23 de noviembre de 2015

El cambio honesto y la sabiduría conquistarán al fin al amor elusivo y desengañado.



No toda la mitología latina fue heredada de la griega, también los romanos mantuvieron sus propias leyendas míticas, generalmente recibidas de uno de los pueblos más peculiares de los que ellos provenían, los etruscos. El poeta latino Ovidio (siglo I) no se limitó, como otros escritores romanos, a recrear los mitos ancestrales de su cultura grecolatina, también los fabricaría desde la nada. Así contaría Ovidio la particular leyenda de dos divinidades latinas (sin referente griego alguno): Pomona y Vertumno. Según la mitología romana Vertumno fue una divinidad menor, un dios curioso del sentido del cambio..., de la transformación más radical. Pero para los romanos, un pueblo absolutamente pragmático, la noción de cambio la identificaban no tanto con la metafísica, o la ontología del ser, sino con la Naturaleza y sus modificaciones producidas a lo largo del año. Para ellos, la verdadera maravilla filosófica era ver variar la Tierra con su cambio de estaciones. Así, después del crudo invierno, la primavera vendría para renovarlo todo, los colores de sus prados, los frutos multiplicados, o la vida renacida ahora con la esperanza de un futuro más prometedor.

Porque la visión de la Naturaleza nos ofrece la sabiduría que existe cuando la pequeña semilla de un árbol acabe convirtiéndose en un maravilloso fruto... ¿Cómo es posible que algo tan pequeño, tan insulso y desmerecedor se transforme luego en otra cosa, algo más grande, deseado, necesario o bello? Sólo una divinidad podría estar detrás de algo así, según los romanos. De algo muy concreto, además, sin más consideraciones éticas o estéticas. Y así surgiría, desde los antiguos etruscos, el dios romano Vertumno, una divinidad que podría cambiar a voluntad cualquier apariencia que, a ojos de los hombres, su visión pudiera representar. Pomona, sin embargo, era la divinidad -femenina en este caso, a cambio de Vertumno que era masculino- del resultado de ese cambio, de los frutos que se obtendrían con ese cambio. Pero no de los frutos que la Naturaleza diera salvajemente, no, sino de los frutos que el propio ser humano lograse con su esfuerzo, dedicación o arte. Por ello bendeciría Pomona con sus dones sagrados los jardines bien cuidados, su cultivo, su tiempo, su dedicación... o su belleza inmarcesible.

Como mujer diosa, Pomona florecía ella misma con la belleza que preconizara con sus cuidados naturales hacia la vida. Hermosa y distante, rechazaría las insinuasiones tendenciosas y lujuriosas de los sátiros o de los dioses. Ningún hombre -fuese dios o mortal- le interesaba. Como toda mitología útil, ésta también fue atendida por los pintores de la historia del Arte. Y lo fue porque Ovidio, el original poeta romano, amante de la seducción inteligente, compuso una leyenda de la diosa Pomona perseguida y seducida, al fin, por los ardides sutiles de la única cosa que el poeta más versara nunca en sus leyendas: con la transformación... o la metamorfosis. ¿Y quién era por entonces el dios del cambio...? Por eso de ahí surgió el mito latino de Vertumno y Pomona. El dios del cambio trataría ahora de acercarse a Pomona con las transformaciones más sugerentes: con la mejor belleza, con la mayor atracción pasional, con la más admirada fuerza o con la más sugerente riqueza. Pero, nada, la diosa de los frutos y de los jardines perfectos no hacía caso alguno de todas esas cosas. Hasta que Vertumno ideó entonces otra... al comprender, ahora, qué era lo que ella más respetaría de todo nunca.

Y se transformaría él en una cándida anciana, símbolo por entonces -el siglo I- de la mayor bondad más sincera, de la auténtica sabiduría más respetada o más querida. Con esta treta pudo conseguir el dios del cambio que la bella diosa Pomona accediera a escucharle, atenderle o recibirle. Sólo así, después de mucho tiempo, Vertumno pudo, gracias a su poder de cambiar para conseguir ser mirado ahora con los ojos más receptivos del objeto de su deseo, intentar seducir con su apariencia algo que antes nunca hubiese podido conseguir de otra forma. Como una metáfora útil ante la vida, podremos entender que todo esto no es más que una forma de empatía..., algo que envolverá así los argumentos de alguien -el más sabio- en una atmósfera ahora de igualdad o de nivelación con el otro -el menos sabio-, para acercarse así al objeto deseado. Para despertarlo de la ignorancia, o de la incapacidad... Vertumno, gracias a su imagen ahora amable, segura, poderosa y sabia de la anciana que parecerá, pudo conseguir ya que Pomona accediese a escucharle. Y entonces él -ella, la vieja honesta y candorosa mujer- comenzaría a hablar del porqué sus maravillosos árboles frutales -los de ella- brotarían ahora gracias al amor... Y así hasta contarle la leyenda de Anaxárete... Ésta fue una bella princesa cortejada una vez, sin éxito, por un humilde joven apasionado. Él terminaría quitándose la vida por ese rechazo, implorándole antes a los dioses una lección para ella, además. Mientras espiaba luego la princesa los funerales del joven, fue convertida Anaxárete por los dioses en una estatua permanente de piedra...

