17 de febrero de 2015

Crear por crear, improvisadamente, sin mensaje, sin sentido, sin finalidad...



El gran paso cultural del Renacimiento supuso culminar un periodo oscuro y medieval por el advenimiento de un sentido más primordial y radiante del hombre. Aunque el Renacimiento no fue, sin embargo, el único paso importante ni en el pensamiento ni en la estética en la historia de la humanidad. Porque sólo un siglo después, cuando el Barroco comenzara su camino en el Arte, una de las motivaciones que propiciara esta tendencia fue un cierto sentido de orfandad, de pérdida de algo, de desorientación ante la vida o ante lo sagrado o ante la Naturaleza -cuya ciencia se iniciaba entonces tímida pero decidida-, también ante todas las cosas que antes habían asentado sus prejuicios en el mundo. Los creadores de esos duros años post-renacentistas (1580-1620), de esos ofuscados años -como siempre sucede en los cambios finiseculares-, tuvieron que asumir por entonces la decisiva encrucijada, esa difícil posición entre continuar con lo de antes o romper totalmente con lo anterior. El Renacimiento había florecido antes con la gloria enturbiadora que consigue lo grandioso en los espíritus inquietos. El Manierismo acabaría sumido en su propio éxito llegando a lo máximo que un Arte pudiera llegar, y así acabaría luego, desubicado, detestado y agotado por completo.

Así que ahora habría que cambiar las cosas, habría que seguir creando, pero, ¿con qué? Los pintores italianos de Bolonia, ciudad tan dada por entonces a lo nuevo, a la experimentación o al impulso, crearon su propia escuela artística de la mano del pintor Annibale Carracci. Los flamencos -más apropiadamente la pintura flamenca- eran los otros grandes revolucionarios del Arte por entonces. De la unión de ambos -flamencos e italianos- surgió algo que llevaría al Arte a un nuevo acontecer, a un seguir dando respuesta a los grandes problemas del hombre pero ahora con otro estilo y otra forma de expresarlo. Uno de los más curiosos creadores europeos de comienzos del Barroco lo fue el alemán Adam Elsheimer (1578-1610). Aunque nacido en Francfort se apasiona del realismo flamenco, ese nuevo estilo que trataría de expresar las cosas de otra forma a como antes se hiciera. Pero muy pronto, con veinte años apenas, viaja el pintor a Italia para siempre y allí descubre la luz y sus efectos... Muere el pintor alemán doce años después en Roma, habiendo sido uno de los más originales y atrevidos creadores del Barroco. Rubens lo admira tanto que llega a adquirir obras suyas para disfrutarlas en su casa. De Elsheimer escribe Rubens a su muerte: uno podría esperar de él cosas que nadie hubiese visto antes ni verá jamás.  De ese modo Rubens compra pronto su obra Ceres en casa de Hécuba, un pequeño óleo misterioso y fascinante realizado sobre una lámina de cobre. Luego, durante el año 1645, la obra barroca pasaría a la Colección real española.

Hemos de ir a la Mitología para descubrir de lo que trata el cuadro. Ceres -Deméter en Grecia- era la diosa de la Tierra, de la cosecha, de la vida y la Naturaleza. La leyenda griega cuenta que cuando su hija Proserpina -Perséfone en Grecia- fuera raptada por el dios del inframundo Hades, Ceres se decide a buscarla allá donde fuese. Luego los poetas latinos -Ovidio- inventaron sus relatos líricos para expresar otras cosas de esa leyenda de rapto, otros sentidos diferentes a un vulgar posible robo lujurioso. En su deambular por el mundo, Ceres llega sedienta y de noche a un hogar perdido en el bosque. Entonces una vieja le ofrece ahora agua junto a un niño pequeño. El relato latino cuenta cómo la diosa bebe ansiosa de la vasija necesitada ahora de agua por tanto caminar perdida. Toda una diosa poderosa como ella, ¿necesitada? Y es así como ahora el pequeño niño no puede ya contener su risa, una risa tan ofensiva para los dioses. Una risa producida por ver lo más sagrado y lo más poderoso bebiendo de ese modo tan ridículamente divertido. Así que poco después Ceres, ofendida, transformaría al niño en una lagartija para siempre.

Pero lo verdaderamente genial de la obra de Elsheimer fue cómo él la pudo hacer entonces. Estamos en el año 1605 y la Reforma y la Contrarreforma habían trastocado el mundo espiritual por completo. Mucho más de lo que el Renacimiento hiciera antes con su neoplatonismo. Porque ahora los dioses fueron degradados a lo más humano de su representación terrenal, ya no eran tan dioses, unos seres sagrados tan alejados sino que ahora, incluso, su versión divina era mucho más compasiva con los hombres. En el relato legendario una gran diosa se ve obligada a caminar de noche perdida y sedienta, sin ninguna fortaleza siquiera para poder ahora incluso bajar a los infiernos... Da risa verla, en el sentido infantil del término. Y eso es lo que sucede con la figura del niño que, ahora, no puede evitar su gesto sarcástico al verla beber así, con tanta ansia. La leyenda original de Deméter y Perséfone es una de las más misteriosas de toda la mítica grecolatina, es muy oscura. Y por esto el pintor quiso reflejar toda esa atmósfera tenebrosa ahí. La oscuridad ahora más representada, pero también representada ahí la luz... Porque la luz es distribuida en la obra desde varios focos distintos. Cuatro focos, tres artificiales y uno estelar... Los cuatro focos están aquí situados alrededor de la diosa. Uno es la antorcha encendida de Ceres, que es dejada ahora sobre una rueda a sus pies; otro es la vela de la vieja Hécuba, que no consigue iluminar del todo el rostro de la diosa; otro más la hoguera al fondo del establo, y, por fin, la luz enturbiada y alejada de una luna llena.

Había que crear algo místico y sublime y el pintor tuvo que decidir qué pintar para ello. Ya se había pintado antes sobre grandes héroes, mitológicos o no, sobre grandes dioses encumbrados en sus poderes, sobre leyendas emotivas que vibrarían al color de los halagos humanos, sobre rasgos elogiosos que habían sido antes todo el espectacular mundo reflejado en el Arte. Pero ahora, en ese momento decisivo de cambio de siglo y de qué pintar, ¿cómo y qué crear ahora para seguir creando...?  Y se decide el pintor alemán por esa oscura leyenda escatológica. ¿Qué significa ese niño en la obra y en el relato? ¿Qué hace ahí la anciana Hécuba?, personaje mitológico confundido ahora entre otro legendario -la mujer del rey Príamo de Troya- pero que aquí es una vieja misteriosa que con su mano trata de aplacar al niño impertinente. ¿Qué quiso transmitirnos el creador con este óleo tan curioso? Los símbolos iconográficos misteriosos o la interpretación de algunas obras de Arte es solo un apasionado ejercicio de inutilidad. Los sentimientos poéticos, por ejemplo, son originados tan solo por el hecho propio de serlos, sin nada más, sin ninguna oscura o indescifrable finalidad atropellada. Y los pintores expresan esos sentimientos con sus trazos, su composición, sus colores o sus sombras. Esto fue lo que hizo el creador alemán por entonces, tan solo elegir un relato misterioso para expresar un sentimiento emotivo y humano de modo diferente a como se había hecho antes... Como lo fuera también el hecho, igual de humano, de querer siempre cambiar de expresar las cosas entre un cambio de época a otra...

(Óleo sobre lámina de cobre, Ceres en casa de Hécuba, ca.1605, del pintor barroco Adam Elsheimer, Museo del Prado, Madrid.)

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