9 de diciembre de 2015

Cuando Tiziano convirtió a la heroica y suave Judith en la pérfida y cruel Salomé.



¿Qué le pasó al gran Tiziano para pintar, con más de ochenta años casi, a una Judith tan diferente a como la había pintado cincuenta y cinco años antes? Y no sólo es -en el año 1515- el rostro, entonces tan bello, tan delicado y tan hermoso, también pintaría entonces todo de otra forma. Pero, antes de nada, conozcamos un poco la leyenda hebraica. El reino de Judá surgió de la escisión del antiguo gran reino de Israel a la muerte del gran rey israelita Salomón sobre el año 928 a. E.C. (antes de la era cristiana). Así que Judea, el reino de Judá, se situaba por entonces alrededor de Jerusalén, en la parte más sureña de aquel gran reino israelita de antes. Siglos después, alrededor de los años 600 a. E.C., el imperio asirio haría vasallo al reino de Judá, protegiéndolo y comerciando con él, consiguiendo Judá una gran prosperidad. Pero a la caída del imperio asirio, Egipto y Babilonia se enfrentarían por aquel territorio palestino. El imperio de Babilonia -el Neobabilónico- venció, y el reino de Judá terminaría siendo colonizado por los babilonios. Las ciudades de Judá fueron asoladas, y a una de ellas, Betulia, llegaría por entonces el general babilonio Holofernes para tratar de sojuzgarla. Se adueñó pronto de los canales de agua que abastecían la ciudad, y los judíos no supieron qué hacer entonces para poder vencerlo. 

Una muy bella mujer judía, viuda de un noble señor, se decidió a poner fin a aquel asedio injusto. Decidida, Judith -símbolo epónimo del pueblo judío- se embellecería mucho su joven cuerpo y, junto a una sierva, se dirigiría entonces a la tienda de Holofernes. Y allí, solo provista de belleza y dulzura, quiso homenajear -engañando- al salvador de su pueblo, argumentando que Dios habría abandonado a Betulia por la ruindad e impiedad de sus habitantes. Así, con inteligencia y sosiego, con elegancia y algunos que otros manjares, sedujo al fiero general babilonio. Luego de la invitación que éste le hiciera para entrar a su tienda, terminaron por quedar solos junto a su sirvienta. Entonces, con una fuerza solo llevada a cabo por la fidelidad a una idea -liberar a su pueblo-, tomaría su cuchillo y cejaría con él un corte poderoso alrededor del cuello de Holofernes. Con la ayuda de su sierva se llevaría la cabeza cortada del opresor babilonio a Betulia, donde los suyos pudieron comprobar cómo las huestes opresoras babilonias abandonaban ya aquel asedio.

¿Historia, leyenda? Ni siquiera los judíos lo consideran propio de su Torá, de su bíblia judía, lo tienen como algo apócrifo, falso. Sólo los cristianos ortodoxos y católicos lo tienen en cuenta con su Libro de Judith. En el Antiguo Testamento, en Judith, 13-6-8, se dice:  Avanzó, después, hasta la columna del lecho que estaba junto a la cabeza de Holofernes, tomó allí su cimitarra -espada o sable curvo de Oriente medio- y, acercándose al lecho, agarró la cabeza de Holofernes por los cabellos y dijo: "¡Dame fortaleza, Dios de Israel, en este momento!" Y, con todas sus fuerzas, le descargó dos golpes sobre el cuello y le cortó la cabeza. Y el Arte occidental desarrolló una temática artística extraordinaria para crear una de las iconografías más impactantes y bellas de todas las que una heroína tuviera. Todos la pintarían hermosa, joven, poderosa, decidida, convencida así de que lo que ella estaba haciendo -o había hecho- era un acto de piedad, de fe, de autoafirmación o de vida.

Sin embargo, hubo otro gesto muy parecido en otra leyenda sagrada, uno donde otra mujer semita portaba la cabeza degollada de un hombre entre sus manos. Salomé, hija de Herodías, a cambio, no fue ninguna heroína, ni amable ni idealista. Quiso poseer lo que nunca ella poseería, y pidió entonces -utilizando la misma estratagema femenina que Judith- la cabeza de San Juan Bautista. Judith no; Judith se arriesgaría, a pesar de su fragilidad y ternura, a ajusticiar al opresor de su pueblo, al opresor de sus principios o de su vida. Sólo le acompañó entonces su belleza, su serena, maravillosa, tierna y convincente belleza. Por eso murió Holofernes, a cambio de San Juan, por ser vencido así por la Belleza. Por la ideal, por la perfecta representación de una belleza, no por la ignominiosa belleza representada, sin embargo, de Salomé. Iconográficamente existen elementos para diferenciar una acción de otra, una leyenda de otra. Salomé no portaba ningún arma asesina, ya estaba muerto San Juan cuando ella viera su cabeza degollada. Judith mataría a Holofernes con su cimitarra oculta en su ropajes. Salomé no estaba con ninguna sirvienta, Judith se haría acompañar de una. Pero, hay más diferencias...

La intencionalidad lujuriosa de ambas eran muy distintas. Para una era un medio, para la otra fue un fin. Judith no quiso seducir nunca a Holofernes para satisfacer ningún deseo carnal o terrenal. Salomé era lo único que ella deseaba, y, como no pudo obtenerlo, lo mandaría ajusticiar y recibir luego el trofeo sanguinario de su lujuria. Dos rostros, dos cuerpos, dos gestos, dos miradas, dos sentidos, dos momentos distintos, pero, ¡tan parecidos...! Y esta semejanza ha llevado a confundir obras de Arte a lo largo de la historia. Aún sigue siendo motivo de polémica artística saber si un lienzo representa a Judith o a Salomé -incluso se confunden en algunas reseñas de internet-. Como el lienzo que realizara en su juventud el gran pintor italiano Tiziano, que aparece en una entrada de internet de la Galería Doria, del Palacio Doria de Roma, como Salomé con la cabeza de Holofernes. Creador muy longevo -llegaría a los noventa años casi según algunos historiadores-, tuvo el pintor italiano tiempo de cambiar sus ideas, sus semblanzas o sus formas de representar una misma obra. Así que Tiziano pintaría dos obras, al menos, del tema de Judith y Holofernes. Una en el año 1515, con treinta años aproximadamente el pintor; otra en el año 1570, con cerca de ochenta.

