11 de diciembre de 2015

La victoria como un impulso ante la barbarie más que como una conquista arrolladora.



Cuando en el año 1909 publicase el poeta e ideólogo italiano Tomasso Marinetti (1876-1944) su Manifiesto Modernista, el mundo occidental habría comenzado a caminar por un precipicio tenebroso, por un falso y equivocado sentimiento que le llevaría a despeñarse, muy pronto, por uno de los siglos más violentos y sanguinarios de toda su historia. Y en ese manifiesto modernista Marinetti, entre otras cosas, escribiría: La Pintura y el Arte han magnificado hasta hoy la inmovilidad del pensamiento, el éxtasis y el sueño; nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, la carrera, el salto mortal, la bofetada, el puñetazo... Afirmamos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un coche de carreras con su capó adornado con grandes tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo, un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla..., es más bello que la Victoria de Samotracia.

Los antiguos griegos fueron los primeros occidentales que entendieron la verdadera diferencia entre la vida y la muerte, entre elegir vivir... o elegir equivocarse. Y crearon toda una cultura de libertad incipiente, de elogio a la vida, de riqueza por armonizar lo práctico y lo eterno, lo terrenal y lo divino. ¿Cómo si no iba a surgir el Arte equilibrado, el más idealizado, el más exquisito, aquel que combinara belleza y sabiduría? Porque antes o existía belleza o existía sabiduría. Las dos cosas juntas, unidas y entrelazadas, la inventaron los griegos entre los siglos VI y V antes de la era cristiana. Y no pudieron menos que componer a sus dioses con las bellas formas de los más bellos seres humanos. Entonces asimilaron esa belleza divina a la propia belleza humana, dándole ahora un sentido creíble y real pero, a la vez, representando así con ello las más elevadas cualidades o virtudes sagradas que habrían ideado antes. En la genealogía de sus dioses, Nike fue la divinidad griega de la Victoria. No de la guerra, que también tuvo su dios, no, sino de la victoria, de la alegría por vencer al contrario, a lo diferente, por alcanzar con ella -con la victoria- la gloria más excelsa de la vida, el triunfo vital más deseado o la mayor bendición de esta. La representación de la diosa griega Nike combinaba el cuerpo de una bella y joven mujer... con unas alas desplegadas a su espalda. El símbolo alado, las alas, indicaba un enlace con la divinidad, un rasgo muy sagrado para las imágenes o esculturas que lo llevaran. Pero era algo más lo que suponía... Porque todas las efigies sagradas no llevaban alas, tan solo aquellas que podían cambiar, que podían dejar de ser lo que eran para, así, transformar ahora su sentido en lo contrario. Como Eros, el dios del Amor, Nike también podía dejar de ser, aleatoriamente, un motivo de salvación o de impulso para sus protegidos y convertirse en otra cosa... Podría volar, podía ahora esfumarse como el viento para, tal vez, regresar luego pasado un cierto tiempo, o no regresar. Por eso llevaba alas Nike, por eso fue compuesta así (en el siglo II a.E.C.), con alas a su espalda, la escultura de la diosa griega Victoria que fuera encontrada, ahora descabezada, durante el año 1863 en la isla griega de Samotracia

El mundo antiguo conocido de aquellos siglos -VI y V a. E.C.- fue por entonces un escenario bélico donde dos fuerzas contrarias lucharían por vencer: el inmenso imperio Persa y el conglomerado de pueblos griegos situados alrededor del mar Egeo. Pero, habría una diferencia en ese enfrentamiento. Uno de ellos quería la victoria para conquistar al otro, para dominar con su civilización el occidente de su vasto imperio. El otro sólo quería defender con su victoria su propio mundo, ese que ellos habrían comprendido como el mejor mundo posible, el más sabio y el más bello y que en su forma de emprenderlo habrían alcanzado a desarrollar expandiéndose. Lucharon en una fiera batalla en un golfo cercano a una de sus islas griegas, la de Salamina, en el año 480 a. E.C. Y vencieron. Y no pudieron más entonces que agradecer a aquella diosa, Nike, diosa que desde entonces igualaron a su más grande diosa ateniense, Atenea. Y decidieron erigir un templo a su memoria. Una memoria para no olvidar, para elogiar y para seguir viviendo... A pesar de este deseo tardaron casi sesenta años en elegir el momento para levantar ese templo. Sería construido en la densa Acrópolis ateniense, en un lugar privilegiado a la entrada del mismo, elevada sobre muros y un paramento de relieves pero, ahora, en un pequeño espacio que allí quedara libre para hacerlo.  

