24 de noviembre de 2014

El romántico gesto de un pintor agradecido y el reconocimento, tácito y desconocido, de otro.



¿Qué peor pesadilla puede sufrir un pintor que no poder volver a ver jamás? ¿Habrá algo peor en el mundo, para un creador de imágenes artísticas...? Eso fue, sin embargo, lo que le llegó a suceder al pintor romántico sevillano Antonio María Esquivel (1806-1857). A los treinta y tres años sufrió una enfermedad cuya consecuencia fue que sus ojos ya no podrían mirar... Había marchado antes muy joven a Madrid donde formaría parte de la prestigiosa Academia de San Fernando. Fue además uno de los promotores por aquellos años -1837- del efímero Liceo Artístico y Literario de Madrid (1831-1851), una sociedad intelectual que solo duraría veinte años y donde los poetas y pintores soñaron por entonces con poder compartir, con una misma  inspiración, toda aquella creación tan emotiva y romántica del mundo... Pero, al sentir de pronto el pintor que su único sentido de vivir -mirar y ver- podría ir desapareciendo poco a poco, decidió regresar resignado a su ciudad natal, Sevilla, en el año 1839. Deprimido por completo, hasta intentaría suicidarse arrojándose entonces -románticamente- al poético río Guadalquivir.

Pero sus colegas, poetas, literarios y pintores de ese Liceo, comprendieron que el gran pintor romántico, ahora sin sus ojos, no podría ya vivir así, ni crear, ni ser nada... Juntos acordaron todos colaborar para contribuir en el tratamiento que un médico francés ofrecía para sanar la enfermedad ocular del pintor. Enfermedad que hubiese acabado definitivamente con su visión y, en consecuencia, con las maravillosas obras de Arte que Esquivel realizara luego, entre 1840 y su temprana fecha de desaparición. En el año 1846 decide pintar una obra de grandes dimensiones, una con todos los amigos poetas y pintores que, siete años antes, habían de alguna forma participado en la ayuda que motivó la curación de sus ojos. Eran tantos que, ante la imposibilidad de juntarlos a todos, los imaginaría a cada uno de ellos en el estudio que él tuviese en Madrid. Y así los pintaría a todos, muy agradecido y satisfecho, demostrándolo además con su noble gesto autorretratado: el gesto de detener ahora su creación pictórica para escuchar, atento, las románticas y líricas palabras del poeta Zorrilla...

La gran obra de Arte, única en su género de una agrupación profesional de artistas -en este caso poetas y pintores-, recuperaba la costumbre de la pintura barroca holandesa de siglos antes, esa donde los gremios profesionales se hacían retratar con los elementos propios de su trabajo. Aquí el pintor Esquivel logra crear una atmósfera literaria y romántica donde un poeta lee su obra ante los demás. Las palabras no se ven aquí, tan solo las presentiremos..., serán todas aquellas palabras que queramos escuchar en nuestra mente, o de las conocidas estrofas líricas de nuestro recuerdo o del estribillo poético de nuestra memoria. Pero, sin embargo, el pintor debía homenajear también a la Pintura... Esta misma -la Pintura- homenajeará aquí -con el gesto detenido del propio pintor- a todos los demás con el silencio artístico de sus pinceles. Pero veremos, además, otras imágenes ubicadas en las paredes o en los caballetes del estudio del pintor, y donde ahora el creador conseguirá, también, hacernos ver la maravillosa esencia del Arte...

Algunas obras de Arte muestra ahora aquí el pintor en su estudio retratado. Un estudio ahora imaginado..., pero donde los cuadros elegidos y representados aquí incluyen obras reales, tanto suyas -del pintor Esquivel- como ajenas de otros pintores y épocas. Como el cuadro que se ve a la derecha de la obra, El Martirio de San Andrés. Esta obra manierista fue realizada ya por el desconocido pintor español Luis Tristán (1585-1624) en el primer cuarto del siglo XVII. Una obra que, a lo largo del siglo XX, quedaría olvidada y desconocida en el silencio resguardado de un vetusto museo antillano... La curiosidad empieza ahora con la duda de la autoría de la obra, una creación que, en algún momento del siglo XX, se catalogaría como del pintor español Ribera. Pero fue a mediados de ese mismo siglo XX cuando se determinó al autor como Luis Tristán, un pintor manierista toledano que fuera alumno, nada menos, que de El Greco, el único seguidor que tuvo -además de su hijo- el insigne creador manierista cretense. 

