5 de octubre de 2015

El Arte, como el ser humano, no es perfecto, puede ser tendencioso, ultrajante y desmerecedor.



Fue Miguel Ángel uno de los primeros que utilizara el Arte para mancillar, desvirtuar o criticar -a veces justamente, como en este caso- a personas que, para bien o para mal, tuviera el creador en eternizar de una forma sarcástica, ofensiva, tendenciosa o ridiculizante. Cuando Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564) pensara cómo dibujar sus imágenes humanas en el inmenso fresco de la Capilla Sixtina, no dudaría entonces que debía hacerlo al natural, es decir, desnudas las figuras como éstas eran y habían sido creadas en su elemento original. Durante el largo proceso de creación del maravilloso fresco El Juicio Final los prelados y consejeros del papa Paulo III se acercaban a admirar la oculta obra renacentista. Entonces un maestro de ceremonias del Papa, Biagio da Cesena, se atreve a decirle a éste delante del propio artista lo que pensaba del fresco tan atrevido, una obra de Arte que aún no se había terminado de pintar incluso en la Capilla vaticana: ¡Qué indecorosas imágenes pintadas en un lugar tan sagrado!; todos esos desnudos mostrando ahí sin pudor sus vergüenzas no es propio de la capilla de un Papa sino más bien de una hostería o de un prostíbulo de Roma.

Pocos días después retrata el pintor al intolerante servidor papal en su fresco del Juicio divino. Fiel al poeta Dante en su Divina Comedia, Miguel Ángel fija en su fresco el rostro de Biagio como el del rey legendario Minos, al cual Dante sitúa como uno de los tres jueces del infierno. Minos, el rey legendario de Creta que encerró al Minotauro en su laberinto, pero que Dante en su grandioso poema lo convierte en un juez intolerante y fiero. Miguel Ángel lo dibuja como es descrito en el poema, como un ser monstruoso con una larga cola que rodea su cuerpo vilmente. También el gran creador florentino le añade las grandes orejas ignorantes de un asno. Al parecer el maestro de ceremonias vaticano comprobaría su imagen pintada en el fresco, y corre indignado pronto a contárselo al Papa. Tanto se quejaría que su santidad, cansado de tanta polémica, no pudo más que decirle: Biagio usted sabe que Dios solo me ha dado potestad sobre el cielo y la tierra, pero no sobre el infierno. Ya que no puedo liberarle deberá tener paciencia. Sólo después de una restauración llevada a cabo en los últimos años, cuando se limpió y restauró la obra vaticana del Juicio Final, se desvelaron los matices originales del auténtico fresco pintado por Miguel Ángel. Ahora comprendemos además, al verlo detenidamente, el irritado ánimo por entonces del que fuera insensible servidor vaticano.

En ese mismo siglo XVI nace en Navarra, España, Bartolomé Carranza de Miranda (1503-1576). Proveniente de familia religiosa y universitaria, lleva a cabo estudios de Filosofía en la universidad de Alcalá de Henares con el maestro Andrés de Almenara. En aquellos años el Renacimiento no fue solo artístico sino filosófico. Erasmo de Rotterdam (1466-1536) fue uno de los primeros pensadores renacentistas en tratar de cambiar la atrasada mentalidad medieval. Atrevido e inteligente, comprendía Erasmo que el ser humano no puede ser esclavo de sus maestros ni de sus prejuicios arraigados ni de ninguna tradición. En los primeros años del siglo XVI las escuelas filosóficas se enfrentaban entonces entre erasmistas y tomistas, es decir, entre partidarios de Erasmo de Rotterdam y su filosofia renacentista, avanzada, humanista y comprensiva; o los partidarios de Tomás de Aquino y su filosofía medieval, atrasada, teologal y doctrinaria. En ese debate filosófico comenzaría Bartolomé a configurar su pensamiento erasmista. Influido por su tío Sancho Carranza -catedrático, filósofo y canónigo-, defiende siempre sus posiciones erasmistas allá donde fuese. En aquellos años para prosperar en España había que hacerse religioso o militar si no se era noble. Bartolomé de Carranza se decide por lo primero y termina por ingresar en la orden dominica, famosa orden religiosa que dedicaba más esfuerzo al estudio que a la caridad.

