10 de marzo de 2016

El lenguaje amable del Arte, o el academicismo contradictorio de una sociedad satisfecha.



¿Fue el mejor de los tiempos, fue el más engañoso, o fue una suerte de adormidera sensación para huir de la atmósfera ruin, tan vertiginosa y violenta de entonces? Cuando el joven artista Jean-Léon Gérôme (1824-1904) quiso presentar una obra suya al Salón de París de 1847, eligió Jóvenes griegos haciendo pelear a gallos, una pintura que realizara Gérôme el año anterior. Con diecisiete años llegaría a París para estudiar en la Academia Julian, allí conocería al maestro Paul Delaroche al que acompañaría a un viaje a Italia durante los años 1844 y 1845. Extraordinario artista, correcto, perfecto, academicista en todos los sentidos, siguiendo a sus maestros en la forma, en el fondo y en sus colores. Pero, habría algo más en ese joven creador de entonces... El caso es que la sociedad concreta de esos años -Segundo Imperio francés- le era muy propicia para componer él escenas exóticas, clásicas y muy excitantes. Y Gérôme comprendió muy pronto que la forma no podría variar mucho de su fondo. Y el Arte le eligió a él tanto como él eligió ese Arte.

Y ganaría una medalla en aquel Salón parisino de 1847, cuando el pintor sólo tendría veintitrés años. Y entendió que aquello gustaba y que él sabría hacerlo. Luego, cuando el Impresionismo triunfó, hasta él -que antes lo había criticado como algo decadente- admiraría la nueva tendencia que llevaba a romper la forma en bien del fondo... No, no era eso para lo que él habría sido creado pintor. Y siguió componiendo obras exóticas, lujuriosas, bellas, equilibradas, distantes, adormecedoras obras donde el relajo de la vista no impedía que ésta, también, llegara a encandilarse con una suerte de algo más que no alcanzaba uno a comprender..., ¿cómo era posible que una escena tan clásica, tan manida, pudiera ahora hacernos llegar un hálito de satisfacción más allá de las propias que unas formas tan correctas pudieran conseguir? El Arte es el que consigue eso, solo el Arte.

Jean-Lèon Gèrôme eliminaba de la realidad de sus lienzos todo cuanto pudiera parecer grosero, feo o vulgar, y producía así amables desnudos, generalmente clásicos griegos, que hacían vibrar el fervor de un público tan ávido de belleza, erotismo o equilibrio. Y la época condicionó, como condiciona a los artistas, al gusto de las obras que éstos elaborarán. Gèrôme quiso componer entonces una pintura amable de unos jóvenes bellos jugando en un entorno clásico, sin otro contraste más que la belleza de unos cuerpos desnudos con la deteriorada, por ejemplo, escultura clásica o las piedras clásicas manchadas del fondo. Más allá la bahía de Nápoles, con su azul oscuro y su cielo sosegado que favorecían aquí la excelencia de la cabeza de una joven mujer griega, absolutamente griega y satisfecha. Por entonces era esto todo lo que verían los deseosos y satisfechos ojos franceses en 1847. Pero, sin embargo, ¿y hoy?, ¿dónde estará aquí, más allá de lo bellamente clásico de una pintura academicista, en esta pintura, lo que hará ahora de ella una obra eterna de Arte?

Y aprovecho para seguir manejando una teoría que cada vez alimento más al ver y entender Arte: que las obras serán propias del Arte mismo..., no del autor en sí (las que lo sean, claro). Es decir, que las mejores obras de Arte serán intemporales, no creadas entonces -cuando lo fueron hechas- por un autor concreto que supiera, exactamente, qué es lo que con ella debiera hacer entonces. No, las obras de Arte serán hechas a pesar de su autor..., serán realizadas por una intuición universal, por algo que las llevará a ser lo que son, eternas creaciones que guardarán algo siempre y que las llevará a una vigencia permanente... Cuando Gèrôme realizó esta exquisita obra de Arte, la cultura social establecida entonces no habría considerado aún la sordidez de una pelea de gallos, la falta de belleza en ello, la grosería que ese gesto pudiera tener en un escenario tan bello y radiante. Sin embargo, la obra contiene, encerrada en su aura de Arte universal, la visión evolucionada de otra cosa... Sigue en ella vigente la escena de belleza porque mantiene, ahora, un contraste permanente. Uno que sobrepasará incluso al de las propias figuras humanas, las desnudas de dos jóvenes griegos y el de su epítome esculpido en piedra... Ahora será la belleza inocente, ingenua, natural, prodigiosa, tan llena de promesas, y que los dos jóvenes mantendrán con su ternura, la que contrastará aquí -para siempre- con la feroz, hiriente, desentonada y tan violenta pelea de dos animales.

(Óleo Jóvenes griegos haciendo pelear a dos gallos, 1846, Jean-Léon Gèrôme, Museo de Orsay, París.)


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