14 de noviembre de 2014

Un siglo después la imagen sigue vigente y sin reparos: el Arte emocionará menos tiempo que la vida.





La pintura fue la forma que el hombre tuvo de mostrar gráficamente la vida, el mundo y sus crudas realidades. A veces con metáforas o mitos, otras con el reflejo de lo más descarnado y sincero. Pero siempre todas con belleza sugestiva, con un tipo de belleza que nos debe llegar, incluso, aunque si lo que ahora muestra no agradase tanto a nuestra alma o conciencia interior... ¿Qué explicación se ha dado a lo largo de la historia para tratar de calmar la indignación o la flaqueza? Porque no hay nada más frágil que la indignación, ya que ¿cuánto durará? ¿Cuánto tiempo mantendremos esa emoción que, se supone, se enfrentará a las cosas insensibles de la vida? Tan poco como la sensación que ocupa el tiempo de mirar a dejar de hacerlo pronto. 

En el origen del hombre el mito comenzaría tratando de explicar el mundo y sus destrozos humanos. La maldad, la ferocidad de la maldad, la ingratitud de la maldad, la desfachatez de la maldad, empezarían cuando dejase de asombrarse alguien ante la desgracia ajena, cuando las cosas más humanas se añadieron a otras cosas más normales de la vida. La conciencia, eso que nos distingue de los seres animados y no humanos, es lo único que poseemos para ser verdaderamente humanos. Nada más. Tanto para sentir como para comprender; tanto para permanecer como para abandonar; tanto para omitir como para determinar una acción. Y es justo ahora mismo, en este mismo momento, cuando la debemos tener, ni antes ni después de la vida. La conciencia no nos sobrevive; nos puede sobrevivir, si acaso, alguna sustancia ignota y liviana, algo sin recuerdo ni memoria, sin sentido temporal ni identitario, pero no lo vivido, ni lo sufrido, ni lo alcanzado a sentir. 

Porque es ahora cuando la conciencia nos late, cuando la notamos palpitar, cuando comprendamos cómo la mirada de los otros no es más que un reflejo de la nuestra. Porque es ahora cuando las cosas hay que girarlas de alguna forma para verlas mejor. Después de que los mitos calmaran vagamente la conciencia de aquellos primeros hombres maldecidos por sus vidas tenebrosas, el mundo se volcaría en buscar fuera del mundo un Ser imponente, un dios que justificara las cosas más terribles y sus descalabros azarosos. Así nació la religión y la cultura que luego la sostuviera. Pero el tiempo evolucionaría para entender ahora que los designios trascendentes no son tales. Que no son nada inevitable para que las cosas más duras y desoladas de la vida no tengan una respuesta útil. Y así la ciencia pronto calmaría otra conciencia diferente.

Y los creadores de Arte fueron los testigos tangibles de esos procesos culturales. Por eso se pintó el mito, la religión y la ciencia. Porque eran tres cosas que los seres más comprenderían. Porque eran los detalles de esas cosas los que todos habían oído más que visto. Pero, nada de lo que se ve cotidianamente se mantiene unido a la belleza. Y la belleza era una garantía de permanencia, de sublime permanencia, de grandeza, de analgésico espiritual que llega a todos para entender mejor el mundo y sus desdichas. Hasta que llegaron otros y mostraron la realidad sórdida de siempre, la que no habría que alejarse mucho para verla, la que no era solo oída desde lejos sino vista cada día en cada instante. Pero era una realidad diferente. Los seres habían nacido, sufrido y desaparecido por algo concreto, tajante, ineludible, inevitable. Las guerras siempre habían existido y, con ellas, las enfermedades inmediatas y la muerte.

Pero llegó luego un tiempo diferente. Entonces las cosas comenzaron a cambiar como cambian los colores de una tierra antigua y lastimosa, lenta, inapreciablemente. Ya no era solo que la gente pereciera como siempre, no, ahora era que el tiempo se habría aliado con la muerte. No era una muerte definitiva y definida, era otra cosa, era una forma ahora de recibir cada día algo menos, era ver amanecer como siempre pero sin poder mirar el sol y deslumbrarse, sin poder tampoco volver a mirarlo aunque el tiempo no durase para ello más que un solo instante. Porque ahora, sin embargo, todo duraba más. Ahora las cosas lacerantes no mataban, seguían como si lo hicieran pero sin hacerlo. Y además estaban los seres en el mismo sitio de antes, con el mismo mito, la misma religión y la misma lógica aplastante. 

Y así un nuevo modo de ver las cosas surgió hace cien años. Los pintores tuvieron que esforzarse por tratar de seguir emocionando como antes, inútilmente. Por esto no pudo ya sino inventarse otras formas y otras realidades para el Arte. Hasta hubo que volcar el concepto realista de la vida en una imagen para hacer con ella otra cosa, justo lo contrario: el surrealismo y sus alardes. Porque, sin embargo, las imágenes más realistas dejaron de estar fijadas en un lienzo para repetirse ahora una tras de otra, aunque con sutilezas, variaciones, sensaciones y detalles. Y el cinematógrafo llegaría para suplantar la emoción desolada de antes. Esa emoción sublimada por el mito, la religión o la ciencia desbordante. Las nuevas imágenes dinámicas eran ahora la vida, la emoción descubierta de la vida, y todo en un trozo de tiempo recreado aún mucho mayor que antes. Y así empezaron a sentirse y a crearse. Pero nada más. Las cosas importantes de la vida de los seres no cambiaron ni han cambiado mucho desde entonces. Cien años después casi, la emoción -la más desgarrada, la más indignante-, esa que subyacía a veces en el Arte, seguirá ahora durando aún menos tiempo que la vida del que la siga sufriendo... como antes.

(Óleo realista del pintor británico Thomas Benjamin Kennington, Sin hogar, 1890, Museo Art Gallery de Bendigo, Australia; Vídeo de la película muda Ménilmontant, 1926, Francia; Óleo de Thomas B. Kennington, Pandora, 1908, Colección Privada; Cuadro del mismo pintor Kennington, Pan diario, 1883, Walker Art Gallery, Liverpool, Inglaterra.)

3 comentarios:

lur jo dijo...

Por mucho que evolucione la vida y las nuevas tecnologías, personalmente y referente a la emoción en el arte, me quedo con las palabras que en su día manifestó Leonardo da Vinci -La pintura es poesía muda; la poesía, pintura ciega.-

Un abrazo.



Arteparnasomanía dijo...

Imagínate entonces las dos juntas... Eso es lo que aquí hago a veces.

Abrazos!

lur jo dijo...

Lo sé, además creo que fue una de las razones que me enganchó a tu blog, eso y poder aprender de una manera más amena.

Saludos!

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