertidumbre de un final desesperado, no acabaría el autor -que lo viviría él mismo también entre sus temores humanos- por entonces más que de inspirarse así, de ese modo tan extraño para plasmar una imagen, sin embargo, del todo ahora llena de esperanza. Sí, una imagen llena de esperanza porque la obra encierra aquí un invisible hilo de salvación, una leve y engañosa sensación -como la representación real de una vida- de que tras el enigma del desasosiego más tenebroso se oculta, misteriosamente, la promesa de un amanecer del todo diferente

Donde los dioses cabalgarán luego, al alba, para descubrirnos la magnanimidad más deslumbrante de su influyente, indulgente y sagrada providencia... Pero todo eso por entonces nadie lo sabría aún... Todos estarían entonces aún enloquecidos, aturdidos o entumecidos por el miedo pavoroso del desgarro más infame. El bello maniquí, trasunto aquí silencioso e inmóvil del duro momento vivido, no podrá hacer nada por los seres desesperados, seres que ahora le acuciarán sin éxito -no es ella más que un maniquí-. Uno de esos seres angustiados, una de esas jovenes desnudas y desoladas que vemos danzar aquí, tratará incluso de llamarla, de apelarla, de comunicarse con ella, inútilmente. Representará aquí el maniquí -ahora vestida y elegante- a la humana sociedad burguesa bienintencionada, sofisticada y moralmente sublime, pero ahora sin embargo del todo marginada, ajena, inaudible, insensible o inerme.

Y el esqueleto humano, la otra figura distante y surrealista, como siempre nos traerá el sentido ineludible de la muerte, de la desaparición anónima tanto de los seres como de su forma de vida, la civilización. Esto último maldecido y condenado por la crueldad de una guerra y de su terrible destrucción. La civilización está en peligro, y las gruesas columnas de la cultura ancestral, de aquel vínculo inteligente que hizo humano desde siglos atrás la forma en que los hombres vivieran juntos en la Tierra, se encuentra ahora totalmente ya en peligro. Y es por eso que aquí se agitan ahora las jóvenes vírgenes dionisíacas, esas jóvenes desnudas que elevan sus plegarias, que mortifican el gesto, o que se abrazan al fuste clásico de una de esas columnas griegas que sostendrán aún, inconmovibles, las serenas delineaciones perfectas del maravilloso pero vulnerable entorno dionisíaco de aquella civilización...

Un lugar éste desde donde la diosa, suavemente dormida, descansará ajena a todo grave desconcierto. Porque será ella, la Venus dormida, la imagen aquí más hermosa y la única que no sufrirá ni sentirá ahora ninguna otra cosa que la oprima. Algo que también representa ahí la figura articulada y vestida de su burgués avatar, aquel maniquí femenino y misterioso... Venus descansa aquí, en la larga noche macilenta, sin un atisbo ahora de desconsuelo en su figura. Su maravillosa y desnuda imagen, tendida y voluptuosa, abandonada al sueño y la molicie, al seguro encanto de que el destino sagrado de su estirpe no sucumbirá jamás, nos hará ver ahora, con su bello reflejo erotizante, el pleno sentido más simbólico de esta magnífica obra. Una representación iconográfica que desde su eterna, prodigiosa y bella sensualidad nos ofrecerá aquí, serenamente, la segura y confiada sensación ahora más cargada de esperanza

(Óleo La Venus Dormida -reproducción de muy baja calidad, la única que me ha permitido Google+ por impedir la imagen más nítida del original del Tate Modern, alegando razones éticas (?); ésta puede verse en el enlace que he redirigido a la web de la Galería londinense-, 1944, del pintor surrealista belga Paul Delvaux, Tate Gallery, Londres.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Quién no se ha cuestionado en alguna ocasión al contemplar una obra, ¿qué habrá querido expresar el autor?

Nos puede gustar más o menos, pero si no tenemos referencia alguna de ella, en numerosas ocasiones, al no entender la obra, nos perdemos su esencia.

Es de agradecer a personas como tú, que con perseverancia, consigue ayudarnos a entender y amar un poco más el arte.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Siempre es algo subjetivo, porque el Arte no es Ciencia, lo que persigue es que se reaccione ante él, como sea, a veces con más y otras con menos acierto, pero que se lea algo ahí. Entonces, sólo entonces, es cuando la obra habrá triunfado.

Lo agradecido es tu reconocimiento. Gracias.

Un abrazo.

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