29 de marzo de 2015

De las grandes cosas, solo existen el Bien y la Belleza, aunque también el Mal y la Disarmonía.



Ni la Verdad ni la Justicia existen en el Universo. Son creaciones humanas. Fueron creadas, en un caso, para manejar las voluntades ajenas, en el otro, para tratar de calmar las diferencias... Sin embargo, sí existe el Bien. ¿Qué es el Bien? Es la función correcta, la apropiada, para conseguir un fin necesario. En la Naturaleza se da en sus criaturas. Ahora, el Bien no significa eternidad, ni duración, ni globalidad, ni universalidad, ni caridad... Es, sencillamente, el que las cosas funcionen como han sido diseñadas. Cuando un río se desborda e inunda su campiña no es ningún mal; cuando una tormenta, incluso un huracán, arremete contra una costa, no deja de existir el Bien en la Naturaleza, no es esto ningún Mal. Pero, sin embargo, existirá también el Mal. ¿Qué es, entonces, el Mal? Pues, cuando las cosas no funcionan como deben, como han sido diseñadas... 

Pero, entonces, en la Naturaleza, ¿esto cómo se dará? Es evidente que difícilmente se dará, salvo que una función natural deje de hacerlo como hasta ahora... Porque, claro, es complicado definir la Naturaleza con un sentido temporal muy grande, muy amplio, ¿cómo estaba la Tierra en sus comienzos telúricos...? Debemos hacerlo en un contexto contemporáneo, más limitado a nuestro ecosistema conocido y acogedor. En este momento conocemos su funcionamiento, pero, ¿y si dentro de cien años el manto del núcleo central de la Tierra produce una transformación tal que cambiase, de pronto, su sentido? ¿Y si desde el lejano Universo chocase un asteroide asesino? Es decir, vemos como el Mal es algo inespecífico, pero existente, porque existe el Bien y todo lo existente posee su contrario.

¿Dónde estará más el Mal? ¿Cómo cambia una función definida? No me refiero a la aleatoriedad de la Naturaleza, ya que los cambios en ésta forman parte de sus diferentes funciones normales. Me refiero a los procesos por los cuales algo que debe funcionar para un determinado fin, la vida, no funcione ya como es debido. En un caso, tenemos la maldad humana. ¿Y por qué humana solo? ¿No forman también parte de la Naturaleza los seres humanos que, pensando nada más que en ellos, provocan a veces que la vida de los otros no funcione...? Los animales salvajes lo hacen en su dominio natural. Así el ecosistema se mantiene. Pero, entonces, ¿cual es la diferencia humana? La Belleza. Esta es la otra cosa grandiosa que existe. Ya existe en la Naturaleza, en el Universo, pero, sobre todo, existe desarrollado, ampliado, evolucionado, inspirado, sofisticado o necesitado por el Hombre.

Lo contrario es la fealdad de la Disarmonía, la Maldad. Y esta la tenemos en todo aquello que no generará ese Bien a que llevará el fin expresado antes. Por tanto, estas serán las dos únicas grandes cosas que existen en nuestro mundo, el Bien y la Belleza. Ambas determinarán, realmente, la vida. La filósofa Simone Weil (1909-1943) ya lo dejó dicho: La Belleza es la armonía entre el azar y el Bien. ¿Qué es más bello, el paisaje sosegado e inspirador de una playa en su atardecer prodigioso, o esa misma playa durante el atronador y feroz momento de un terrible tsunami devastador, aunque éste sea una función de la Tierra? Por esto hay que buscar siempre la Belleza. Es lo único que nos puede salvar... de momento. A cambio, comprender ya que las cosas siempre funcionan como deben, aunque no para nosotros, nos ayudará a reconciliarnos con nuestro propio destino y con el mundo.

A finales del año 1819 el pintor español Goya sufrirá, por segunda ocasión en su vida, una terrible enfermedad. Totalmente desesperado, Goya no se sentirá ahora ya capaz de superarla. Pero su médico, su amigo también, el doctor Arrieta, se esforzará por mejorarla como fuese, a pesar de los pocos confiados deseos -comprensibles- del pintor por compartirlo. Finalmente, su amigo y médico Arrieta acabaría, con sus desvelos tan humanos, por terminar de curar a Goya. El creador español se lo agradecerá en un lienzo que compone al año siguiente. En él se verán ya todas las grandes cosas comentadas antes, el Bien, la Belleza, la Maldad y la Disarmonía. El pintor no se recatará en pintarlas. La Disarmonía la reflejará en su propio rostro, totalmente compungido, afeado incluso con los rasgos más inhóspitos ahora para albergar un espíritu...; la Maldad es aquí la terrible enfermedad que su disfunción orgánica le llevará a sufrir y que lo tiene postrado. Por otro lado, el Bien es descrito aquí con la medicina que administra el médico difícilmente a su paciente, y que corregirá la función alterada. La Belleza es la imagen contrapuesta del rostro benéfico, decidido pero generoso, del bondadoso médico. El gran pintor le dejaría escrito en la base de su lienzo una dedicatoria: ... por el acierto y esmero con los que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad, padecida a fines del año 1819, a los setenta y tres años de edad.


(Óleo de Francisco de Goya, Goya curado por el doctor Arrieta, 1820, Instituto de Arte de Minneapolis, Minnesota, EEUU.)

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