Sin embargo, la personalidad de Bartolomé de Carranza no estaba carente de caridad ni de generosidad o sensibilidad por sus semejantes, personas que entonces sufrían en una época todavía difícil para los seres sin medios o sin oportunidades. Se dedicó Bartolomé a sus estudios filósoficos y a su labor religiosa con la misma honestidad. Cuando se le ofrece una vez el obispado de la rica ciudad sudamericana de Cuzco lo rechaza. Luego se niega también al obispado de Canarias. El rey Carlos I de España le ofrece la oportunidad de participar en el importante Concilio de Trento, donde la Iglesia se jugaba su futuro frente a la Reforma Protestante. Ahí demuestra Bartolomé su talante reformador y su habilidad para conciliar tradición con reforma, sentido común y generosidad con desvelos excesivos para cambiarlo todo por cambiarlo todo. Cuando el rey Felipe II, todavía príncipe de Asturias, viaja a Inglaterra para casarse con su tía inglesa María Tudor, Bartolomé le acompaña al reino de las desavenencias religiosas. Inglaterra se debatía entonces entre un Protestantismo auspiciado desde la corona o una Contrarreforma que deseaba volver a recuperar la fe de ese reino. Su habilidad filosófica y tolerante le lleva a editar un manuscrito de conciliación, uno muy generoso e inteligente. Demasiado atrevido, sin embargo, para ser escrito en una España por entonces muy suspicaz con las herejías luteranas.

Años después -en el año 1557, dos años después de abdicar Carlos I de España y V de Alemania-, el joven rey Felipe II llama a Flandes -parte de la corona española- a Bartolomé de Carranza para que conociese las novedades teológicas de la ciudad de Bruselas, tanta fama teológica adquirió Carranza en aquel convulso momento reformista en Europa. Fue estando él en Bruselas cuando la sede del importante obispado español de Toledo queda vacante por la muerte del viejo y anticuado cardenal Silíceo. Entonces el joven y moderno rey Felipe II quiso -le obligó sin condiciones- que fuese Bartolomé de Carranza el religioso elegido -aún no era ni obispo- para ocupar la Sede Primada de España en Toledo. No tuvo más remedio que aceptar el filósofo y humanista español. Pero antes aprovecha su estancia en Bruselas para editar el manuscrito que había escrito en Inglaterra, Comentarios sobre el Catecismo Cristiano, un inteligente y contrarreformista texto muy tolerante para evitar el avance de la Reforma en Europa. Era entonces una forma diferente y muy avanzada de entender las cosas sagradas en el mundo católico, con un importante sesgo más espiritual basado en la oración personal, algo que la Reforma Protestante propugnaba desde sus inicios, pero ahora sin límites ni condiciones de ningún tipo.

Bartolomé de Carranza llega a España en agosto del año 1558. Asiste como Primado de Toledo -un miembro permanente- al Consejo del Reino celebrado en Valladolid. Luego asiste en Yuste (Cáceres) al fallecimiento del rey Carlos I de España. Dos meses después entra solemne en la Catedral de Toledo. Su talante personal le lleva a visitar todas las parroquias y conventos de la ciudad, a reformar su iglesia principal -su cabildo toledano-, a exigir residir a los sacerdotes en sus lugares de trabajo -algo que se saltaba impunemente-, a visitar las cárceles, donde liberaría -era una prerrogativa del arzobispo- a los prisioneros por deudas. También demuestra caridad y austeridad en su propia vida. Tanto un antiguo compañero suyo -envidioso de Teología y Filosofía, más tomista que erasmista-, Melchor Cano, como el intolerante, radical y duro Fernando de Valdés, Inquisidor General de España entonces, se atreven a denunciarle ahora por herejía. Fueron en contra del primer prelado de España, del Arzobispo de Toledo, y todo por aquel libro que había publicado años antes en Bruselas, un texto consultivo que, al parecer de esos señores, contendría muchas trazas de herejía luterana. Todo sucedió además en un momento histórico demasiado delicado a causa de una violenta Reforma y una Contrarreforma mal entendida.

Fue apresado el primado de España por la Inquisición, a pesar de ser el primer religioso de la nación, algo nunca antes sucedido, y sometido ahora a un proceso que llegaría a durar diecisiete años. Nunca se había atrevido nadie a procesar a un obispo en España. Hay que tener en cuenta que Roma no quiso nunca que se pudiera procesar a un obispo católico jamás. Lo consiguieron hacer entonces por las sensibilidades que la Reforma causaría en Europa. Lo pudieron hacer porque al Papa de entonces, Paulo IV, un viejo, reaccionario e intransigente papa, lo convencieron un mes antes de fallecer. Procesaron a Bartolomé de Carranza por herejía luterana, algo que odiaba mucho aquel anciano y duro Papa. Sin embargo el siguiente Papa, Pío IV, alargaría el proceso -no le interesaban a los papas procesar ni sentenciar obispos- y fue cuando los acusadores argumentaron que unos herejes procesados en Valladolid habían pronunciado el nombre de Carranza como valedor de sus argumentos. A pesar de haber recusado Bartolomé al inquisidor Valdés como parte interesada y apasionada en su causa, cosa que consiguió hacer, no pudo finalmente vencer a todos sus poderosos enemigos. Pronto cambia de nuevo la sede vaticana y el nuevo Papa Pío V, hombre que no era de la nobleza ni de influencias políticas determinadas, quiso que el proceso continuara celebrándose en Roma, trasladándose Bartolomé, para su suerte, a Italia. 

