31 de mayo de 2014

La imagen emotiva de un suburbio victoriano o la transversalidad del Arte.



Fue en el siglo XVIII cuando el arquitecto escocés Robert Adams (1728-1792) rediseñara una de las zonas, cerca a la orilla del Támesis, más degradadas del oeste de Londres. En ella se encontraba el antiguo palacio de Durham House, una residencia episcopal de la época bajo medieval que, años después, durante 1585 acabaría en manos de Walter Raleigh, el famoso y próspero corsario británico tan molesto para la flota española de Indias. Desde alguna de las torres de su nuevo palacio divisaría el pirata inglés en días despejados la abadía de Westminster, el Palacio Whitehall y hasta las verdes colinas de Surrey. Luego de la muerte de la gran valedora del corsario, la reina Isabel I de Inglaterra, el obispo de Durham reclamaría el palacio al nuevo monarca -menos protestante- Jacobo I de Inglaterra. Autorizaría este nuevo rey el cambio de propiedad perdiendo entonces Raleigh el palacio de Durham House frente al obispo. Sin embargo, el obispo nunca lo ocuparía -el siglo XVII británico fue muy convulso- y el palacio de Durham House acabaría en ruinas y abandonado para siempre. Así que cuando el arquitecto Adams se encargara de su remodelación parte del palacio se demolería, y, en su lugar, se construirían unas estructuras urbanas para solaz de industrias y mercados textiles.

Así que parte del mismo complejo urbano sería luego utilizado, por ejemplo, como sede para una nueva iglesia en Inglaterra, Los Arminianistas. Pero la más suntuosa parte de aquel antiguo palacio derruido la ocuparían aristócratas ingleses, como el quinto conde de Pembroke, cuyos deseos de construir su propia noble mansión acabarían solo con el rediseño de algunas de las calles más próximas al Támesis. Años después, entre 1768 y 1772, todo acabaría derribado para erigir en su lugar una gran edificación en estilo neoclásico, tendencia arquitectónica que Robert Adams daría al nuevo complejo urbanístico de Adelphi. Con esa tendencia clásica y moderna levantaría un conjunto de edificios adosados con una peculiar galería de arcos que enfrentaba sus perfiles a la misma orilla del río. Y es precisamente una de las galerías de esos arcos la que pinta en el año 1858 -vista desde su interior- el creador victoriano Augustus Leopold Egg (1816-1863) para su lienzo titulado Pasado y Presente III. La imagen representada es típicamente dickensiana porque es el Londres decimonónico más desolador, más infame o depravado de aquellos difíciles, injustos y duros años. En el interior de una de esas bóvedas de arco, diseñada por Adams para su complejo Adelphi, sitúa ahora el pintor a una mujer abatida por circunstancias trágicas en un momento desgarrador. Sentada a los pies de una barca desusada, entre las piedras y desechos de una desdeñosa ciudad opresora, mira ella ahora con nostalgia el cielo nocturno y la luna nueva entre sus sombras.

Una luna nueva que, entre nubes asoladas, brillaría también así para todos los seres que la vieran, tanto los seres desamparados como los que no. Pero entre sus brazos, cubierto con sus ropajes, lleva ella ahora un pequeño niño que duerme. Es su propio hijo el que protege, pero es un hijo ilegítimo... Solo sus pequeñas piernas delicadas son aquí lo que veamos de él. Pero el pequeño dormido no percibe o siente ahora nada de lo que su madre, nostálgica, sí pueda recordar mirando la luna entre las sombras. El pintor nos muestra aquí, en su obra emotiva y desolada, una escena característica de orfandad paterna o de maternidad soltera, ambos estados personales que, presumimos, puedan llevar a pensar en algún tipo de persona marginada por su condición social o económica. Ella representa una mujer de la calle o una prostituta o una hija abandonada a causa de una pasión defraudada; o, también, es posible que fuese alguna viuda que, sin posible reconocimento oficial, no pueda reivindicar nada de su desaparecido esposo. Pero ella seguirá mirando aquí a la luna, esa misma luna que estará, sin embargo, ahí también para los otros, la misma luna que mira ella ahora desde ese recóndito y abatido lugar oscurecido. En una de las paredes de esta oscura galería el pintor victoriano sitúa incluso unos carteles callejeros que anuncian y recuerdan, metafóricos, la vida acomodada de los otros... En uno de esos carteles públicos se anuncian dos de las galas representadas en el teatro londinense Haymarket -Victims y The cure of love-, uno de los centros culturales entonces de moda de Adelphi. En otro de ellos vemos la publicidad de un viaje de placer turístico, una excursión a la bella y soñada París.