Vertumno observaría ahora como Pomona quedaría fascinada por la leyenda. De pronto él se transformaría en sí mismo de nuevo, y ella acabaría comprendiendo la sutil insistencia, la perseverancia inteligente, o la capacidad de poder entender ahora las cosas de la vida... Esa misma vida que contaría la historia de amor que pudo, al fin, conseguir vencer la ignorancia de las cosas con el sabio acontecer ante la ceguera de ella. Y los pintores retrataron esa mitología desde el Renacimiento. El desconocido pintor italiano Francesco Melzi (1493-1573) fue alumno del gran Leonardo da Vinci. Pero, no solo fue alumno suyo sino que le acompañaría hasta el final de su vida, cuidando del maestro y de su extraordinario legado pictórico y literario. En el año 1522, tres años después de la muerte del genio florentino, Melzi pintará su obra renacentista -tan leonardiana- Vertumno y Pomona. Porque en este lienzo estará el universo pictórico del gran Leonardo: el paisaje con las cordilleras puntiagudas al fondo; el manierismo del genio en los brazos lánguidos retratados; o las rocas laminadas de sus suelos pedregosos... Aquí, en la obra de Melzi, veremos cómo la anciana cándida y amable se acerca indulgente a la bella, sugerente y clásica Pomona

Pero es el Barroco la tendencia artística más apropiada para contar la leyenda de esos dioses encontrados... Porque es el amor conquistado ahora por elementos que no serán de Belleza perfecta, de equilibrio entre ambos divinos y opuestos personajes, entre ambas necesidades o entre ambas realidades. Porque el Barroco es desequilibrio, es imperfección, error, desajuste, cosas que, luego, podrán acaso conseguir o no alcanzar ese deseo... Y en esta maravillosa tendencia del Arte brillan dos obras sobre Pomona y su amante. Una es la obra de un seguidor del gran creador Anton van Dyck (1599-1641), o de él mismo, el extraordinario pintor flamenco del Barroco; aunque no he podido descubrir exactamente su autoría. Pero, lo importante aquí es la obra artística en sí, una versión extraordinaria de la leyenda de Vertumno y Pomona. En ese alarde tan barroquiano veremos en esta obra de Arte cómo ahora Pomona es convencida sin esfuerzo por la figura cálida, comprensiva y amable de la vieja transformada... Y el pintor hasta retrata aquí al dios del amor -el pequeño Cupido y sus flechas amorosas- abandonando ahora, resignado poco antes, sus intentos de seducir con su pasión desbordada las atenciones de la bella y desdeñosa diosa.  

Rubens, el magnífico pintor barroco de las exageradas muestras de pasión, no podría pintar la leyenda mítica en su momento inicial sino en su final, cuando ella transforma su carácter ante la visión de la imagen -la verdadera- que ella tendrá ahora de su amante. Por último, el sutil y exultante erotismo del creador frances del Rococó más romántico, Francois Boucher (1703-1770). Aquí hasta la cándida anciana parecerá sobrar ante la convencida actitud de una diosa que, ahora, no podrá ya dejar de pensar que el amor lo salvará todo. Vertumno, disfrazado aquí incluso de una atractiva vieja, le dirá al oído a Pomona las cosas que ella querría, tal vez, haber sabido pero que nadie hasta entonces se las habría dicho... Y esa sabiduría de la vida vencerá desnudando aquí por completo a la bella Pomona. Ya no hay excusa para ello, y el pintor dieciochesco francés lo recrea en su obra con el más sugerente de los desnudos de Pomona y de sus acompañantes, mucho más que de los que de sus modelos desnudas pudiera haber hecho antes el pasional Rubens -que incluso cubre parte a su Pomona en su obra de 1619-, ya que los tiempos no dedicarán ahora -el ilustrado siglo XVIII- valor alguno a esas veleidades tan antinaturales -lo natural es desear siempre la belleza desnuda- de la Mitología complaciente... Sin embargo, a pesar de todo, las maravillosas obras barrocas sí que dejarán aquí el verdadero sentido de la leyenda enrevesada: que sólo la sabiduría más honesta podrá vencer, alguna vez, a la ignorancia más reticente o a la vida más errónea.

(Obra del pintor Anton van Dyck o de algún seguidor suyo, Vertumno y Pomona, 1627, Colección Particular; Lienzo del gran Rubens, Vertumno y Pomona, 1619, Colección Privada; Óleo del pintor renacentista Francesco Melzi, Vertumno y Pomona, 1522, Museos Estatales de Berlín, Alemania; Cuadro del pintor del Rococó, Francois Boucher, Vertumno y Pomona, 1740.)

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