18 de marzo de 2016

La pintura romántica: una descripción gráfica de un instante que observa un sujeto imposible...



Eso es lo que la Pintura es a veces... La pintura más intimista, la más personal, aquella que nadie puede estar viendo realmente desde ningún lugar mientras se esté llevando a cabo... Porque es imposible confeccionar la obra de Turner desde donde se ve ahora la escena retratada -¿quién pudo pintar ni mirar con detalle desde el lugar donde debía estar el autor situado y con esa fuerte tormenta?-; o, también, porque el personaje ensimismado de la obra de Friedrich no se dejaría ver por nadie así, mientras camina solitario, absorto y melancólico. Ambas obras maestras del Arte universal pertenecen a la tendencia romántica, ese estilo y momento pictórico y emocional que se vivió en la primera mitad del siglo XIX. El Romanticismo es visto aquí en toda su fuerza, tanto interior como exteriormente... El hombre, el ser humano más personal, es ahora aquí el verdadero y único protagonista del acontecimiento artístico. Pero, sin embargo, aquí, cómo es posible eso si es precisamente la Naturaleza, y no el ser humano, quien más se prodigará y se representará en estas obras.

En el caso de Turner la Naturaleza es desasosegadora, alarmante, vigorosa. Puede ser dominada con alguna acción decidida, con alguna técnica náutica -el viraje y maniobra marinera del piloto naval pueden conseguirlo-, pero también con audacia y satisfacción personal incluso. En el caso de Friedrich la Naturaleza no es vencida para nada ni dominada, ni satisfecha, porque apenas es alarmante ni poderosa en esta escena romántica. Aquí es ahora otra naturaleza, la interior del ser humano, la que es controlada -dirigida- por el propio hombre. El Romanticismo en el Arte son también colores sorprendentes, son colores que no se ven así en la vida real, que sorprenden porque no se perciben ahora con los ojos sino con la emoción más intuida. Una emoción que, en ese preciso momento -no en otro-, llegaremos a sentir muy brevemente. Por esto los pintores románticos se esforzaban en hacerlo notar especialmente como nunca antes se hubiese hecho expresar en un lienzo. Turner en su obra transformará todo proceso natural de cualquier reflejo luminoso. El agua no es así, de ese color dorado que vemos en su obra, ni el cielo tampoco. En su obra el pintor británico relata una leyenda, la de un personaje holandés famoso por ser gran almirante de los mares -Cornelis van Tromp-, pero aquí ahora, sin embargo, no nos cuenta un hecho histórico importante, ni una gesta que merezca ser recordada en los anales heroicos, no; tan sólo una recreación cotidiana de una admirable habilidad marinera. El resto ahora, en su lienzo romántico, no importa para nada.

Caspar David Friedrich es el pintor alemán romántico por antonomasia. El Romanticismo alemán es intimismo, es sobrecogimiento, es decepción, pero también es esperanza. En su obra Un paseo al atardecer, el pintor David Friedrich vagaría a través de su propio personaje rodeado ahora de un paisaje que no daña ni atormenta, ni alerta para nada. En el lienzo representaría la finitud de la vida -la muerte-, por un lado, y, por otro, la infinitud primorosa -la vida eterna-, ambas cosas se enlazan ahora ahí sin solución de continuidad, es decir, sin límites, sin contornos precisos porque todo es aquí uno y vario... La gran roca superpuesta en la superficie de la tierra -por los hombres no por la Naturaleza- es un túmulo prehistórico de finitud que matiza la fuerza humana que supuso colocarla ahí. Las ramas desnudas y sin vida de los grandes árboles que vemos cerca del paseante desentonarán con el esplendor de una luna llena poderosa, una penumbra que ilumina tenuemente los alineados robles del fondo, ahora éstos sí llenos de hojas como de vida y esperanza. Porque aquí es ahora otra la fuerza necesaria: la emocional, la interior del ser humano. No aquella exterior de una Naturaleza más vibrante, ahora aquí, sin embargo, ésta mucho más inanimada.

Pero en ambos casos artísticos, en los dos lienzos románticos intimistas, el hipotético observador es ahora un observador imposible. No puede estar físicamente ahí en ningún caso. El pintor es ahora el único sujeto que, con su interior capacidad emocional, verá la escena imposible... Sin testigos, sin otros seres que ahora puedan, desde ese lugar imaginario, vislumbrar también la escena plasmada en el lienzo. El pintor lo hace aquí exclusivamente para el Arte y para nosotros, los seres que lo vemos con asombro. Porque es el asombro, en ambos casos, lo que más veremos reflejado. En Turner, además, con la poderosa transformación antinatural de sus colores por una sensación íntima diferente. Es ahora la sensación visceral y personal que de una escena natural como esa, tan feroz como esa, hace en su vibrante dinamismo desalmado -las ráfagas de agua chocando unas con otras violentamente- vislumbrar de ese color tan raro a cualquier ser trastornado por ella. Porque es aquí la emoción más fugaz de ese momento único lo que el pintor romántico fijará para siempre en su obra.

No importaban otras cosas en ambas obras románticas. Por eso los creadores románticos no se preocupaban de ser comprendidos, ni tampoco de ser confundidos, por nada que ellos expresaran sin otro sentido que su propio Arte. Porque el sentimiento romántico siempre es personal, nunca es colectivo. El objetivo romántico es interior siempre, aunque sus motivaciones puedan ser a veces muy diferentes. Se siente o no se siente... cuando se vea. Pero, no todos los que vean estas obras comprenderán -no intelectualmente sino emocionalmente- el sentido que ellas poseen en sí mismas. Pero es que a los autores románticos tampoco les importaba demasiado esto. Ellos sabrían que el observador no tendría que existir ahí, necesariamente, para que esas imágenes emotivas pudieran existir. Ellos entendían que solo la emoción y las sensaciones más viscerales podían ayudar a asimilar el sentido de la obra en la mente observadora del que se atreviera a vislumbrarlas. Para eso fueron hechas esas obras de Arte romántico. Para eso y para entenderlas como lo que son: tan solo un instante eternizado por la emoción de quien lo vea...

(Óleo del pintor romántico inglés Turner, Van Tromp vira para complacer a sus maestros, 1844; Detalle de la misma obra, Turner; Óleo del pintor romántico alemán Friedrich, Un paseo al atardecer, 1835; Detalle de la misma obra de Caspar Friedrich, ambas obras en el Museo Paul Getty, Los Ángeles, EEUU.)

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