18 de mayo de 2015

La curva frente a la recta..., o el Barroco más renacentista de Velázquez.



La historia es algo vivo, no muerto, es algo que permanentemente se va actualizando..., hasta la completa certeza de sus datos. Algo, por tanto, que solo será una tendencia a la verdad, a veces, nunca una realidad cierta y completa. Y en eso la virtualidad de internet es un arma poderosa y útil. Es cierto que internet no es la biblia, pero, ¿qué lo es, en verdad? ¿La Enciclopedia británica, el Larousse? No. Lo que se acerca a la verdad no es una sola fuente, es la concordancia de fuentes, y esto ahora lo podemos hacer en internet gracias a su virtualidad simultánea -podemos consultar varias fuentes en pocos minutos-, para confrontar una misma información y salvar así la posible duda o el posible error. Tampoco es garantía de verosimilitud total. Esta solo se consigue con el desarrollo temporal de los acontecimientos e investigaciones históricas, y que se actualizan -ahora con muchísima mayor rapidez que nunca- de modo directo en las fuentes virtuales de información didáctica. ¿Y esta reflexión, por qué? Pues porque hace poco menos de cuatro años escribí una entrada sobre la incapacidad de comprender el pasado , y en ella utilicé la misma obra de Arte que ahora trato de describir. Entonces no para analizarla críticamente, no, solo como ejemplo de referencia y modelo de belleza clásica. Al final de la entrada, como siempre, anotaba el título de la obra, su autor, fecha y lugar de ubicación. Pero, además incluí una pequeña reseña anecdótica sobre su destino vital. Entonces escribí: entregada esta obra, junto con otras del arte español, al duque de Wellington en 1813 por el desastroso rey Fernando VII como agradecimiento por devolverle el trono.

Hoy debo reconocer que entonces me equivoqué. Me equivoqué porque la información que leí entonces era incorrecta. ¿La cotejé lo suficiente? Probablemente no, o probablemente entonces no se sabía lo que ahora se sabe. Por esto la historia -y los que buscamos en ella la verdad- se beneficia de los historiadores concienzudos y de los medios de información actuales, medios que permiten divulgar rápidamente aquello que se ha descubierto y que permite corregir el error. Hoy se sabe -a lo mejor ya se sabía, pero hoy es público y notorio- que el cuadro de Velázquez, La Venus del espejo, no fue entregado por el monarca español a general británico alguno. El lienzo barroco del genial español fue robado de los salones de algún palacio madrileño, en los trágicos momentos finales del conflicto bélico de la Independencia durante el año 1813. Y fue robado por algún extranjero -inglés o escocés- y vendido luego en Londres al dueño del Rokeby Park en Yorkshire. Con esta aclaración nos introducimos ahora en la extraordinaria obra que es La Venus del Espejo, y comprenderemos mejor por qué fue tomada con la avidez que los mercaderes sin escrúpulos suelen tener con obras de tan seguro atractivo para cualquier coleccionista o admirador de Arte.

En España nunca se había realizado un desnudo de mujer semejante. Nunca. Jamás se hizo así, y jamás se volvió a hacer, al menos hasta que Goya lo hiciera luego siglos después. Es muy probable que Velázquez tampoco lo pintase en España, es decir, que no es un cuadro español -hecho en España-, es solo de un español. Que no es poco para su nacionalidad artística. Fue pintado en Roma, en el segundo viaje de Velázquez a Italia. Un cuadro así necesita de una modelo, es imposible para un pintor, aunque sea Velázquez, pintar algo así sin fijarse en la naturaleza real de lo que diseñará luego su mente creativa. En España estaba prohibido en el siglo XVII posar mujeres desnudas. Velázquez pudo hacerlo por dos razones: primero porque era el pintor del Rey, al cual no le importaban -todo lo contrario- retratos de mujeres en ese trance, y, segundo, porque lo hizo en Italia. Su modelo fue una de sus amantes romanas. Una mujer muy latina, por eso es una Venus morena, no rubia como otros pintores, antes y después de Velázquez, pintaran a Venus. Pero, hay algo más. En esta obra de Velázquez, como en otras de él, se ve la pasión que el pintor español tendría por el mundo clásico. Tuvo que disfrutar en Italia mucho. Pero, ¿una gran pasión por lo clásico en un pintor barroco? El Barroco es lo contrario a lo clásico, al Renacimiento

Sin embargo, aquí, en esta Venus desnuda, ¿dónde está ahora, al pronto, el Barroco? Es una pintura que podría pasar, perfectamente, por ser de cualquier creador veneciano o napolitano del Renacimiento más clásico. No hay ironía en ella, no hay claroscuro, no hay moda barroca, ni adornos, ni añadidos mitológicos en el cuadro que lo sitúen en un entorno barroco. Hasta los colores son renacentistas. La misma pose, la situación de espaldas de ella es helenística, es del más clásico gesto de una escultura griega -Hermafrodita Borghese- que el pintor sevillano pudo ver en Roma. Es la diosa de la Belleza, pintada muchas veces en el Renacimiento, como lo hiciera Giorgione o Tiziano, por ejemplo. Solo se distinguió de ellos en una cosa: pintándola ahora de espaldas. ¿Por qué de espaldas? Era más atrevido hacerlo de espaldas. En el imaginario erótico es algo más alarmante. De frente, un retrato desnudo de mujer -como Tiziano o Giorgione lo hicieran- puede situar una mano oportuna que oculte ahora lo delicado de enseñar... De espaldas es imposible. Por eso fue una obra que solo pudo estar en España, cuando el pintor la trajo de Italia, en los salones aristocráticos madrileños. Y así hasta que fuera vista siglos después por unos ojos maliciosos y codiciosos.