Sin embargo el Papa Pío V, que iba a absolver totalmente al arzobispo Carranza, fallece pronto en Roma en mayo del año 1572 -trece años desde que fuese detenido el Primado de España-, no pudiendo hacer ya nada por Carranza. El próximo Papa -Gregorio XIII- quiso acabar el asunto de una vez y tomaría el camino intermedio: satisfacer a todos sin satisfacer a nadie. Dicta una sentencia injusta en el año 1576 obligando al arzobispo a abjurar de sus teorías teológicas, pero, a cambio, no le depuso de su sede toledana. El Primado de España nunca volvería a pisar tierra española ya que pocas semanas después fallece en Roma libre de todos sus cargos. En una pequeña iglesia dominica de Roma, la única iglesia decorada en su interior en estilo gótico -un estilo más antiguo- de toda Roma -cuando él fuese el más renacentista o moderno de su tiempo-, fue enterrado Bartolomé de Carranza. Justo al lado de la tumba del que fuera el primer pintor que expresara la sensibilidad más moderna en los inicios prerrenacentistas -el siglo XV- con sus trazos aún góticos en la Pintura, Fra Angélico. Esta es la historia de un humanista que fue consecuente con sus ideas renacentistas, injustamente tratado a pesar de haber llegado a ser el primer obispo de España, con un poder inmenso pero que, por entonces, sus enemigos supieron contraponer con la ayuda de un reaccionario e intransigente Papa. Porque sería otro papa, Pío V, quien sí supo comprender la inocencia y la generosidad del arzobispo Carranza, un hombre íntegro, renacentista, caritativo e inteligente. Como el Arte... Como ese mismo Arte que Miguel Ángel propiciara en sus frescos de aquella capilla vaticana. Pero, sin embargo, no todo es siempre consecuente en la vida de los hombres, no todo se enlazará con elementos de similitud o de coherencia en la vida de los hombres y de su humanidad tan compleja. Aquel mismo Papa Pío V, aquel hombre que defendiese y quisiese absolver una injusticia cometería otra... Como el Arte... Fue este mismo Papa el que ordenaría al pintor Danielle da Volterra (1509-1566) -llamado luego por ello Il Braghettone- que cubriese los genitales y desnudos que el gran creador Miguel Ángel Buonarroti había pintado, poco tiempo antes, entre los techos y paredes tan hermosas de la famosa y decorada Capilla Sixtina...

(Fragmento del Fresco El Juicio Final -antes de su restauración-, 1541, Miguel Ángel, Capilla Sixtina, Roma; Fragmento destacado del rey legendario Minos del Fresco El Juicio Final -después de su restauración-, 1541, Miguel Ángel, Capilla Sixtina, Roma; Escultura de la tumba del pintor gótico Fra Angélico, Iglesia de Santa María sopra Minerva, Roma, donde se enterró a Bartolomé de Carranza, actualmente trasladados ya sus restos a Toledo desde 1999; Lienzo Retrato del arzobispo Bartolomé de Carranza, 1578, pintado dos años después de su muerte para la Sala Capitular de la Catedral de Toledo, donde se aprecian los rasgos artísticos maliciosos al pintar entonces un rostro desfavorecido, con un semblante muy hosco, duro y claramente odioso, cuadro del pintor español Luis de Carvajal, Catedral de Toledo, Toledo, España; Pintura con el retrato de Bartolomé de Carranza, una obra de autor desconocido, siglo XVI, donde se observan otros rasgos más suaves, más propio de la realidad del rostro que tuviese el arzobispo español; Grabado para el frontispicio de una obra de Bartolomé de Carranza, basado en la misma imagen anterior, siglo XVI; Detalle del mismo grabado anterior sobre el posible verdadero rostro de Bartolomé de Carranza, para nada que ver con el tendencioso y desagradable rostro pintado por Luis de Carvajal en 1578.)

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