5 de mayo de 2015

El más grande artista habido jamás en todos los siglos del mundo: Miguel Ángel.



Cuando al atardecer del dieciocho de febrero del año 1564 falleciera en Roma el genial Miguel Ángel Buonarroti, el Renacimiento habría acabado para siempre. Ahí terminaría algo que jamás volvería a repetirse y que muy pocos pudieron entonces imaginar hasta dónde había llegado -con aquél- ese movimiento cultural extraordinario. Para comprenderlo hay que admirar lo que hizo. Ahí está todo. Pero, ¿se verá todo realmente? Esto, el que se vea o no, fue la grandeza extraordinaria para lo cual se sirvió el creador italiano de su propio Arte. Si lo consiguió con la escultura, una actividad artística compleja para expresar sutilidades, ¿qué no llegaría a conseguir Miguel Ángel con su Arte pictórico? Fue una oportunidad única la que el Papa Julio II le ofreciera a principios del siglo XVI. Este Papa decidió decorar con los frescos más armoniosos y bellos la totalidad de la capilla que sus antecesores le habían legado en el Vaticano. Sólo motivos bíblicos deberían ser la temática de la gran obra de Arte. Pero Miguel Ángel no era solo un pintor, era un creador, un ser a los que no se les puede decir qué deben hacer o crear con sus alardes.

Además, la Capilla Sixtina era un edificio muy alto y alargado, ¡y había que decorarlo todo, por todas partes! Esta fue su salvación y su agonía. Su agonía porque casi pierde su vida, su salud y la fortuna. Su salvación porque llegaría a componer lo que quiso y de la manera que quiso. La Capilla Sixtina decorada por Miguel Ángel, básicamente, es una estructura artística en dos áreas: la pared frontal y la bóveda del techo. En la pared frontal el genio florentino creó El Juicio Final; en la bóveda del techo, temas del Génesis. La vida de los apóstoles y Jesús, que Julio II quería ver representadas en el techo, nunca fueron compuestas en la capilla. Miguel Ángel decidió plasmar solo escenas del Antiguo Testamento como la Creación o la Caída del hombre, y todas con su estilo renacentista innovador. Con esa nueva forma de componer al ser humano grandiosamente, de plasmar al vencedor del mundo como centro del universo y protagonista indiscutible de la vida y la historia. Casi como un dios humano, pero partícipe, sin embargo, de las cosas que le habían maldecido con las leyendas que lo marginaban a la innominiosa defenestración más vil de su especie.

Desde que los artistas prerrenacentistas -como Masaccio- habían dibujado la desnudez del hombre en sus obras quattrocentistas -del siglo XV-, los creadores renacentistas no entendieron la desnudez humana sino como una significativa y esencial forma de componerlo. De representar al ser humano como era con su absoluta y meridiana realidad más auténtica, sin adornos, sin detalles estéticos que delimitaran al hombre a una determinada época o a una concepción concreta o a una idea o prejuicio determinado. Y Miguel Ángel no solo vio en el Génesis una excusa perfecta -los humanos por entonces eran así, desnudos, como sus almas y sus anhelos- sino que además le ayudaría a que la belleza representada fuera neoplatónica, como los principios que llevaron a hacer del Renacimiento una tendencia especial, libre, antropocéntrica, reivindicativa o esperanzadora. Pocos años después de morir Miguel Ángel, cuando entonces los prelados vieran en sus frescos del Juicio Final los desnudos desinhibidos de sus cuerpos retratados, llamaron a un pintor -Daniel da Volterra- para que los cubriese con velos artísticos y sosegadores. 

Sin embargo los frescos de los altos techos, tan poco cercanos a la vista, de la Creación y la Caída del hombre fueron dejados como el artista los había compuesto. Así que entonces esa extraordinaria obra que fue el fresco de La Caída del Hombre, el Pecado Original y la Expulsión del Paraíso es un ejemplo maravilloso para entender el título de la entrada. Porque estos frescos de la Capilla Sixtina son un todo grandioso, un universo estético que narrará toda la imagen ideada por la intuición artística y filosófica del pintor. Gracias a los detalles que las reproducciones actuales permiten ver podremos comprobar mejor las magníficas sensaciones de algunos de sus frescos. Por ejemplo el fresco la Caída del hombre, tema utilizado por otros pintores para plasmar la conocida escena de la tentación de Adán y Eva. Pero ahora Miguel Ángel no se dejará influir por nada, ni por maestros ni por Papas ni por el Génesis ni por prejuicios culturales. Su privilegiada intuición nos sirve aquí para comprender hasta qué punto el Arte ayudó al creador a realizarlo.

