19 de enero de 2015

Los diferentes semblantes de una misma vida, o las distintas vidas de una misma individualidad.



¿Cuántos somos realmente? ¿Cuántos identidades diferentes pueden asumir los seres en una única individualidad a lo largo de una misma existencia? No es una cuestión esquizofrénica, ni patológica ni desbordante, es tan solo la multiplicidad de facetas que los seres humanos pueden llegar a tener en una misma y única existencia. No son tampoco las diferentes expresiones que el paso del tiempo transformará en las distintas imágenes de un mismo individuo con los años. No, es algo más etéreo, no es sino aquello que pueda darse en el mismo momento temporal en que seamos susceptibles de percibir todas las posibles facetas que podamos disponer virtualmente. Algunos artistas de la historia del Arte compusieron sus edades del hombre, distintas imágenes para señalar el cambio físico que el reflejo de la vida traducirá con el paso del tiempo en los seres humanos. Pero aquí, en esta obra de Arte inicial de la entrada, no; aquí lo que consigue verdaderamente este creador es  genial: es representar en diversas imágenes al mismo ser en el mismo momento espacio-temporal y como si éstas fueran entidades diferentes. Y, ¿cómo hacer algo tan imposible? Con la genialidad que solo el Arte permitirá. Con el matiz que las diversas composiciones figurativas presupongan de un mismo ser representado en un único lienzo. El gran creador impresionista que fuera el norteamericano John Singer Sargent (1856-1925) lo expresaría en su obra Cachemira de un modo sencillo y genial.

Entonces idearía el creador pintar a su sobrina Reine Violeta Ormond (1897-1971) vestida con un chal de Cachemira. Es el mismo chal..., pero ahora su figura aparecerá con diferentes plegamientos, ademanes, cubrimientos, gestos, posiciones o miradas. Parece al pronto un grupo homogéneo que avanzará en una procesión de figuras clásicas, misteriosas o ensimismadas. Siete seres diferentes que representarán a siete sensaciones diferentes, aunque la modelo sea aquí una única y la misma persona. El pintor John Singer había nacido en Florencia de padres norteamericanos. Tuvo una hermana menor, Violeta (1870-1955), que acabaría teniendo seis hijos con el británico Francis Ormond. A casi todos ellos los pintaría el creador impresionista. Pero, a Reine la transformaría una vez en una virgen vestal en esta obra sorprendente y sugestiva del año 1908. La creación tiene sus mentiras -como todo Arte-, porque Reine tendría solo once años cuando sirviera de modelo en esta obra. Pero aquí el pintor conseguirá confundirnos, al crear además un plano sin fondo de contraste y sin otra figura más que la misma joven repetida...

Siete posiciones diferentes, siete gestos distintos y siete dinámicas donde, gracias al motivo representado -titulado como la obra-: el maravilloso chal de Cachemira, puede la obra mostrar la sutileza más genial y estética del sentido oculto de la misma. Es la misma personalidad retratada, pero ésta sólo se verá bien, para identificarla claramente, en dos ocasiones posibles, y aun así parecerá distinta ella... El resto podría ser otra joven, otra de las cinco posibles vírgenes vestales restantes que caminarán ahora hacia adelante en una senda imaginada e imposible. Una senda imposible porque son y no son ella la misma identidad... La modelo es posible que lo sea, pero la representada en sí misma es otra cosa diferente. No puede ser la misma senda, y en tan corto espacio retratado, como para ser ahora ella la misma persona... No es real el sentido de ese momento plasmado en el lienzo. El pintor, un creador asignado a la tendencia realista, consigue hacer ahora aquí, a cambio, una metáfora del sentido de la obra de Arte con el sentido de una obra... Es decir, que llegará a rozar aquí el pintor norteamericano el Simbolismo, sin serlo él y sin, probablemente, proponérselo incluso. Pero es que es así como dejaremos y no dejaremos de ser el mismo individuo. Porque la variedad de seres que somos no es real, ni irreal, ni algo demostrable ni auténtico. Es solo un rasgo estético más de nuestra misteriosa vida contingente. Es solo una forma más de lo que somos, tan cambiante como el propio color del sol un mismo día. Seguirá siendo el mismo sol, seguirá siendo la misma luz pero, a veces, en él, en su reflejo poderoso o sutil en distintos momentos del día, también la veremos distinta...

(Todas obras del pintor John Singer Sargent: Cachemira, 1908, Los sobrinos del artista, Conrad y Reine Ormond, 1906; Calle de Venecia, 1882; La Carmencita, 1890.)

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