En Judith con la cabeza de Holofernes del año 1515 -actualmente en la Galería Doria de Roma-, Tiziano compone aquí una mujer bellísima, una joven que dispone de todo en su iconografía menos de una dura, decidida, cruda, pérfida, o hasta violenta imagen de heroica mujer. Aquí, en su obra renacentista temprana, Tiziano pinta una Judith -claramente Judith por ser acompañada de su sirvienta, a diferencia de Salomé- que contrasta con la cruda, sanguinolenta y degollada cabeza de Holofernes. Representa ella aquí todos los valores, todos esos valores clásicos que harían a Judith una modelo de mujer, una reconocida y muy elogiada mujer -hasta su sirvienta la mira aquí admirada-, esa mujer que había salvado a su pueblo de manos de un terrible opresor. La vida frente a la muerte, la razón frente a la pasión o la dulzura frente a la violencia. Pero, sin embargo, ella había sido la que había causado, con su propia decisión, la muerte de un hombre. Pero no era ahora la muerte de un hombre sino la muerte de la maldad, de la impiedad o de la falta de fe. Y esto a pesar de haber creído él, a cambio, tanto en ella...

Sin embargo, en la obra del año 1570 Tiziano crea otra cosa totalmente distinta. Ahora no es la misma joven mujer la que aparece claramente portando una cimitarra ensangrentada. Parece otra Judith, parece ahora una Salomé vanidosa la que sujeta por su cabello la cabeza de Holofernes. Porque ahora Tiziano habría cambiado. Se siente defraudado de la vida a sus ochenta y tantos años casi. El pintor había compuesto en su vejez cuadros muy desoladores, mucho más crueles que nunca de los que habría hecho el gran pintor manierista antes. Y por eso en su Judith del año 1570 el rostro de la joven no es aquí ni tan dulce ni tan distante, ni tan bello incluso, entre la dura composición además que el pintor hace aquí de su Judith con la cabeza de Holofernes. Ni los colores ni el fondo, ni la admiración de su sirvienta, nada; aquí no hay nada de todo aquello que él hiciera más de cincuenta años antes. Su Judith de su vejez no era la misma que la de su juventud. ¿Por qué? ¿Qué haría ahora más simbólico el pintor en su cuadro frente a aquel otro de su juventud? ¿Sería el hecho de que una mujer tan bella no podría ser, verdaderamente, tan convincente para llevar a cabo una acción tan dura? Hay que tener en cuenta que a finales del siglo XVI, cuando pinta esta abrumadora Judith, el mundo comenzaría ya a vislumbrar un cierto realismo menos heroico.

Pero, además, ¿qué otra cosa pudo suceder, a parte de una cierta verosimilitud, en la obra? Porque el gesto de entonces de Judith, aquel del año 1515, podría confundirse con una cierta admiración por el hombre herido de muerte. Ser ahora una especie de belleza vencida por un gesto oprobioso. Ver ahora que la mujer lo haría por una fuerza distinta a ella, por algo que no le saldría de sí misma sino de una fuerza sobrenatural, perdonable incluso, pero, ¿innecesaria? Todo lo contrario de lo que el pintor representara luego en el año 1570, en su vejez. En este último lienzo vemos a una mujer que no duda, que no le tiembla nada el pulso, ni siquera su rostro o su gesto, ahora inconfundible, convencido ya, con una cierta satisfacción -¿voluptuosa?- por lo que hace o ha hecho en su acto violento. ¿Es que ahora el pintor quiso defenestrar así, claramente, la figura tiránica y malvada de Holofernes, aún mucho más de lo que era? ¿O es que, mejor aún, quiso darle a ella un sesgo más hiriente, menos dulce, o más detestable, más lujurioso incluso, por ser ahora todo ello una muy cruel venganza? No se sabe ni se sabrá. El pintor, es cierto, acabaría sus años absolutamente contrariado y decepcionado de la vida y de los seres humanos. Para él, que había recreado la Belleza sin remilgos ni reservas, al final de su vida no pudo verla más allá de lo que su propio simbolismo iconográfico permitiera realizar en un lienzo, pero ahora ya sin deseos, sin elogios, sin admiración, sin esperanza, o sin ninguna grandeza.

(Óleos todos del pintor manierista Tiziano: Cuadro Judith con la cabeza de Holofernes, 1515, Galería Doria, Roma; Lienzo Judith con la cabeza de Holofernes, 1570, Museo de Arte de Detroit, EEUU; Óleo Salomé con la cabeza del Bautista, 1550, Museo del Prado, Madrid.)

2 comentarios:

Joaquinitopez dijo...

Fascinante visión del tema Judith/Salomé ya de por sí tema algo inquietante en ambos casos. Incluso me atrevería a apùntar com tomo la historia fue cambiando el tema para que la MUjer pasara de heroina a perversa realizando los mismos actos.
Soberbio blog, aunque no intervenga mucho lo sigo con verdadero interés.

Alejandro Labat dijo...

Gracias por apuntar estos comentarios, estimulan y hacen justificar las horas...
Saludos.

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