28 de diciembre de 2015

El paisaje como motivo de una vida y de una inspiración, de un sentido artístico o de una poesía.



Cuando los seres humanos quieren triunfar..., en un mundo que sólo se ofrece a los elegidos, la manera más segura de poder hacerlo es dedicarse a una sola de todas las posibles cosas de la vida. ¿Qué es triunfar? ¿Existe realmente el concepto de elegidos? Es tan oscuro el asunto como llegar a comprender la diferencia que existe entre un genio y alguien que, exactamente, no lo es. Una vez nacería un ser humano vulgar en el ducado francés de Lorena a comienzos del siglo XVII. Lorena fue un ducado independiente de Francia solo hasta el año 1766. Es muy curioso esto para entender la Historia de Europa. Cuando ahora hay territorios -en este caso un condado, lo único que fue Cataluña- que se quieren independizar a comienzos del siglo XXI, ya existieron ducados, territorio jurídicamente mayor que un condado, que dejaron de ser independientes en el siglo XVIII. ¿Se entiende esto? Bueno pues en Lorena, en aquel territorio independiente entonces, nacería ese hombre vulgar al que dedico estas imágenes -poco definidas ya que desgraciadamente el Museo del Prado ha dejado de ofrecer libremente imágenes en Alta Resolución- tan maravillosas de estos dos paisajes suyos.

Claudio de Lorena (1600-1682) pronto se quedaría huérfano de su padre, un campesino acomodado de Luneville (Ducado de Lorena). Y acabaría siendo enviado con doce años a vivir con su hermano mayor en Friburgo de Brisgovia, al suroeste de Alemania, muy cerca del ducado de Lorena. Su hermano era escultor y le enseñaría a dibujar muy pronto. Pero debía ganarse la vida de otra forma antes, y como los loreneses son famosos pasteleros marcharía a Roma para trabajar en ese oficio confitero. Sin embargo allí, en la artística Roma, tuvo la suerte de entrar en el taller de un pintor que, aunque poco famoso, le enseñaría el bello Arte de la pintura. A Claudio de Lorena le habría gustado ya..., desde que su hermano le enseñara a dibujar, el sentido de hacer eso todo el resto de su vida. Pero, ¿lo eligió él o fue elegido...? Aunque sí hubo algo que él eligiera por entonces, algo que racionalizó inteligentemente para, al menos, poder triunfar... Decidió dedicarse a pintar, de acuerdo, pero decidió hacerlo ahora sólo en una cosa, en una cosa muy concreta, una en lo que él sería el mejor, el único casi, en toda la Historia que lo consiguiera. Eligió tan solo pintar paisajes, nada más que paisajes, sólo paisajes, los mejores, los más sensibles, los más poéticos, los más elaborados... o los menos paisajistas del mundo...

¿Qué hay en los paisajes del gran pintor barroco Claudio de Lorena? ¿Barroco él? Pero, ¿cómo es posible que eso sea Barroco? Pero, ¿el Barroco no era otra cosa? ¿No era pasión, fuerza, embrujo desgarrado, colores contrastados, error humano, asalto sobrehumano o losa despiadada de una curva ladeada, ensartada o moldeada por la fatalidad, la falta de equilibrio o la vulgaridad más bella del mundo? Sí, ¡claro!, pero, además, también clasicismo..., el clasicismo de los paisajes barrocos de Claudio de Lorena. ¡Qué barbaridad! No hay manera de entender el Arte... Pero es que el Arte es deseo humano, y nada tiene que ver que ese deseo haya nacido en un periodo artísticamente concreto. Por eso mismo el pintor de Lorena fue inteligente... ¿Pintar como lo hacían Velázquez, Rembrandt o Rubens? Imposible para triunfar ahora. Toda una lección de vida aquí, de elección inteligente para, al menos, poder vivir del Arte. Y lo consiguió. Fue un elegido, sin duda, todo un genio del Arte. Pero, él también decidió hacer otra cosa: ser el mejor en algo único, no hacer lo que hicieron los demás sino lo que él sabría hacer ahora mejor, lo que entendió así como la mejor poesía que pudiera componerse ahora -entonces- en un lienzo.

Dos muestras aquí de su maravillosa pintura. También aquí habrá que elegir... Una obra titulada El pastor, ubicada en la National Gallery de Arte de Washington, D.C.; otra obra de él denominada Paisaje con las tentaciones de san Antonio, expuesta en el Museo del Prado. Dos obras contrastadas aquí, ahora, por el sentido bucólico una..., y por el sentido sagrado la otra; por el color luminoso, brillante y sosegado una, y por el oscuro tenebroso, ensoñador, misterioso, terroso y opaco la otra. En ambas, la poesía de la imagen llevada al máximo de representación. ¿Hay ahí otra cosa que sensibilidad poética..., en las perfectas, clásicas y equilibradas líneas de un paisaje profundo, grandioso, exorbitante y mágico? No. Y eso es lo que fue Claudio de Lorena, el mejor poeta-pintor del Arte... Nadie lo hizo como él, nadie consiguió todo eso: clasicismo y poesía, brillantez y claroscuro, renacimiento y barroco, naturaleza y ser humano... Porque en los paisajes de Claudio de Lorena siempre hay seres humanos. No entiende el pintor un paisaje sin ellos. No, no hay paisaje representado sin hombres... ¿Qué sentido tiene el paisaje si no es para vivir el ser humano en él?

En su lienzo El pastor, de cuya fecha exacta de creación no he conseguido averiguar nada, el autor compone el amanecer -porque debe ser un amanecer ahora- más extraordinario que de un paisaje pueda llenarse en todo un cielo pintado. Es aquí ahora la fuerza del amarillo, ese color que surge ahí para alumbrar la vida y los pensamientos del pastor... En la vulgaridad de un pastor veremos aquí, tal vez, ubicar ahora el sentido del Barroco. Es un simple personaje desconocido, no es ningún héroe de leyenda o sátiro mitológico, algo más propio del Renacimiento. Sin embargo, todo lo demás es clasicismo. Perfecta composición clásica en un entorno natural muy equilibrado. ¿Hay algo ahí, en esta obra de Lorena, fuera del sentido perfecto de la vida? El otro lienzo de él tiene reminiscencias aún mucho más clásicas. Un claustro derruido, compuesto de columnas y de arcos de los de antes, del período más clásico, de aquel orden arquitectónico más insigne, elogioso además de la vida más primorosa o ajena a lo más vulgar del hombre. Y, ¿qué menos vulgar que un santo, un ser que aquí lucha ahora por vencer, elegantemente, sus tentaciones? Porque aquí no hay súcubos o mujeres ensoñadoras y lujuriosas que tienten al hombre; tampoco monos o flores o cosas bellas y curiosas que le distraigan con un paisaje floreciente. No, aquí tan sólo ya la luz divina, esa misma luz que, entre nubes tormentosas, dejaran ver el perfil tan humano del hombre. Solo detrás y lejos de él se vislumbrarán ahora vagamente otros seres, unos diferentes a él, alejados de la verdad o de la visión consoladora de algo parecido a una estremecedora, bella, empequeñecida pero muy eterna luz...

(Óleos de Claudio de Lorena: Cuadro El pastor, siglo XVII, National Gallery de Arte de Washington, D.C.; Lienzo Paisaje con las tentaciones de san Antonio, 1638, Museo del Prado, Madrid.)

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