12 de mayo de 2015

La intencionalidad del Arte, o la belleza traducida como un sentido no voluptuoso sino etéreo.



En una visita que hice hace muchos años al Museo del Louvre adquirí una reproducción de la obra La bañista de Valpinçon, del extraordinario pintor francés Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867), una pintura neoclásica elaborada durante el año 1808. Pero entonces me sucedió, inconscientemente, lo que ahora trataré de traducir en palabras. Cuando elegí la reproducción de esa obra de Arte no lo hice por la idea de belleza que mi época y cultura me habría influenciado como clásica. No, lo hice buscando, de modo intuitivo -por tanto inconsciente-, el sentido clásico tan personal y representativo de ese magistral pintor, medio neoclásico, medio romántico. Pero, entonces, esto no lo sabía yo aún. Ahora, cuando conozco algo más los entresijos de eso que denominamos Arte, comprendo bien qué me hizo entonces, sin saber, elegir la obra más representativa, más paradigmática, más impactante de aquel curioso momento artístico que fuera la primera década del siglo XIX.

Siempre que la obra es visionada por alguien impacta, guste o no. Aunque, generalmente, no suele gustar cuando la persona que la ve es muy sincera y espontánea. Porque la belleza de La bañista de Valpinçon no es la belleza entendida con criterios estéticos convencionales, materiales, formales o incluso clásicos -lo que más choca y sorprende por ser neoclásico el propio pintor- que puedan tenerse para percibir el cuerpo desnudo de una mujer... Sin embargo, eso es lo que el pintor francés quiso hacer cuando lo hizo: expresar la perfección artística clásica de una figura en el escenario íntimo y exótico de un baño oriental. Por eso dibujó -correctamente- las imperfecciones anatómicas y corporales tan normales de una joven desnuda de espaldas. ¡Qué fácil hubiese sido hacerlo entonces -pleno momento clasicista en el Arte- como la belleza formal y clásica que de un cuerpo voluptuoso y excesivo se llegara a representar tiempo antes! Pero no, Ingres no quería distraer ahora tanto en ese sentido -algo que demostraría, sin embargo, saber hacer años más tarde con otros desnudos-, no, ahora lo que deseaba él hacer era representar otra cosa distinta: el momento fugitivo, el instante sosegado, sólo el ruido relajante del agua en la bañera, todo eso que no vemos muy bien aquí...

Porque ni las caderas, ni las piernas, ni los pies, ni los hombros, ni la espalda siquiera de la mujer en el baño establecen las medidas o proporciones correctas y perfectas para hacer de ella una belleza sugerente, atractiva o deseante... Ingres era un extraordinario dibujante, el mejor de todos los discípulos que tuvo el famoso pintor neoclásico David. Pero Ingres había nacido a finales del siglo neoclásico, cuando el Romanticismo empezaría a brillar poco a poco luchando entonces por salir y enfrentarse al poderoso Clasicismo de siglos. Sin embargo, el pintor francés no supo entonces, en esa difícil encrucijada artística, elegir ahora un camino definitivo en su Arte. Quería él dibujar, quería respetar las reglas clásicas de sus maestros pero, a la vez, deseaba trasladar a sus lienzos una nueva sensación evanescente para entonces. Una sensación etérea y fugaz, una bella impresión que irradiara toda la obra en su conjunto, no solo en una parte. No en la parte más representativa por entonces en un lienzo clásico -la figura femenina desnuda- sino en toda la escena completa misma. En todas las cosas representadas en la obra -las sábanas blancas, el turbante estampado, las cortinas caídas, el grifo de agua o la inquietud sosegada de ella- que pudieran hacer impactar, en el espectador asombrado, una nueva forma -romántica- de ver un exotismo como ese. 

En la sociedad europea de entonces -comienzos del siglo XIX- la visión abierta y clara del desnudo de una mujer joven -no de una diosa o de una ninfa mitológica sino el de una mujer cualquiera- era inexistente en la tradición occidental del Arte. Por eso se buscaba, desde hacía años, en el lejano mundo oriental las exóticas sensaciones que en el imaginario de los europeos se tendrían de los harenes libidinosos o voluptuosos de Oriente. Por esto Ingres lo hizo así, por impactar ahora con el contraste de una figura que no encajaría muy bien con ese imaginario... Y el Romanticismo le vino entonces a ayudar de soslayo. Porque esta nueva tendencia romántica no resaltaba las formas con el idealismo de antes. No, el Romanticismo ahora venía a deformar el clasicismo para resaltar lo etéreo, lo que pasaba pronto, lo que no quedaba -justo al contrario que el mármol de las esculturas clásicas, que permanece hierático y perenne a pesar de las emociones que ocasione-, lo que se impregnaba de todo lo que rodeaba a la figura principal de cualquier obra. Sin embargo, Ingres no fue un pintor romántico tampoco.

Y en esa encrucijada -neoclásico y romántico- estuvo precisamente la grandeza de este pintor francés tan sugestivo. Y su obra La bañista de Valpinçon es la mejor muestra de ello. Impactante, objetable, chocante, pero a la vez impresionante, subjetiva, misteriosa, sedante, virtual... Nada es como parece. Nada se mantendrá en el tiempo como la figura perfecta de la escultura perfecta, de la forma perfecta de la imagen perfecta más clásica de lo que sea. Nada es para siempre. Nada es perfecto en sí mismo, en su permanente y único sentido insobornable. El pintor francés lo sabría, y por eso, intencionadamente, pintaría así de poco perfilada su extraña modelo oriental de espaldas. Su bañista exótica y desnuda, esa mujer diferente que mira ahora algo fuera del lienzo. Algo que no veremos..., como nos sucede, aparentemente, con otras cosas inspiradas en la obra: su efímera silueta, su fugaz momento relajado, su pasajera sensación de belleza... Una belleza aquí que no está ahora en lo que vemos sino en lo que representa cada instante en el lugar efímero que le corresponde. Sin alardes objetivos, sin alarmas materiales, sin deseos desenfocados..., sin renuncia a lo importante.

(Óleo del pintor francés Jean-Auguste-Dominique Ingres, La bañista de Valpinçon, 1808, Museo del Louvre; Lienzo del mismo pintor, La Fuente o el Manantial, 1856, Museo de Orsay, París; Cuadro del mismo creador francés, La gran odalisca, 1814, Museo del Louvre, París.)

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