6 de mayo de 2014

La esencia oculta de las cosas es la finalidad del Arte; la de la vida, sin embargo, su razón.



Decía ya el filósofo griego Aristóteles que la finalidad del Arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia natural. Cuando en algún momento del Renacimiento el paisaje alcanzara a tener más sentido en el Arte que como un mero y grandioso decorado secundario, el pintor Pieter Bruegel el viejo (1525-1569) sería uno de sus más extraordinarios y emotivos impulsores. Pero, a diferencia de los otros, de los que magnificaron exclusivamente el paisaje sin más, Pieter Bruegel iría mucho más allá..., hasta alcanzar con los paisajes artísticos esa esencia secreta que el filósofo heleno destacase ya como la finalidad principal de la estética.

Con motivo de un encargo sobre los cambios estacionales del año, el pintor flamenco Bruegel se atrevería a realizar una serie de cuadros que representaran cada espacio climático anual del calendario. No se sabe muy bien si representó todos los meses o cada dos meses del año, aunque cada vez se aceptará más que crease tan solo seis obras en total. Idealizando así dos meses emparejados que ofrecerían, con el cambiante clima septentrional europeo, las sutiles diferencias que otros climas menos duros no tuvieran tan marcados. Pintaría el pleno invierno (Cazadores en la nieve) con los meses de diciembre y enero; el transitorio invernal (El día oscuro) de febrero y marzo; el primaveral abril y mayo... que se acabaría perdiendo; el veraniego junio y julio (La siega de heno); el final del estío con agosto y septiembre (La cosecha); y el otoñal octubre y noviembre (El regreso del rebaño).

De todos ellos, se considera Cazadores en la nieve una de las mejores creaciones pictóricas de paisaje en la historia del Arte -en pleno momento renacentista, además, que no abundaban los paisajes-, así como de las propias obras maestras del pintor flamenco. Y es que es así la creación, ya que la originalidad, la composición, el color, el sentido emotivo de la obra, su misterio, su grandeza y su mensaje serán elementos que hacen de ella una de las grandes creaciones del Arte europeo. Un decorado invernal, absolutamente nevado, congelado más bien, señalará aquí lo más destacado de la imagen artística. Debía ser así, pues es la mejor forma de representación iconográfica de esos crudos y blancos meses invernales. Como es habitual en Bruegel -y en el Renacimiento-, el paisaje se extenderá ahora así hasta el infinito... ¿Qué se verá aquí en este escenario sin final?: el paisaje idealizado, es decir, el paisaje propio de la fantasía imaginativa del creador no el de la vida real; paisaje que llegará ahora, incluso, hasta las últimas cordilleras alejadas de un horizonte más desolado todavía. Vemos también una pequeña población habitada por seres que viven ahora en su mundo invernal, en ese congelado e inhóspito lugar desde donde ahora esos mismos seres deberán, inevitablemente, prosperar para vivir.

Y así los pintará el autor flamenco: adaptados algunos de ellos calentándose con el fuego improvisado de sus cosas; relajados otros, divirtiéndose en el hielo gris-verdoso de sus riveras congeladas; inspirados otros más, provocando que algún anzuelo obtenga ahora alguna pesca bajo el hielo. Confiados todos ellos de que el tiempo, de que ese clima duro, no les haga desesperar con sus carencias. Pero, no es así de simple... Porque el sentido literal de los momentos temporales -siempre terminará por acabar lo duro- no lo hace la naturaleza ahora sino para ella misma, para su único, realista, cíclico y visceral sentido, importándole muy poco lo demás. Aun así, ellos -los humanos- confiarán, seguirán confiando en que las cosas no vayan por el mismo y duro camino de siempre. Los pobladores esperan ahora sosegados a los hombres que temprano marcharon de caza, a los que, como siempre, habrían partido para conseguir el bendito y salvífico remanso de vida de la caza. Pero no, esta vez no. Regresan ellos ahora sin caza por el mismo sendero recorrido de siempre. Y el pintor flamenco del Renacimiento los sitúa en su lienzo muy cercanos a nosotros, a los que vemos ahora el cuadro. No así a los otros, a los demás seres, los confiados, que esperarán tranquilos más allá y los sitúa aquí el creador aún más alejados de nosotros, mucho más que cualquiera otra cosa del paisaje.

