1 de septiembre de 2014

La contradicción estética de la imagen: el caballero medieval frente al héroe clásico.



El rescate de la bella joven maniatada y forzada a sucumbir ante el mal, había sido una mitología recurrente en todas las épocas y culturas de la humanidad. El mito griego lo contaba con la gesta del héroe Perseo y su bella rescatada Andrómeda. La leyenda es tan antigua como la mitología: una bella joven es obligada a sacrificarse a causa de la hybris -la humana vanagloria imperdonable por los dioses- de su madre -Casiopea- por presumir de la belleza de su hija -Andrómeda- ante las bellas nereidas del dios del mar Poseidón. Pero no es ella ahora la víctima directa de los dioses, éstos solo desatan el horror en el reino de su padre Cefeo, el cual consulta pronto al oráculo para saber qué hacer para calmarlos. Y el oráculo le aconseja entregar a su hija Andrómeda a los dioses, sacrificarla a Poseidón atándola despiadadamente a una roca frente al mar tormentoso. En el mito antiguo, sin embargo, no había ninguna llamada a su rescate, nadie se atrevería entonces a eso, ni se le ocurriría; tampoco había una búsqueda anterior de una belleza, una belleza a rescatar ahora ante las fuerzas malignas de los designios contingentes. Nada de todo eso obligaría entonces a que existiese un héroe antes de que exista una posible rescatada.

Porque el héroe griego Perseo únicamente pasaba por allí. Su objetivo no era otro que luchar contra las gorgonas y los enemigos de su herencia materna. Él es el héroe más grandioso de la mitología helena. Un ser sin debilidades ni errores, sin atropellos, sin falsedades, sin omisiones, sin vanagloria, sin deseos equivocados, sin necesidades especiales, sin complejos; sólo el héroe sin condiciones, el héroe que lucha desde los dos aspectos de su propia existencia: su mitad divina -hijo de Zeus- y su mitad humana, agnegada y eficiente -la de la bella y mortal Dánae-. De regreso de su lucha por conseguir la cabeza de la Medusa -arma terrible y poderosa-, Perseo ve a Andrómeda atada y gritando frente a las olas poderosas del mar. Entonces decide rescatarla, y esta curiosa circunstancia llevaría a los dos a unirse luego para siempre. De hecho, la historia excelsa de ambos es eternizada en dos grupos de estrellas refulgentes en el cielo, dos luminarias estelares que en los cielos nocturnos recordarán la belleza elogiosa de sus vidas: las constelaciones de Perseo y Andrómeda.

Sin embargo hay otra historia de rescate, la medieval de los caballeros errantes o andantes, unos personajes inspirados que tratarían de luchar contra los feroces seres que atormentaban, violaban o vejaban a las bellas doncellas de sus reinos. Pero aquí no es como en el mundo clásico de antes; aquí la belleza enajenada, representada ahora por la joven dama atropellada, es la búsqueda en sí misma. Esa misma búsqueda que, desde antes incluso de ser ella ultrajada, el caballero medieval -un héroe no accidental al contrario que Perseo- llevará en su propio sino vital desde siempre, y que incluye en su propio deseo y destino personal por alcanzar un objeto tan sublime. Y el Arte nos ayuda ahora a comprender esta dicotomía estética y ética entre las dos figuras legendarias del héroe rescatador: el medieval y el clásico. El gran pintor barroco Rubens comenzaría su obra Perseo liberando a Andrómeda pocos meses antes de morir. De hecho la obra hubo de ser finalizada, al dejarla inacabada el creador flamenco, dos años después por otro genial pintor flamenco seguidor suyo: Jacob Jordaens (1593-1678).

En la obra barroca de Rubens vemos a Perseo vestido con los ropajes guerreros propios de la época del pintor -habitual en la pintura Barroca-, es decir, con una armadura elaborada con refinados engarces articulados o exquisitos acabados de metal bruñido y sofisticado, elementos de protección sólo para destacados soldados aguerridos. Se ven aquí prendas de los tejidos de moda del momento: como la capa, la camisa o el faldón bajo renacentistas, vestimentas que humanizarán y modernizarán más al guerrero y al héroe. Y vemos a Andrómeda desnuda -propio de la representación iconográfica de la mujer rescatada-, muy voluptuosa, entregada y decidida por completo a su salvador. Que sonríe al ser liberada y demuestra así, con su gesto afirmativo, el sentimiento inevitable de su amor ante la presencia inesperada del héroe. Ambos se miran y se acercan -la pierna derecha de él roza segura la izquierda de ella-, y hasta el pequeño dios Cupido -el dios mítico de la unión irrefrenable- aparece en la imagen como enlace seguro ante dos seres encontrados ahora, curiosamente, sin un motivo anterior que los uniera...

