25 de junio de 2014

La espiritualidad y la sensualidad: dos cosas que sólo el Arte puede contemplar a la vez.



Fue el filósofo alemán Kant quien distinguiera la sensualidad de la belleza. Distinguió así las cosas que pueden ser recibidas ahora por los sentidos, propias de ellos y que deleitan y placen por igual, de aquellas otras cosas que únicamente se percibirán por el intelecto. Estas últimas -las del intelecto que perciben belleza- serán reelaboradas dentro de un lugar autónomo -¿espíritu?- y sin condicionamientos materiales -intereses, fines, necesidad- de ninguna clase. Y en esa estética que surgió entonces de esa filosofía poder distinguir ahora el placer estético -sensualidad- de la belleza estética -espiritualidad-. Y esto vino a situar entonces cada concepto en su lugar y elevar aún más el Arte a una categoría superior de la que tenía. De llevar el Arte a un estatus mayor a cualquier otro motivo o causa de posibles sensaciones o experiencias estéticas, esas mismas que los humanos pudieran también obtener, sin embargo, en este mundo atrabiliario... Impresiones o experiencias que se pudieran también percibir ante el fragor de otras muchas cosas de la Naturaleza, de elementos ahora de la vida que, por ejemplo, pudiesen ofrecer también armonía, equilibrio, estímulo, arrobamiento, seducción... o belleza.

Es un poco confuso todo eso porque, ¿sentiremos el mismo placer siempre...?, o ¿serán placeres distintos los del Arte a los de cualquier otra cosa sensual...? Y así de confuso fue durante toda la historia hasta llegar al filósofo alemán Kant en el siglo XVIII. Por eso el Renacimiento no pudo entonces más que ejercer un revulsivo grandioso a la experiencia mística -sensaciones involuntarias frente a lo sobrenatural- ante la contemplación del Arte para acceder a la Belleza... Por eso el Barroco utilizó luego el Arte para inspirar sensaciones de identificación placentera -muy sensuales- con mensajes espirituales -lo que promovió la Contrarreforma católica para endulzar su doctrina-. Sin embargo, todo el Arte posterior al filósofo alemán Kant -desde el Romanticismo del XIX hasta el Surrealismo y la actualidad- pudo justificarse con niveles más elevados estéticamente -más intelectuales- pero a cambio menos viscerales -menos sensuales-, es decir, con los sentidos menos predispuestos a lo emocional que nace de lo más sensual. Ha sido este un periodo -desde el siglo XIX hasta hoy- donde más se reelaborarían intelectualmente los conceptos representados. Unas ideas que separarían el placer sensitivo de otro tipo de placer ahora, el placer intuitivo, un placer más desarrollado intelectualmente o más sofisticado para entender el mundo y al hombre. De comprender ahora la Belleza de otra forma a como antes, aislada ya de sus principios originales más clásicos, separada de su sola sensación sensual... Y llevada ahora de ese modo a lo más moral que se pudiera, a lo más histórico, social, psicológico o existencial también del mundo.

Acteón fue un personaje mitológico malogrado. Llevado por su fruición deseosa y sensual de admirar la belleza desnuda de la diosa romana Diana -Artemisa griega-, se entregaría una vez a la audaz intención de hacerlo ahora sin rubor, a pesar de profanar con ello los deseos de la diosa de no ser nunca vista desnuda. Al descubrirla en una ocasión así, bellamente desnuda, no pudo Acteón más que detenerse, acercarse y mirarla llevado por una inevitable pulsión despiadada de curiosidad y deseo. Su vanidad también contribuiría a querer dejarse llevar por su deseo, ¿qué belleza no dispone de semejante actitud ante otra? Pero la diosa Diana no le perdonaría jamás. Lo transformó a él añadiéndole una cornamenta propia de los ciervos, esos animales a los que él mismo, como cazador, perseguiría sin descanso. Luego sus propios perros lo devorarían a él creyendo ahora que era Acteón una presa más de aquellas..., tan grandiosa como las que ellos mismos abatieran otras veces.

En esta mitología se refleja la oposición entre contemplación de la Belleza divina -de la mística, la elevada, la que lleva al sujeto a satisfacer la parte más espiritual de su ser-, frente a la materialización de esa Belleza, el verla claramente ahora y percibirla sensualmente. Y que el Arte expresa aquí con la desnudez más sensual y voluptuosa que el autor manierista Giuseppe Cesari (1568-1640) logra en 1606 con su obra Diana y Acteón. Y es por eso por lo que el Arte es, en este mundo material, lo único que pueda conciliar Belleza sensual y espiritual en una misma representación. Porque no es posible traspasar los elementos sensuales de nuestra naturaleza humana y acercarlos a la divina emoción de lo espiritual. Es imposible. Son esferas diferentes. Únicamente el Arte es capaz de lograrlo. ¿Y cómo lo hará? Desde sus propias formas estéticas peculiares y ajenas a lo real... Porque la esfera estética (entendida y explicada racionalmente desde el siglo XVIII) no puede ser llevada nunca al ámbito de la realidad. Porque, como la imaginación, el ámbito estético es totalmente irreal, y no tiene nada que ver con la vida real de los seres terrenales. Distinto es lo subrreal, que es otra cosa diferente en el ámbito estético, algo que sí se consiguió sublimar una vez en el Arte, siglos después, con el Surrealismo.

Ante la contemplación de la maravillosa obra del pintor Jean-Jacques Henner (1829-1905), Magdalena penitente, podremos ahora acercarnos a la manera en la que el Arte, sólo el Arte, es capaz de entrelazar juntos en otra esfera distinta los dos mundos separados y enfrentados sin remedio, el mundo de la sensualidad y el mundo de la espiritualidad. Porque aquí sí que alcanzaremos a vislumbrar, gracias a la genialidad del artista, parte de esa virtualidad imposible... Porque es aquí ahora la combinación de intelecto y sentido lo que nos llevará a enjuiciar, sin confusión, sin error o sin connotación parcial alguna, lo que la propia representación de la belleza sensual sea capaz de trasladarnos a otra representación muy diferente. Y poder ahora sublimarla, es decir, poder alcanzar con ella ahora otra belleza diferente... Aunque ahora percibido muy levemente, muy fugazmente también, y con lo que no habrá ya otra salida más que la suprema virtud de lo inasible, es decir, de lo ahora más trascendente, de lo más alejado, de lo más misterioso o de lo más imposible...

(Óleo del pintor Jean-Jacques Henner, Magdalena penitente, 1878, Museo de Bellas Artes de Mulhouse, Francia; Obra El sombrero negro, 1900, del pintor impresionista británico Philip Wilson Steer (1860-1942), Tate Gallery, Londres; Lienzo del mismo pintor británico, El espejo, ca. inicios siglo XX, Galería de Arte de Aberdeen, Escocia; Óleo del pintor manierista Giuseppe Cesari, Diana y Acteón, 1606, Museo de Bellas Artes de Budapest, Hungría.)

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