30 de octubre de 2014

La creación es azarosa, y, sin embargo, representa el único sentido predeterminado por el Arte.



Cuando el pintor romántico alemán Caspar David Friedrich (1774-1840) se sintiera una vez inspirado en su estudio de la calle An der Elbe de la ciudad de Dresde, le pediría entonces a su joven esposa Christiane Caroline Bommer (1797-1847) que abriese la pequeña ventana del estudio y se asomase al exterior. ¿Qué arrebatadora cosa le surgiría al pintor entonces para pedirle esto a su esposa? ¿Qué cosa tan especial sintiera el pintor romántico entonces para que, de espaldas ella, la pintase mirando un mero y pequeño paisaje conocido? Dos años antes, en 1820, se habían mudado a ese ribereño lugar, la casa An der Elbe 33, justo cinco meses después de haber sido asesinado, por un ladrón camino a Dresde, un amigo del pintor romántico Friedrich, el también pintor alemán Franz Gerhard von Kügelgen (1772-1820). El río Elba a su paso por la ciudad alemana de Dresde es muy caudaloso, aún más lo debía ser a principios del siglo XIX, lo que permitiría la navegación de barcos y veleros por su cauce. La situación de la casa del pintor en la misma orilla del río hacía de su ventana un encuadre visual y virtual de cambio, de movilidad, de viaje azaroso, de desplazamiento o de huida... La sensación visual de ese encuadre debía ser, por tanto, un motivo para la fuga de las cosas, para la simple y etérea sensación de fugacidad de la vida.

Pero entonces el creador romántico no quiso pintar claramente eso. Porque para haber hecho eso sólo tendría que haber salido él mismo con su propia mirada -no la de su esposa- y componer el cuadro natural y artificial de un paisaje vibrante... Pero no; no deseaba el pintor sino que fuese ahora su mujer quien lo mirase, a riesgo de no pintarla bien a ella -se pinta a alguien bien cuando es identificable-, sólo su espalda y el poco reflejo que de su visión -la de él, no la de ella- tuviese ese limitado encuadre: los álamos del fondo, parte de la rivera azulada del Elba y los extremos de los mástiles de unas embarcaciones. Pero nada más. Esa parte del estudio del artista estaba tan vacía y abandonada como el alma atormentada de un espíritu sin vida. La amplia ventana superior -compuesta por cuatro cristales regulares entrecruzados- serviría de entrada de luz para su estudio. Pero ahora un recurso místico aquí para enlazar un cielo luminoso y trascendente con el foco delimitado de una empequeñecida ventana. Porque lo que ve el pintor -y nosotros ahora- no es lo que ella está viendo. Nosotros vemos una mujer sola asomada a una ventana, cuya imagen es esa pequeña representación limitada del exterior. Si no existiera el ventanal superior aún sería más inquieta y confusa la visión de todo lo que vemos en la obra. Porque es con esa gran ventana superior iluminada con lo que el pintor quiere transmitirnos profundidad, grandeza, sentido y esperanza. Pero seguro que Friedrich no lo habría antes calculado... Tal vez, sólo quiso pintar a su esposa mirando así por la ventana.

Porque la visión de toda la escena representada es la conciencia del observador -la del pintor y la de nosotros-; lo poco que veremos por la pequeña ventana abierta es parte del mundo desolado, cambiante y virtual que nos ignora. La estancia interior es nuestro mundo interior -el del pintor y el nuestro-, con el cual no podemos obtener ahora más que, quizá, unos pequeños frascos marginados y solitarios... La persona retratada de espaldas -la esposa del pintor- es aquí ahora el deseo de querer sentir, de querer poder llegar a ser, de poder entender, de querer ver... La imagen del cielo límpido y celeste que vemos ahora en la alta ventana de cristales -algo que ella no está mirando porque no lo puede ver-, nos ilumina así el sentido inalcanzable -incomprensible, como el mundo- de la visión completa de la misteriosa obra. Algo que solo desde lejos, distanciándonos, podemos apreciar siempre de las cosas. Como el pequeño encuadre limitado del paisaje, como la pequeña estancia gris y desolada del estudio, como los extremos artificiales de los mástiles desnudos, o como la futilidad inmoral de las cosas insensibles.

(Detalle de la ventana superior del cuadro Mujer asomada a la ventana, del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich; Otro detalle de la misma obra, parte central de la ventana; Óleo Mujer asomada a la ventana, del pintor Caspar David Friedrich, 1822, Museos Estatales de Berlín, Berlín, Alemania.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Mi primera impresión al observar el oleo, es el deseo de transferir al espectador, toda esa luz que percibimos en el exterior valiéndose de la pintura.

Con ello no quiero decir que fuera esa la intención de su autor, simplemente se trata de una sensación que percibo al disfrutar de su obra.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

¡Esa es la que vale en el Arte!, la primera impresión... Luego, están otras cosas, lo que quiso decir el creador, lo que realmente es, y lo que no dice...

Un abrazo.

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