En la otra imagen de rescate, la del pintor prerrafaelita -tendencia que admira y elogia la edad media- John Everett Millais (1829-1896), se glosa ahora el rescate medieval del caballero andante, del guerrero cortesano o noble personaje que, a cambio del héroe de la antigüedad clásica, sí que buscará ahora aquí rescatar a su heroína... Porque aquí los papeles se cambiarán ahora: ella es la heroína de él. Porque él solo es aquí ahora un caballero errante que buscaría, desearía o anhelaría a ella desde mucho antes de encontrarla. La figura del caballero andante es originada en la Edad Media (siglos XI y XII). Y lo fue entonces por las combinaciones de tres características de la sociedad medieval, cosas mediatizadas por una cristiandad fortalecida que llevaría a dar a la época un sentido más espiritual y trascendente. Por un lado es el soldado que debe luchar para salvar a la cristiandad del infiel, en este caso el musulmán impenitente y avasallador. Por otro lado es el cortejo y respeto por la dama, por la mujer como símbolo de lo más sublime, un objeto sagrado que determinaría incluso su propio sentido existencial. Por tanto un sentido de amor trascendente, de sentimiento espiritual que el ser sublima para alzarse ahora ante lo meramente material o terrenal de la vida. Algo que llevaría al caballero medieval a justificar su fuerza ante la lucha y ocasionaría, además de esa espiritualidad, la oportunidad de favorecer un amor más sensual o terrenal en este mundo. El caballero errante es garante además de los oprimidos -la doncella, los huérfanos, las viudas- frente a la malicia pecaminosa de otros caballeros o seres desalmados, no como él.

La obra de Millais es interesante porque retrata un mundo medieval pero, a la vez, lleva también a expresar de modo subliminal una interpretación de la sociedad tan reprimida del pintor. Detalles como el sentimiento amoroso en el momento en que se elabora la pintura, una sociedad decimonónica muy reprimida. Pero además como reflejo de una espiritualidad medieval extraordinaria (el siglo XII sería uno de los siglos más espirituales de la historia). Aquí el caballero viste ahora la armadura completa de un guerrero medieval, solo vemos de él el rostro y sus manos. Y así, protegido y respetuoso, se acercará el caballero a su dama, una mujer vejada y magullada por sanguinarios asaltadores que no aparecen en la obra. La bella mujer desnuda se muestra atada al tronco de un abedul plateado, una gruesa figura material que se interpone aquí -representación de la represión decimonónica- como infranqueable armadura entre una dama deseosa y su anhelante caballero inhibido. Ella no mira ahora aquí, como sí lo hacía antes en la versión clásica, a su rescatador. Todo lo contrario, oculta su mirada como avergonzada de ser hallada así, de ese modo tan humillante. Sin embargo, la espiritualidad de la representación -o el pudor del momento- no dejará esconder el deseo más oculto: el anhelo sexual del caballero andante por su bello objeto rescatable. Algo que él mismo desearía, sin embargo, desde mucho antes de ser el objeto rescatado un sujeto rescatable. Porque a diferencia del héroe mitológico Perseo -que solo miraba las ataduras de Andrómeda-, el caballero errante medieval la mira ahora aquí a ella claramente. Pero la mira a ella el caballero con un cierto temor, con una cierta suspicacia, algo que no puede evitar sentir el caballero ante la confusión que el propio objeto de deseo le produce: la dualidad de un ser -la tímida dama rescatada- que representa aquí tanto al mundo trascendente -la belleza sublime, eterna y perseguida- como al mundo terrenal, sensual y más humano del deseo más erótico y ferviente.

En su fascinante novela El lobo estepario (1927), el escritor alemán Hermann Hesse nos relataría también esa dualidad de amor trascendente y sus deseos terrenales: Mientras nosotros estábamos abismados calladamente en los juegos afanosos de nuestro amor, perteneciendo el uno al otro más íntimamente que nunca, se despedía mi alma de María y de todo lo que ella me había significado. Por ella aprendí a entregarme infantilmente en el último instante al jugueteo de la superficie, a buscar las alegrías más fugaces, a ser niño y bestia en la inocencia del sexo, un estado que en mi vida anterior sólo habría conocido como excepción rara, pues la vida sensual y el sexo habían tenido para mí casi siempre el amargo sabor de la culpa, el gusto dulce, pero timorato, de la fruta prohibida ante la cual debe ponerse en guardia un hombre espiritual. Ahora Armanda y María me habían enseñado este jardín en toda su inocencia; agradecido, había sido yo su huésped; pero pronto se hacía tiempo ya para mí de seguir andando, resultaba demasiado bonito y demasiado confortante este jardín. Seguir aspirando a la corona de la vida, seguir purgando la culpa infinita de la vida, era lo que me estaba reservado. Una vida fácil, un fácil amor, una muerte fácil, no eran cosas para mí.

(Óleo del pintor prerrafaelita inglés John Everett Millais, El caballero errante, 1870, Tate Gallery, Londres; Óleo barroco del pintor Rubens, finalizado por Jacob Jordaens, Perseo liberando a Andrómeda, 1642, Museo del Prado, Madrid.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Espléndida descripción de ambas obras con todo tipo de detalles.

Me ha llamado la atención el oleo que comenzó Rubens y terminó su seguidor Jacob Jordaens. Este detalle me recuerda cierta lectura en la que ando enfrascada y dejando volar la imaginación, reflexiono sobre la cantidad de obras que quizás se atribuyen a un autor, cuando pudieron ser realizadas por discípulos de sus mismas escuelas.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Hay muchos casos, seguramente. Es difícil en el mundo del Arte afirmar cosas, pero no es raro pensar que hayan habido casos de fraude legal, es decir, de "negros" en el Arte, como lo hay, y lo ha habido, en la literatura. Por eso, como en alguna ocasión he escrito, lo importante es el Arte, la obra, y no exactamente quién está detrás de ella.

Un abrazo.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...