Un templo muy pequeño para un sentido tan grande... Pero es que los griegos fueron los primeros que no asociaron nunca grandeza con tamaño físico. Los primeros en toda la historia de la humanidad que erigieron templos a la medida del hombre, de un solo hombre... pero de todos los hombres. Para todos los hombres. Los griegos que más sufrieron aquel acoso imperial persa fueron los jonios, los griegos asentados en la costa del Asia menor, al otro lado del mar Egeo. Allí, en Jonia, surgirían el pensamiento filosófico más sutil, el verso lírico más hermoso, o la arquitectura más bella y armoniosa del mundo. Por eso el pequeño templo erigido en la Acrópolis ateniense para homenajear a Nike fue construido en ese orden arquitectónico, el jónico, el más sublime de todos. Y sus arrebatadoras columnas jónicas resaltarían luego ante su limitada estructura. Cuatro columnas delante y cuatro detrás. Con el orden, la elegancia, el sentido de equilibrio, sabiduría y belleza que aportaban al mundo con sus formas. No fue necesario tanto para albergar lo más sagrado, lo más elogioso o lo más glorioso. Solo belleza, solo medida perfecta para representar el sentido eterno de lo que permitiera vivir..., no morir. Para mantener así el impulso ante lo avasallador, ante toda esa barbarie...

Pocos años antes de comenzar a levantar el templo de Nike, Atenas comenzaría otra guerra. Fue, sin embargo, una guerra ahora contra sus propios hermanos griegos, contra Esparta. Fueron otros griegos, con la misma cultura, quienes lucharían ahora con ellos. Y perdieron esta vez. Pero los vencedores no arrasaron nada, sólo consiguieron la hegemonía frente a la vanidosa Atenas. Mantuvieron el templo y sus dioses. Porque en ese templo de Nike se guardaba una efigie de la diosa, pero una efigie que, ahora, no llevaba alas... Y no las llevaba para que no pudiera, con ellas, salir volando y escapar así la victoria de su lado. Luego pasaron los siglos, y los griegos dejaron paso a Roma y, más tarde, al Cristianismo y su teología. Y así hasta que los otomanos y su imperio turco -una reminiscencia de aquel imperio avasallador persa- no tuvieron ningún escrúpulo en derruir esa sagrada belleza de templo griego para, con ella, construir en el siglo XVII una mera y vana posición privilegiada de vil artillería. Todo acabaría bajo las piedras amontonadas de la barbarie... Siglos después, cuando Grecia consiguió su independencia frente a Turquía, fueron reconstruyendo aquella Acrópolis piedra a piedra, encontradas en parte de lo que fuera todo aquel hermoso templo sagrado de antes. ¿Qué sagaz victoria puede hoy homenajearse en un mundo donde aquellos principios ancestrales, en parte ignorados, hicieron entonces construir una gran idea de vida? ¿Dónde estará hoy la barbarie...? Es tiempo de comprender que lo que hoy somos forma parte de todo lo que ya se hizo, tanto de lo bueno -la belleza y sabiduría ancestrales- como de lo malo -la ideología violenta y el rechazo a la virtud más elogiosa de lo eterno-, pero es vital saber que no se puede prosperar sino recuperando aquella actitud ancestral ante lo decisivo de la vida, esa que elogiamos vivir todos. La memoria servirá..., pero ahora la memoria de lo virtuoso, de lo sagrado -en el sentido trascendente en general-, de lo permanente como virtud humanística; de lo que hace que una piedra sobre otra llegue a representar lo más insigne, lo más bello, lo más armonioso, lo que, como aquellas, esté siempre tan lleno de sagrada vida eterna...

(Imagen de la estatua La Victoria de Samotracia, Siglo II a. E.C., Escuela de Rodas, Periodo Helenístico, Museo del Louvre, París; Estatua de Atenea-Nike, Siglo V a. E.C., Museo Arqueológico de Atenas; Fotografía actual del Templo de Nike, Acrópolis, Atenas; Acuarela del pintor alemán Werner Carl-Friedrich, 1877, Templo de Nike, vista desde el noreste, Museo Binake, Atenas; Imagen fotográfica de la Acrópolis ateniense derruida, durante el periodo de reconstrucción en el año 1869, a la derecha el pequeño templo de Nike, fotografía de James Stillman; Imagen fotográfica del frontal del Templo de Nike durante el año 1896, donde se observa la reconstrucción del templo jónico, piedra a piedra, encontrado por entonces, Museo Hallwyl, Estocolmo; Fotografía actual de un lateral del Templo de Nike, Atenas; Fotografía actual del mismo frontal del Templo de Nike, con sus columnas jónicas, el arquitrabe y parte reconstruida de su frontón y cubierta.)

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...