31 de octubre de 2015

La deriva del Arte hacia lo más vil, o la belleza perdida ante el desprecio insolente de un mundo vulgar.



El siglo XIX derivaría pronto, en sus años finales, hacia un deterioro del sentido artístico de Belleza. Los pintores alemanes, nacidos poco antes de mediados de ese siglo, se encontraron ahora con la fuerza y el ímpetu de un nuevo imperio alemán originado desde el año 1870, un mundo que les acogería para poder crear ahora otras cosas con el Arte, otros modelos estéticos diferentes a aquella belleza de los pintores románticos de antes. También, la fotografía habría sobrevenido para retratar esa misma Belleza..., superando cualquier otro modo de plasmarla en un lienzo. La escuela pictórica de Düsseldorf había sido un ejemplo de retorno a esa antigua Belleza de antes, a esos maravillosos paisajes y retratos que ensalzaban la belleza y su función en la vida para un hombre necesitado de ella, de su espíritu más noble y enriquecedor. Sin embargo, el mundo evolucionaría sin freno, atropellando ahora las formas en que la imagen representada podría aún ser un paradigma de salvación, de una excelsa salvación a ojos de los humanos y de su sensibilidad más abstracta.

Nathaniel Sichel fue uno de los muchos pintores de esa etapa de cambio finisecular. Nacido en el año 1843 en Mainz, Alemania, obtuvo en sus inicios una extraordinaria fama como pintor retratista. Sabría él captar la atmósfera que acompañaba a cada modelo, a su mundo, a su historia, a su carácter o a su vida... Sobre todo a modelos femeninas, bellezas exóticas de oriente que podían, con su gesto y vestimenta, distinguirse ahora de las rígidas actitudes o representaciones elegantes y asépticas de una visión sensual inexistente..., algo que se mantuviera de la imagen de la mujer europea por entonces. Así que Sichel pudo descubrir ahora, con el justificado elemento oriental, las miradas, los gestos, la pose o el deseo de esa Belleza de antes. Así crearía él bellezas retratadas que arrebataban, con su estilo seductor y elaborado, las miradas más deseosas de los espectadores de entonces.

Pero, la belleza sugerida no es una moneda que siempre pueda acompañar o  brillar en un lienzo a voluntad, no todos sabrían manifestarla. Los pintores lo sabían, y sus retratos de belleza no conseguirían siempre disponer de esa mágica y misteriosa belleza seductora. También porque la Belleza no está siempre ahí, es decir, no siempre se muestra dispendiosa, solícita o expresiva. Así que Nathaniel Sichel consiguió pocas veces eternizar la belleza de la mujer en cosas que no tendrían, necesariamente, que ver con el clásico sentido de la clásica belleza. Porque era ahora otra cosa diferente, una especial forma de ser ahora de la belleza retratada, una característica que hacía a la modelo del cuadro -y al propio cuadro- un ejemplo de belleza permanente, inmortal, sin otra cosa más que su sola belleza indescriptible, imposible de definir salvo viéndola ahora de ese modo, comprobando así, con su visión artística, la única forma de poder representarla en un cuadro para siempre.

Pero, no vivió el pintor en el momento más álgido de aquella belleza consagrada, de aquellos años de antes en los que la Pintura era una forma de alcanzar la gloria más insigne, la más alta o la más grande, que se pudiera conseguir para poder acercar el espíritu humano a la Belleza. En esta pequeña muestra de sus obras pictóricas -que ignoro las fechas de su creación así como su nombre y lugar, tan deteriorada fue la deriva por entonces del Arte clásico y de algunos de sus creadores tan desubicados-, el pintor alemán Nathaniel Sichel (1843-1907) solo conseguiría -para el que esto escribe- en dos de estas obras aquí expuestas alcanzar a rozar el éxtasis más rotundo con su belleza retratada. Sólo en las dos primeras. El resto sería un ejemplo más de su maestría artística con el retrato, pero ahora mucho más convencional, más vulgar, más cotidiano o más publicitario.

Conrad van Houten (1801-1888) fue un químico holandés que llegaría a fabricar el mejor chocolate del mundo en Europa. Aunque sería realmente su padre, Caspar, quien patentaría el sistema industrial que, luego, su hijo Conrad llevaría al éxito más comercial en Amsterdam. Conrad tuvo un hijo al que le puso el mismo nombre del abuelo, Caspar van Houten (1844-1901), el cual llevaría por fin la empresa familiar a la mayor comercialización de chocolates en todo el mundo. Para ello utilizaría la publicidad, algo por entonces muy incipiente en el mundo. Usaría así la imagen publicitaria para dar a conocer por todos los lugares del mundo su chocolate y su marca, Van Houten´s Cocoa. Tanto se atrevería Caspar a publicitar y promocionar su marca que contrataría a un pintor, Nathaniel Sichel, uno de aquellos artistas de bellezas para que realizara ahora un lienzo publicitario. Una imagen donde una de aquellas bellezas que el pintor habría creado ya en otras ocasiones, luciera ahora mostrando así el chocolate van Houten. De este modo, tan utilitariamente, acabarían llegando a ser olvidadas y despreciadas todas aquellas exóticas bellezas del Arte, esas representaciones ideales o perfectas de antes, para ser sustituidas ahora por la más irreverente, despreciable o insolente, nueva forma estética de la publicidad.

(Obras todas del pintor alemán Nathaniel Sichel, Varias obras de Arte de bellezas exóticas; Cuadro de una Madonna; Retrato de la publicidad del chocolate van Houten, finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX.)

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...