4 de marzo de 2015

Cuando la memoria del recuerdo puede retener más vida y sentido que la propia realidad...



En esa nebulosa gruta de los recuerdos deslavazados, en esa misteriosa recreación de los momentos pasados, de los sentimientos vividos o de las emociones registradas tras una visión alcanzada ya de antes, puede haber ahora, de hecho lo habrá, mucha más fidelidad a lo que es la realidad que la realidad misma. Entonces los colores, las distancias, los reflejos, las sombras o la luz difuminada, que habría hecho sentir la imagen en la memoria de los seres, todo eso se vuelve ahora así magnificado, poderoso e intangible. Todos esos recuerdos vuelven decididos, redivivos, para justificar la impresión más auténtica, la más auténtica de todas las que pudieran visionarse. Cuando el extraordinario pintor francés Corot recorriese parte de Italia, y luego de casi toda Francia, buscando los lugares más hermosos para fijarlo en sus lienzos, lo habría hecho siempre al lado, y en el mismo instante, del paisaje visitado. Así compuso esos espacios maravillosos que, según él, guardaban la armonía precisa que necesitaba una imagen artística. Buscando por las orillas del Sena consiguió plasmar matizadamente la fragancia de las luces mortecinas del atardecer, ahora reflejada entre sus aguas.

Con su estilo tan personal, nunca exactamente adscrito a una sola tendencia artística, deslumbraría Corot pronto a los ojos de sus seguidores con la tenue inspiración de un triunfante Impresionismo. Pero, tan solo lo insinuaría. Porque para Corot (1796-1875) la sensación de la mirada debe siempre primar sobre cualquier otra cosa, incluso sobre el instante impresionista. No es ahora la impresión lo importante sino la sensación. Y esto fue lo que le diferenció de aquellos que luego lo admirasen. Y en este deseo de sentir lo que viese, de comprender con su emoción ayudado por sus ojos, Corot frecuentaría mucho la región francesa de Picardía durante la década de 1850. Y en un paraje próximo a Mortefontaine, a orillas del río Sena, pasaría el pintor horas mirando y sintiendo los contrastes favorecedores del verde mortecino de sus árboles sobre las aguas del río. Y ya está. Sólo eso sentiría. Dejaría pasar una y otra vez de fijar en sus lienzos las emocionantes sensaciones que aquellos reflejos de Mortefontaine le produjeran entonces.

Pasaron los años, y no volvería el viejo Corot a retornar por allí. Y no solo por los serenos paisajes vibrantes de Picardía sino por Mortefontaine, aquel otro idílico lugar escondido entre dos riberas del Sena y que una vez su mirada, asombrada y querida, dejara más sentir que pintar con una mejor ahora bendecida emoción que con un impenitente artificio... Porque fue luego, sobre 1864, y en París, en su estudio de pintor, cuando el creador recordara aquellos sentidos colores y los bordeados perfiles de un paisaje, ahora fijado del todo en su memoria. Habían pasado más de diez años desde la última vez. Sin embargo no fue ahora la mirada sino el sentimiento, no fue ahora la luz sino su emoción, quienes dejaran plasmada la visión de aquel maravilloso escenario visitado años antes. Y los pintores impresionistas quedarían entonces fascinados. ¿Cómo no comprender él aún que todo eso, toda esa inspiración extemporánea, según ellos, era ahora la impresión y no otra cosa?, eso mismo que perseguirían ellos -los impresionistas- y con lo que acabarían creando una poderosa tendencia...

Pero, no; no fue para Corot una impresión, ni un deseo de tendencia, ni una fuerza inspiradora para reflejar obligada en un lienzo alguna cosa. No, fue la poderosa sensación de su recuerdo, fue la plasmación más fiel que de una escena recordada pudiera la memoria ahora componerla. Algo superior incluso a la recreada ante los mismos ojos en un mismo momento y en un mismo escenario. Porque lo que Corot hizo en su estudio fue, verdaderamente, realizar Arte con sus manos. No sólo con ellas, no, ellas solo le ayudaron. Fueron sus recuerdos más sentidos, esos que seleccionan cosas, que obvian otras, que matizan lo que deben, que describen, con las formas de la memoria, lo más importante, lo más necesario, incluso lo que no pasó entonces. Lo que sólo quedaría en su interior más profundo con la mejor de las sensaciones percibidas. Esas mismas que pudiera fijar alguna vez antes, por entonces, con la imagen más conseguida, con la más mirada... o con la más auténtica. 

(Óleo del pintor francés Jean-Baptiste Camille Corot, Recuerdo de Mortefontaine, 1864, Museo del Louvre, París.)

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