Todo un terrible contraste sutil aquí que, junto a la visión nocturna de la luna nueva y sus reflejos en el río, enmarcan la emoción más efectiva de todo el conjunto representado en la obra. Pero toda obra tiene su propia historia detrás, su posible narración de cosas... Cosas que habrían pasado antes o después de lo pintado. Es ahora la transversalidad de cualquier obra de Arte. Muchas obras -realmente todas- pueden o deben tener esa transversalidad narrativa. Casi todas ellas lo tienen. ¿Por qué no? Cualquier emoción retratada en un lienzo posee su antes y su después. Lo que sucede es que los creadores solo pintan la que ellos sienten más mientras la hacen. La única emoción que ellos piensan que pueda ahora reflejar mejor su inspiración decisiva. Porque para contar otros posibles momentos de antes y después surgieron los trípticos por ejemplo. Con ellos se pretendía completar alguna esencia no contenida en la sola representación inspirada inicialmente. O sencillamente ofrecer así la narración ahora que llevará al espectador a comprender más claramente el sentido de la obra, u otras cosas diferentes de la misma. Cosas que, de no hacerlo así, hubiesen obligado al artista a exponerlas, solas y juntas, en un único lienzo limitado. La realidad fue que el pintor Egg quiso criticar a la sociedad victoriana con tres imágenes distintas pero relacionadas, tres cuadros separados para llegar más profundamente a las conciencias indolentes de la gente.

Porque ella aquí no es ninguna mujer de la calle ni ninguna hija desamparada o viuda desolada, no, ella es una esposa que fue repudiada por su marido tiempo antes. La narración comienza con el lienzo I de la serie Pasado y Presente. En esa obra vemos un salón de clase media londinense con una familia retratada en una escena sorprendente. Están las hijas pequeñas jugando ahora alegres en un extremo del cuadro, pero en el otro extremo una mujer sola, derruida y desesperada junta ahí sus manos contra el suelo, abatida al saber la decisión de su esposo al conocer la noticia. Ella ha cometido adulterio y él lo certificará así, con una carta delatora que arruga ahora entre sus manos. La escena es dolorosa y participará del contraste entre un hogar sosegado y la cruel decisión sobrevenida. En la obra de Arte, típica del momento e influencia Prerrafaelita, se muestran además algunos elementos retratados para describirla alegóricamente. Por ejemplo, una puerta abierta reflejada en el espejo del fondo por donde ahora debe salir ella; una manzana partida por la mitad en el suelo, símbolo de la ruptura del matrimonio; un pequeño cuadro en la pared con la escena del destierro del paraíso bíblico... Los colores en la obra son fuertes y acusados como rémora iconográfica del trascendente y trágico momento.

Pero debe existir otro cuadro aún mucho más moralizante, uno para entender ahora el sentido crítico de la anterior obra. Porque el creador quiere hacernos ver, sin embargo, el sinsentido tan inhumano de la sociedad de su época. Tal vez por eso el pintor pensara que con tres imágenes se pudiera llegar mejor a la conciencia de la gente, aunque si no social sí sentimentalmente. La secuencia narrativa de las tres obras tiene su mejor sentido con el lienzo intermedio. Es decir, el primero es el salón con la noticia, el último la mujer ante la luna; pero hay otro que, situado entre ambos lienzos, completa trágicamente la decisión primera. Dos jóvenes hermanas en una habitación miran ahora la misma luna en esa misma noche. Porque es ahora la misma luna nueva de la misma noche oscura de la galería de arcos del Támesis. Han pasado algunos años y aquellas niñas de antes -las que jugaban en el salón abrigado- están ahora solas, más crecidas, y sin nadie. El padre había fallecido hacía pocas semanas, y ahora ellas se encuentran abatidas, desoladas y sin nadie. Y el creador inglés utiliza aquí la luna como un nexo, como un elemento que, sutilmente, tratará de enlazar la mirada con el gesto, el semblante con el sesgo o la desesperación más humana con la decisión más absurda. También la oscuridad del destino más sombrío con la sentida nostalgia, o la metáfora más alumbradora con la penumbra menos romántica. O, por fin, la visión de un cielo trascendente y abierto con la cruel realidad social tan oscura y dramática.

(Tríptico del pintor inglés Augustus Leopold Egg, 1858: Óleo Pasado y Presente, El número III; Grabado del siglo XVIII del complejo Adams, Adelphi, Londres; Óleo Pasado y Presente, El número I; Óleo Pasado y Presente, El número II, todas las obras de Egg en el Museo Tate Gallery de Londres.)

4 comentarios:

lur jo dijo...

Me ha parecido excepcional el modo en que documentas al autor y sus obras.

Al igual que Egg y otros autores que han dejado reflejadas tantas historias, ideas e incluso críticas sociales, valiéndose del arte con sus tripticos, los cuales me entusiasman, pues siempre los asocié con esos fascículos que comprábamos semanalmente en las librerías.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

El Arte tuvo un momento en que fue el cine de aquellos años pasados. Las publicaciones gráficas y dibujadas no lograban competir con la grandiosidad de los óleos artísticos. Pero es que el Arte no podía ir más allá de una escena retratada (los trípticos serán un excepción peculiarísima y escasa), sólo una, ya que la belleza de los cuadros eran superiores en tamaño y diseño a cualquier otro medio que, salvada la distancia, lo pudiera acaso ya envidiar. Gracias como siempre por tu comentario.

Un abrazo.

ELVA dijo...

¡¡ mUY INTERESANTE , COMO TODO LO QUE PUBLICAS , ENHORABUENA !!

Arteparnasomanía dijo...

Muchas gracias ELVA. Como el propio Arte, la belleza de las cosas debe acompañar el interés de las mismas. No es fácil conseguirlo, pero solo el intentarlo justifica comentarios como éste.

Saludos.

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