Este pintor toledano -Tristán- crearía varias obras de la misma temática, pero solo este lienzo que aparece aquí, en la obra de Esquivel, tendrá las dimensiones que en el propio cuadro romántico se vislumbrará: 279 cm x 173 cm. Un inmenso lienzo donde se muestra ya aquí su grandiosidad por el gran tamaño que Esquivel le imprimirá en su obra. Y, ¿por qué este cuadro dejaría de ser conocido a partir de finales del siglo XIX de los trabajos que hiciera Luis Tristán? La historia cuenta que la obra manierista pertenecía a uno de los amigos del pintor romántico sevillano. Es uno de esos poetas que le ayudarían en su enfermedad ocular, y que el pintor retrata agradecido aquí en su gran obra -a la derecha de Zorrilla-, don José Güell y Renté. Este poeta, periodista y político español, había nacido en La Habana en el año 1818, de padres catalanes que residían allí. Fue Güell muy activo en política gracias a su matrimonio -morganático- con la hermana del rey consorte de España por entonces, Francisco de Asís de Borbón

En el año 1852 donan José Güell y su esposa Luisa Carlota el cuadro al Colegio de Belén de La Habana, escuela que por entonces pertenecía a la Compañía de Jesús y donde la obra permanecería ajena al mundo y a sus vanidades... Luego, con la revolución cubana del año 1959, el cuadro de Tristán fue enviado al Museo de Bellas Artes de La Habana donde se encuentra en la actualidad. Pero, posiblemente, nunca una obra de Arte haya contribuido más a dar a conocer, mundialmente, un lienzo tanto como lo hiciera el romántico cuadro de Esquivel... del manierista cuadro de Tristán. Y, siguiendo ahora con el mismo motivo, nunca un agradecimiento a una generosa actitud, tan humana, haya tenido a su vez tanta razón de elogiar, también, otra cosa..., no ya la de homenajear el maridaje de la poesía y la pintura sino el de eternizar una obra dentro de otra para reivindicar así tanto su existencia como la de su autor. Luis Tristán aprendería de El Greco esa forma peculiar de componer las figuras humanas, tan propias del gran maestro manierista. Pero, luego, derivaría el pintor alumno hacia el Barroco, ese otro estilo tan diferente, esa otra forma de crear tan distinta, una que superaría el manierismo para siempre. En su obra La última cena, del año 1620, se observan incluso los dos estilos, sin embargo, ahora casi juntos... en una misma obra de Arte. Por un lado el gesto greconiano -manierista- tan propio de las figuras humanas de El Greco, pero, por el otro, el acabado naturalista tan conseguido -propio del Barroco- de los restantes elementos de la escena: la mesa, el perro, las vituallas..., y hasta el blanco mantel desplegado aquí con las perfectas arrugas, ahora, eso sí, tan barrocas, de su artístico desdoblamiento...

(Óleo romántico del pintor Antonio María Esquivel, Los poetas contemporáneos, una lectura de Zorrilla, 1846, Museo del Prado; Autorretrato, Antonio María Esquivel, 1856, Museo del Prado; Óleo Nacimiento de Venus -Venus anadiómena-, 1842, Antonio María Esquivel, Museo del Prado; Fragmento de la misma obra Nacimiento de Venus, Antonio María Esquivel, Museo del Prado; Detalle de la obra Los poetas contemporáneos, imagen representando la obra El Martirio de San Andrés de Tristán, 1846; Imagen del lienzo original El Martirio de San Andrés, ca.1624, del pintor manierista español Luis Tristán, Museo de Bellas Artes de la Habana; Cuadro La última cena, 1620, Luis Tristán, Museo del Prado; Obra María Magdalena, 1616, del pintor Luis Tristán, Museo del Prado; Retrato de anciano, 1624, de Luis Tristán, Museo del Prado, Madrid.)

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