11 de junio de 2014

Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, aquello que todavía podemos soportar.



En la costa del mar Adriático, cerca a la ciudad italiana de Trieste, unos acantilados bellísimos -los acantilados de Duino- soportarían por entonces los cimientos vetustos y desolados de un impresionante castillo medieval. Porque allí, a mediados del año 1911, el poeta Rainer María Rilke pasearía por entre esos inspiradores acantilados y, de pronto, escribiría: ¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los coros de los ángeles? Fue el inicio de un libro de diez poemas al que el poeta titularía Elegías de Duino. La primera estrofa de esa primera elegía continuará diciendo:

Y aún suponiendo que alguno de ellos me acogiera de pronto en su corazón, yo desaparecería ante su existencia más poderosa. Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, ése que todavía podemos soportar; y lo admiramos tanto porque, sereno, desdeña el destruirnos. Todo ángel es terrible.

Cuando el gran pintor surrealista Dalí viese por primera vez el lienzo realista de Jean-Francoise Millet (1814-1875) titulado El Ángelus, quedaría absolutamente obsesionado con él. Porque algo plasmado en esa pintura, tan realista como es esa obra de Millet curiosamente, pudo ahora, sin embargo, subyugarle mucho al gran creador surrealista. ¿Por qué? Millet pertenecía a la tendencia artística Realista, es decir, esa forma de pintar que destaca la naturaleza de las cosas tal y como es, sin ocultar ni distorsionar nada. Pero, curiosamente, Millet fue un creador realista que sí ocultaría a veces cosas, aun a pesar de mostrar las otras, las desveladas, con una cruda, sincera, dura y fiel mirada. Y así compuso su obra El Ángelus en el año 1859, una escena natural y campesina de lo más misteriosa. Misteriosa a pesar de él, porque el pintor no quiso antes nada de eso, él quiso representar antes otra cosa. Lo que quiso pintar antes de terminar la obra fue la desolación ante la pérdida de un pequeño hijo. Pero, sin embargo, no le dejaron hacerlo por entonces así, o él no quiso, o no pudo...

Millet pintaría antes un pequeño féretro en el mismo lugar donde ahora vemos un cesto. Pero entonces no hubiese podido él vender el cuadro, ya que éste fue un encargo y no era eso, exactamente, lo que el comprador quería pagar por ello. Así que el creador lo cambió; cambió el sentido, pero no la escena general. Antes de cambiar la pintura dos padres oraban juntos ante la desaparición de una vida malograda. Luego quedaría en la obra una pareja campesina que ora junta en la hora destinada al ángelus, costumbre popular que hacía detener la jornada unos minutos a rezar. La obra es impactantemente bella. Dos personas están ahora solas aunque juntas en un paisaje más desolado todavía... La magnitud de la grandiosidad de la lejanía y soledad del paisaje los hace a ellos resaltar aún más en su propia y sinuosa soledad. Están aquí detenidos ambos, absortos en un mismo ensimismamiento existencial, en una misma y compartida agonía, en esa que el pintor quiso, sin embargo, inicialmente resaltar.

Pero, entonces, ¿qué obsesionaría a Dalí de eso? El genial pintor surrealista escribiría luego un ensayo para calmar su deseosa interpretación emocionada de la visión del cuadro de Millet. Lo titularía El mito trágico del Ángelus de Millet. Dalí supo a través de un descendiente del pintor realista la verdad de lo que escondía el cuadro. Comenzó su deseo por saber y averiguar qué podía ocultar el lienzo... Tanto le obsesionó que llegaría a solicitar al Museo del Louvre una radiografía de la obra para saber si estaba o no allí oculto lo que quiso pintar su autor antes. En 1963 se hizo y se vió una masa oscura debajo de la cesta con una forma parecida a la de un pequeño ataúd. Así que, ahora, confirmaría Dalí su sensación de tragedia vital en esta escena. Y toda ella representada además en un lugar de cosecha, en un lugar de fertilidad y de vida. Dalí interpretaría la imagen como el requiem más desolado sobre la incapacidad de procrear, de sentir, de vivir, de acercarse ahora a esa belleza... inmediatamente anterior a todo lo terrible.

Y seguiría escribiendo el poeta Rilke en su elegía de Duino:

Oh, y la noche, la noche, cuando el viento lleno de espacio sideral
nos muerde el rostro; ¿a quién no le queda al menos ella, la anhelada,
que nos decepciona suavemente y con esfuerzo aguarda
al corazón de cada cual? ¿Es la noche más leve para los enamorados?
Ay, ellos solo se ocultan uno al otro su destino.
¿Aún no lo sabes? Arroja desde los brazos el vacío
hacia los espacios que respiramos; quizá de modo que los pájaros
sientan el aire ensanchado con un vuelo más íntimo.

(Óleo El Ángelus, 1859, del pintor realista Jean-Francoise Millet, Museo de Orsay, París; Cuadro de Dalí, Reminiscencia arqueológica del Ángelus de Millet, 1935, Museo Salvador Dalí, San Petersburgo, Florida, EEUU.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

La exuberante fantasía que poseía Dalí, puede que fuera parte del motivo, que le condujera a obsesionarse por dicha obra.

No obstante esa fructífera imaginación, quizás fuese una de las causas que originaran prestigio a este gran pintor de sueños.

Hermoso poema, además podemos vanagloriarnos que una de sus elegías, fue creada bajo la inspiración del paisaje de Ronda.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Dalí fue más allá en la interpretación del cuadro de Millet. Con ideas de Freud, ideó una explicación sexual al motivo representado. Toda una época, donde el surrealismo y el psicoanálisis buscaron despejar las incertidumbres. Pero, hubo otros que lo buscaron en el verso. En cualquier caso, todo acabaría con los grandes conflictos bélicos mundiales.

Gracias, como siempre. Un fuerte abrazo.

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