El relato sagrado lo contaba así: Y como viese la mujer que el árbol era bueno y una delicia para los ojos tomó de su fruto y comió. Y dió también al hombre que estaba a su lado, y él comió también... Curiosamente el relato es fiel a lo que pintó Miguel Ángel, o al revés, mejor dicho. En ningún caso el Génesis describe ninguna intervención de ninguna serpiente metafórica, salvo para verbalizar en la mente de Eva unas palabras tranquilizadoras, palabras pronunciadas por ella sobre el hecho de desmentir el consejo -que no prohibición- que Dios le había hecho antes: No comáis de él, ni lo toquéis, no sea que muráis. Y Miguel Ángel se permite una libertad iconográfica: transformar la torticera serpiente en parte de una réplica de Eva de otra mujer, su propia conciencia.  Pero, hay algo más. En el fresco de la bóveda sixtina compuso el pintor dos escenas: a la izquierda la caída, la tentación; a la derecha la expulsión del paraíso. Son los mismos seres pero no lo son del todo. En la expulsión están hundidos ambos, avejentados, trastornados, destrozados, separados en su caminar desorientado. Sin embargo, en la izquierda de la imagen están los dos como nunca se habían representado en ninguna imagen artística, ni antes ni después, en toda la historia. Están ellos dos juntos y enfrentados sensualmente, satisfechos e inocentes los dos con una erótica actitud ambos que, ahora que lo vemos -no antes en el Renacimiento cuando desde tan lejos fuese poco visible-, pensemos: ¿qué necesidad tendrían ellos ya -ni siquiera de conocimiento- de comer ahora la fruta de ese maldito árbol si ya estaban eróticamente satisfechos?

El genio del florentino lleva a Adán a tomar la iniciativa, no espera que ella le de nada, él alza su brazo derecho para tomar la misma fruta que ella está tomando. Tampoco habla el Génesis de manzano ni manzana alguno sino de una higuera, y es por esto que Miguel Ángel pinta una higuera en su fresco de la bóveda sixtina. Miguel Ángel se basa fielmente en el texto bíblico, una astuta forma de eludir posibles críticas..., y poder hacer luego lo que él quería con su obra. Y lo que quiso fue..., ¿pero, qué quiso, realmente? No lo despeja el genial creador -como nunca en el Arte se hace-, por eso lo deja así, para que las intuiciones de los demás decidan lo que quieran al verlo. Una posible decisión es que los dos ya estaban satisfechos y que los dos, a la vez, decidieron, sin embargo, comer luego la fruta. A ambos los retrata el pintor tranquilos y seguros llevados por una distracción erótica a causa de la cual, poco antes, ellos estarían contentos y satisfechos. ¿Qué los lleva entonces a perderse luego? El pintor, como el relato bíblico, no lo explicaría nunca. No murieron, como se advertiría Eva desde su conciencia -la vil serpiente-, no; solo fueron transformados, desterrados, abandonados y desconcertados para siempre. Así los representaría el creador en su otra escena retratada a la derecha. Con la incomprensible manera de no poder llegar a entender esta drástica transformación. ¿Por qué?, parece decirnos Miguel Ángel, ¿por qué toda esa defenestración para unos seres que nunca se habían planteado -deseado- otra cosa mejor de lo que ellos ya estaban viviendo antes? Y con esa duda inexplicable acabaría el creador también su propia vida -como también el Renacimiento, como también todo aquel paraíso perdido- un dieciocho de febrero del año 1564 en su casa romana de la piazza Venezia, cuando a partir de entonces el mundo nunca más brillase tan desnudo como sus imágenes eróticas, grandiosas y sinceras nos hubiesen maravillado y sorprendido para siempre.

(Detalle del fresco La Caída del Hombre, Capilla Sixtina, 1509, Miguel Ángel; Retrato de Miguel Ángel Buonarroti, 1565, del pintor Daniel da Volterra, Museo Teylers, Haarlem, Holanda; Fresco de la bóveda de la Capilla Sixtina, La Caída del Hombre, el Pecado Original y la Expulsión del Paraíso, 1509, Miguel Ángel, Ciudad del Vaticano, Roma; Detalle del Juicio Final, pared frontal de la Capilla Sixtina, 1541, Miguel Ángel, Ciudad del Vaticano, Roma; Óleo del pintor británico William Strang, La Tentación, 1899, Tate Gallery, Londres.)

2 comentarios:

María José dijo...

interesante blog nunca me pare a ver cuadros tan distintos a los que vi alli ,cada uno a cual mas hermoso a mi me trasmiten fuerza los personajes ,color emoción y te invita a mirarlos todos, me gusta tu estilo gracias por compartir la busqueda de cuadros con tanta belleza y fuerza.

Arteparnasomanía dijo...

Gracias a ti por expresarlo. El Arte es una maravillosa forma de descubrir la belleza que todos tenemos dentro de nosotros. Mirar es una cosa que podemos transformar en algo nuevo, en ver la vida y sus misterios desde las cuatro esquinas de un cuadro.

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