Los cazadores de vuelta pasan ahora por un elevado encuadre de la obra. Van ellos cabizbajos, cansados, defraudados, enojados ahora por el mismo sendero de otras veces. Se dirigen hacia abajo, hacia donde están los otros seres, los que les esperan jubilosos, persuadidos de que traigan buena caza para todos. Pero, sin embargo, nada traerán los cazadores. Solo un pequeño zorro muerto cuelga ahora a la espalda de uno de ellos; los demás, nada llevan en sus zurrones: la crudeza ahora del invierno y su cruel añagaza desatenta. La obra de Arte es genial en todos sus alardes compositivos. Enhiestos y deshojados están los árboles que señalan el camino por donde ahora los hombres regresan de la caza. Y todo esto visto desde una perspectiva cercana, muy cercana a los que, desde afuera, ahora los vemos a ellos, sin embargo, tan distantes... También veremos el descenso exagerado de la colina nevada, esa elevación que cae bruscamente aquí y que crea así, en el lienzo, una ruptura con el plano subsiguiente, aquel otro espacio alejado desde donde los otros seres esperan y viven ahora confiados... ¿Qué mensaje latente puede ocultar ahora aquí el sentido de la obra? Pues que, a pesar de la crudeza desesperada de la realidad, la obra es un canto ahora hacia la vida, hacia las cosas hermosas de la vida, a su propia crudeza, pero, también, a su propia esperanza.

Nadie, a parte de los cazadores, y salvo ahora nosotros, y alguno de los que cargan una mesa cercana al fuego de la izquierda, sabrá aún nada de la despiadada y frustrada jornada de caza. Ellos, los que regresan enojados, no quieren defraudar, sin embargo, a los otros; no quieren ahora sino abrazarlos, jubilosos, tras la frustrada partida de caza. Porque ellos lo intentaron como todos los años, como todos los días invernales que, arrostrados de una fuerza sobrehumana, partieron seguros de poder alcanzarlo... Y el pintor Bruegel no gritará ahora nada aquí para denunciar esa terrible desolación de la vida; no necesita hacer nada de eso para hacernos ahora saber que la vida descansa bajo una sagrada promesa: la de que sobrevivir es la única forma de vivir que, a veces, tendremos... En otra de estas obras sobre estaciones climáticas, en concreto la de los meses de febrero y marzo, El día oscuro o El día tormentoso, versará la obra también en parte de eso mismo. Pero, sin embargo, en el caso de esta otra obra el paisaje de Bruegel es aquí ahora menos íntimo o más confuso, y su fuerza iconográfica radicará más en la falta de luz, en la tenebrosidad inspirada de su propia falta de luz más que en cualquier desolada emoción apenas entonces vislumbrada.

Al igual que el otro paisaje renacentista, en este paisaje de Brueguel no nos muestra tampoco ninguna estrella portadora de luz. Porque es un mundo ahora sin estrellas, es un mundo tormentoso, además. Tan solo la calidez del color ocre, que el creador extiende sin pudor, compensará la frialdad de un paisaje nebuloso, frío, húmedo y desapacible. Los pocos hombres que están ahí, sin embargo, laborarán ahora agrupados y juntos, cooperando todos ellos. Los barcos lejanos naufragarán disipados en la levantisca ensenada tormentosa. Todo está aquí abandonado, nada puede sobrellevar el cruel tiempo desolado y desapacible, imposible incluso hasta de poder disfrutarlo (como sucedía con algunos personajes en el otro cuadro de antes). ¿Todo lo estará? No, todo no estará abandonado, porque hay aquí ahora un pequeño gesto desafiante, único y extraordinario, en este otro cuadro renacentista de Bruegel, algo que el pintor se permitirá destacar emotivamente en su obra. Es ahora un ave blanca, un pájaro que, aquí, volará ahora en pleno cielo encapotado. Es la pequeña, segura y confiada imagen de una gaviota volando. Con ella, el pintor nos expresa su certeza, su maravillosa certeza, de que las graves tormentas acabarán pronto en nada... Que pronto el resplandor de la vida alumbrará la mañana. Que la luz del sol -la estrella aún inexistente- aparecerá luego sigilosa detrás de alguna montaña. Y que el sentido de todo resurgirá, nuevamente, con el próximo y siguiente cambio estacional. Así, como se viera ya en la obra de antes, como en aquel impulso anheloso que llevara a los cazadores a emprender entonces sin pensar siquiera, sin saber, sin entender o sin desesperar mucho, en otra nueva y esperanzadora caza.

(Óleos del pintor flamenco del Renacimiento, Pieter Bruegel el viejo: Cazadores en la nieve, 1565, El día oscuro o El día tormentoso, 1565, Fragmento de El día oscuro, ambas obras en el Museo de Historia del Arte de Viena, Austria.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Siempre me gusto este pintor, por la representación que hace en las obras de sus personajes, indicándonos costumbres de la época y en ocasiones, utilizando la ironía para simbolizar al género humano.

Un excelente creador, que además tengo la sensación, fue un hombre, con gran sentido del humor.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Lo comparto, es uno de los mejores por su anticipación, por su profundidad de mensaje y por esa forma de reducir la desolación de algunas de las figuraciones con un rasgo de candor adolescente, especialmente desenfadado, como muy bien dices.

Un abrazo.

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