23 de diciembre de 2015

La mirada del Arte: desinteresada, perdida, carente, volátil, sagrada, solemne, infinita...



Pietro di Cristoforo Vannucci (1446-1523) pasaría a la historia del Renacimiento con el nombre de el Perugino por haber nacido en Perugia, capital de la profunda, agreste y montañosa región italiana de Umbría. Pero, realmente, no nació en esa ciudad, sino en Castello della Pieve, a unos treinta kilómetros de ella. Es, junto con Leonardo da Vinci -coetáneo suyo-, uno de los primeros en definir el Renacimiento en Italia. Una época muy liberal y tolerante en el pensamiento y en las formas. Tanto como sus creadores quisieron hacerlo. Y el Perugino es un ejemplo fundamental en el Arte para entender eso. En su obra Madonna con el niño entre san Juan y san Sebastián, veremos unos personajes sagrados en una escena más laica que piadosa, menos hierática que natural, o más melancólica que trascendente... En la biografía que escribiera Vasari de los pintores del Renacimiento, el Perugino es criticado despiadadamente, pero no como pintor sino como persona, aunque, años después, los críticos también consideraron que el Perugino no llegaría a ser un gran maestro en el Arte, y todo por la repetida forma de componer siempre los mismos rostros, los mismos gestos, o la misma mirada...

Decía Vasari de el Perugino que solo se preocupó por amasar fortuna, que se caracterizó por su avaricia y por su falta de fe. En aquellos años renacentistas no era nada escandaloso vivir así; cada cual podía vivir y pensar como quisiera, si podía, además, vivir de lo que hacía, y el Perugino vivió muy bien gracias a sus encargos en Italia. Por eso el Renacimiento fue una revolución artística y vital extraordinaria, algo que no volvería jamás a vivirse nunca. En él no hay emoción, no hay fuerza, no hay tensión, no hay pasión..., como lo hubiera, por ejemplo, un siglo después en el Barroco. Pero, sin embargo, hubo otra cosa... La mirada, la mirada del Arte. A veces directa, a veces ladeada. A veces, queriendo mirar a quien lo mira, otras, no mirando a nada. Es la única emoción, si es que es una emoción, que lo es, aunque apaciguada, y que el Renacimiento urdirá con sus modelos para tratar ahora de ofrecer algo más que equilibrio, que mesura, que elegancia, que distancia, medida o fragancia en lo que hiciera. Y todo ello para representar la Belleza con unos colores y un gesto comprendidos ya por la diferencia que deberá existir entre crear algo, y darle vida sin tenerla. 

En uno de los frescos que pintara en la Sala de Audiencias del Collegio del Cambio, en Perugia, un centro de finanzas del Renacimiento, el Perugino compone varias figuras en la pared, entre ellas, unas bellas sibilas legendarias. Una, la sibila de Tiburtina, reflejará aquí, en el maravilloso fresco renacentista de Perugia, la mirada más bella que de un rostro sin vida, sin emoción, sin dolor o sin sentido, pudiera ya pintarse en el temprano año 1500. En él, el creador vuelve a repetir el mismo semblante que sus críticos le reprocharan para no hacer del pintor de Perugia todo un genio renacentista. Pero, no. Para el pintor sin piedad, sin fe, llevado a una vida más material que espiritual -aparentemente-, la mirada no podría ser más que como él la pintara, tan enigmática como universal, tan poco hierática como sagrada, tan profundamente humana como ya falta de humanidad. Y es que el Arte lo puede englobar todo, hasta el sin sentido de una mirada repetida, sin otra representación que la misma de siempre. ¿Qué más se puede hacer con una mirada para hacer de ella todo un gesto universal...? 

En la obra de la Madonna del año 1493, el Perugino llevará el rostro virginal de María a una belleza que, años después, su discípulo Rafael, el gran Rafael Sanzio, conseguirá plasmar siempre en sus maravillosas y piadosas madonnas. Pero, aquí, no; aquí no hay piedad, ni sagrada devoción. Sólo el conjunto de los otros personajes nos lleva ahora a ubicarla a ella, a la Madonna, en su papel más sagrado. En la imagen del detalle, aislado aquí de su obra completa, vemos que sólo aquí el níveo nimbo sagrado que rodea su cabeza nos recordará ya su sentido religioso. Porque será, sin embargo, la belleza de la imagen de su rostro, la de su cuello, la de sus cabellos trenzados y la de su mirada... Ésta alejada aquí, además, de todo; llevada así a ningún lugar preciso, ninguno que necesite ser mirado. Todo el Renacimiento en sus inicios, aquí, en sus miradas, estará aquí retratado. Como el de su obra María Magdalena, que casi nos mirará ella aquí. ¿Nos mirará...? Porque, sin embargo, así será la mirada del Arte... Sin sentido, sin interés, y distante. Toda mirada, a veces, es así. Y no es así ya por mirar, sino por no hacerlo. Porque, hacerlo es mirar algo concreto, algo que está lejos de uno mismo, que es otro..., que será una cosa concreta, una que podrá ahora ser mirada. En el Arte no, en el Arte, desde el Arte, mejor dicho, ¿qué puede ser mirado...? Nada. Nada puede mirar el Arte, sólo él puede ser mirado..., pero no mirar, verdaderamente. Y así fue ya entendido por unos creadores geniales, unos seres que vivieron en un momento único en el mundo, un momento que duró muy poco, y que nunca más regresará, salvo en sus obras.

(Obra detalle del fresco Todopoderoso con profetas y sibilas, 1500, El Perugino, Collegio del Cambio, Perugia, Italia; Detalle del óleo Madonna con el Niño entre San Juan y San Sebastián, 1493, El Perugino, Galería de los Uffizi, Florencia; Óleo sobre tabla Madonna con el Niño entre San Juan y San Sebastián, 1493, El Perugino, Galería de los Uffizi, Florencia; Obra de El Perugino, María Magdalena, 1502, Galería Palatina, Palacio Pitti, Florencia,)

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