Pero, entonces, ¿dónde está aquí el Barroco? Porque debe estarlo. Velázquez era un pintor barroco, aunque amase el clasicismo. Hay dos cosas fundamentales que traslucen aquí el sutil barroco de esta obra. Por un lado, la imagen reflejada en el espejo de un rostro desdibujado. Por otro, la curva perfecta, la curva barroca, la curva... La eclosión del Barroco en el mundo fue básicamente gracias al descubrimiento artístico de la curva. Los maravillosos arquitectos romanos -Bernini y Borromini- hicieron en el siglo XVII de la línea curva un arte nunca antes visto en la historia. El clasicismo griego y romano enaltecieron la línea recta, y el Renacimiento no hizo más que proseguirlo luego. Las obras de Venus de Tiziano o Giorgione, por ejemplo, son trazadas con la agudeza visual de la primacía de lo recto. Cuerpos estilizados y alargados, camas o soportes rectos, donde el cuerpo seguirá, así, su mismo sentido... Sin embargo, en su Venus del espejo Velázquez glosa la curva, y la glosa en la curvatura que el colchón forma con sus sábanas en el propio cuerpo de la diosa. Y lo hace, además, destacando así las pronunciadas y bellas caderas de la modelo.

El espejo es la otra clave aquí, y no la menor de ellas. Velázquez es un genio que va más allá de lo pictórico. El mundo suyo, el de mediados del siglo XVII, era un mundo que había aprendido filosóficamente -con el neoplatonismo- todo lo asimilable. Él lo sabía y lo compartiría. La Belleza ganará aquí de una forma asombrosa. Por eso, tal vez, fue esta obra agredida por una sufragista en el Londres de 1914. Representaba la Belleza perfecta, la más sugerente, la más terrenal posible -otro rasgo barroco-, frente a la espiritual o menos terrenal de los renacentistas. Cupido, el pequeño dios del Amor -el hijo de Venus-, sostiene aquí el espejo convencido ahora de que su madre es la vencedora siempre, la que esclavizará al amor inevitablemente. Y así es siempre, se quiera o no. Para que exista amor debe haber belleza...Y el pintor la compone a Venus así, maravillosa, exultante, clásicamente voluptuosa. Pero, para ello, para poder hacerlo así de atrevido en aquellos años, no pinta Velázquez aquí su rostro visible -está de espaldas-, ni siquiera de perfil. Nada, que no se verá nunca el rostro de la modelo. Salvó el pintor con eso, tal vez, dos cosas. Una la identidad de la modelo, algo que, para entonces, podría ser delicado. Pero, lo más importante, ayudaría a justificar aquí un espejo para reflejar ahora el rostro de la Belleza. De este modo subsanaría Velázquez la eventualidad de la espalda. ¿Un retrato sin rostro visible, en el Renacimiento o en el Barroco? Nunca. Si acaso, reflejado luego en un espejo para salvar ese pequeño pero gran detalle...

Pero, sin embargo, el rostro reflejado de ella, el de la diosa Venus, el de la Belleza más maravillosa habida jamás, no se ve tampoco aquí, en el espejo, está esbozado nada más, está desdibujado ahora, imposible de reconocer ni de apreciar, ni de valorar, ni de desear, ni de amar, ni de justificar nada con él... en esta obra. Veremos la subyugante belleza, pero no vemos la cara de ella claramente. Es fundamental ver la cara detallada. Sin ella, sin sus rasgos identificables, no existe, verdaderamente. No es nada, en verdad. Y esta fue la extraordinaria sutileza del genio español aquí. Algo que acompañaría con su evolucionado Arte barroco frente al clasicismo, por entonces más superficial, más banal o más frívolo. Es decir, que la Belleza que ahora vemos, realmente, no es la terrenal, que no se reflejará bien siquiera porque no es, ahora, lo más importante... Que ésto, lo importante, es otra cosa, lo que la diosa debería representar con su idea de Belleza, no con la belleza material, física, terrenal o voluptuosa. Algo que la sufragista londinense no supo entonces ver, cuando acuchillara siete veces el lienzo en aquella mañana del año 1914. Por eso este cuadro es una extraordinaria obra de Arte; por eso, se comprende que fuera  robado en el año 1813. Porque, con él, Velázquez consiguió -como siempre hace el gran creador español- hacernos pensar que, lo que vemos y lo que no vemos, no dejarán de ser dos cosas importantes de una misma y única realidad.


(Óleo barroco del pintor español Diego Velázquez, La Venus del Espejo, 1650, National Gallery, Londres.)

1 comentario:

Guia en estambul dijo...

Te gusta viajar entonces tienes que ver eso viaje estambul el mejor viaje ...

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...