6 de enero de 2016

La difícil composición de la Adoración de los Magos, una iconografía desequilibrada.



No se ha valorado lo suficiente la maestría de algunos pintores para encuadrar la Adoración de los Magos en un lienzo. Porque la iconografía de esta leyenda sagrada es inapelable: son tres los personajes que se presentan ante la virgen María y el niño. Y el tres es ahora un número que no encajará muy bien con el Arte y sus medidas de belleza. ¿Por qué? En una imagen donde un grupo central -la madre y el hijo- debe ser adorado por tres iguales personajes -esto es importante, los tres son tres iguales figuras destacadas-, y que además deben aparecer todos de alguna forma así en el lienzo, ¿cómo hacerlo para que esa representación sea creíble y a la vez bella? Imposible. Pero, sin embargo, los pintores de la historia trataron de conseguirlo con originalidad, habilidad y belleza. Algunos lo consiguieron completamente, otros sólo hicieron una obra de Arte sin preocuparse demasiado de la adecuada representación de la adoración de tres personajes a un cuarto.

Fijémomos bien en esta muestra de varias obras de Arte sobre la Epifanía. Sólo uno de los magos de oriente puede estar ahora al mismo lado del niño, tocándolo o mostrando cerca de él sus manos en señal de respeto. Los otros dos no pueden hacerlo. Pero, no es esto solo. ¿Cómo situar a tres personajes frente a uno solo? ¿Cómo hacerlo para que el conjunto plástico sea equilibrado? Imposible. Las leyes no escritas -o escritas también- de la belleza iconográfica de un cuadro no admitirán que ese número pueda ser utilizado para producir un instante de admiración visual. Dos personajes que adoran a un tercero es lo ideal, cuatro, también. Pero, y tres, ¿cómo representarlo? No se puede, verdaderamente. Por eso uno de ellos debe quedar atrás. O dos. Porque si solo quedara uno, ese personaje sería marginado claramente. No, no puede ser tampoco. Uno sólo debe estar arrodillado, o postrado o inclinado, ante el objeto de adoración, los otros dos alejados, da igual que uno lo esté más que el otro.

De una muestra aleatoria de obras de Arte de esa iconografía, podemos elegir las que queramos: siempre será así. Pero aquí he querido destacar algunas que pueden mostrarnos la genialidad de los creadores para, salvando esa eventualidad del tres, conseguir además una extraordinaria composición, fundamentalmente original, lo más valorado entiendo en este tipo de encuadre complicado. Para mi gusto el mejor encuadre lo realiza Alberto Durero, el pintor alemán de los inicios del Renacimiento, en su obra de Arte Adoración de los Magos del año 1504. La composición es la más original y bella de cuantas he podido ver en una navegación interesada... Es de las pocas obras además que en un primer plano sólo están ahora los tres magos, la madre y el hijo, y nada más. Es de las pocas obras de Arte que ninguno de los tres magos de oriente está de espaldas, ni de lado... Incluso el rey Melchor, el mago más anciano de los tres, está ahora aquí escorzado, girado para adorar al niño, pero sin dejar de mostrar su frente al espectador: el único ser que percibe, y merece, siempre el sentido de una obra artística.

Todos los demás pintores incorporarían a otros personajes. Cuando no es san José, son pajes. Algunos pintores hasta llevan su obra de Arte a un espectáculo lleno de figuras por todos lados, como el gran Rubens, que nos obliga a poder destacar aquí, difícilmente, las tres figuras principales de una Adoración... El pintor flamenco Hans Memling -en su Tríptico de la Adoración del año 1479- dejaría muy claro cuáles son los tres personajes. Es esta una obra renacentista, centrada, proporcionada, buscando ahora el equilibrio..., algo que no conseguirá. Sólo hay sorpresa estética ahí, una belleza ahora en el fondo de una perspectiva que sí es simétrica, una belleza también en los vestidos y en los detalles de una extraordinaria composición cromática y figurativa. Por primera vez se representarían las tres etnias de los tres continentes conocidos, además de las diferencias en las tres edades de los tres magos. Esa magnífica centralidad de la Virgen y del fondo de la escena, trataría de compensar en la obra de Arte el desequilibrio evidente de la imagen. 

Hay otro Tríptico, el de Van der Weyden, que tampoco conseguirá, éste menos aún, ningún equilibrio en su composición, ninguna belleza en ese sentido. La busca también el autor con la edificación del fondo, pero el pintor comprende pronto que no tiene mucho sentido y la adapta al mismo desequilibrio que el de la sagrada escena: el muro de la derecha está ahí más inclinado, más abierto en ángulo que el de la izquierda. Consigue así mostrar el creador menos contraste, al ser todo ya lo mismo: hacia ese lado, desequilidradamente, están ahora aquí los tres magos de oriente. Una extraordinaria obra maestra de la pintura, con belleza de creación pictórica, de figuras, de colores, de detalles materiales, pero imposible conseguir el efecto aquel de tres más uno.  Las otras obras de Adoración de los magos en la historia son todas maravillosas obras del Arte Universal. Desde un Velázquez de sus años jóvenes, donde la originalidad la lleva el pintor español a las figuras, a los rostros tan humanos de las barrocas figuras, algo que él supo identificar muy bien con el Arte barroco: son todos vulgares personas representando a grandes personajes. 

También hay dos obras más de dos grandísimos pintores españoles: Murillo y Zurbarán. Ambos retratan a los tres magos, a la Virgen y al niño casi de la misma forma, con las mismas galas casi, con la misma posición. Sólo Murillo consigue acercarnos más a la ternura y a la candidez, a la belleza más genuina a pesar del difícil empeño -imposible siempre- por tratar de encajar tres iguales personajes en una misma adoración. Por último destacar una obra de un pintor español desconocidísimo. Baltasar de Echave Orio, un vasco que emigraría a la Nueva España -México- a finales del siglo XVI. Allí crearía una dinastía familiar de pintores novohispanos. En el año 1610 compuso su Adoración de los Magos. Él conseguirá, sin embargo, que ninguno de los tres magos dé la espalda al espectador; él consigue también un paisaje tan renacentista como brillante; él dibuja ahí una estrella rutilante, una tan original como atractiva por el singular efecto de atraer la mirada claramente. Es, para tratarse de un pintor poco conocido y valorado, una muy genial obra de Arte. Porque aquí además una de las manos del primer mago de oriente -Melchor- se apoya ahora en el suelo, gráficamente. Se sitúa su mano izquierda ahora así en un gesto que tratará de compensar ese desequilibrio, el que existirá naturalmente para poder componer una figura tan inclinada, tan escorzada para poder así besar y, a la vez, no dar la espalda al espectador... en una composición tan difícil o tan complicada.

(Óleo Adoración de los Magos, 1504, Alberto Durero, Galería de los Uffizi, Florencia; Detalle del Tríptico de Santa Columba, Adoración de los Magos, 1455, Roger van der Weyden, Antigua Pinacoteca, Munich, Alemania; Lienzo del pintor Baltasar de Echave Orio, Adoración de los Magos, 1610, Museo Nacional de Arte, México; Óleo Adoración de los Magos, 1619, Velázquez, Museo del Prado; Lienzo La Adoración de los Magos, 1639, Zurbarán, Museo de Grenoble, Francia; Cuadro del pintor español Murillo, Adoración de los Magos, 1660, Museo de Toledo, Ohio, EEUU; Obra La Adoración de los Reyes Magos, 1629, Rubens, Museo del Prado; Tabla Tríptico de la Adoración de los Magos, detalle, Hans Memling, 1479, Museo del Prado.)

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