30 de marzo de 2016

Las contradicciones del amor humano expresadas en el Arte de un veneciano genial.



El pintor italiano Paolo Veronese (1528-1588) consiguió ser un representante destacado de la gran Pintura veneciana. Porque tres pintores fueron los que la representaron más eficazmente: Tiziano, Tintoretto y Veronese. Tiziano fue el mejor, el maestro más consagrado y el más insigne creador; Tintoretto fue su alumno más evolucionado y ferviente. Veronese fue, sin embargo, una fusión sombreada de los dos. Sombreada porque es difícil iluminar tanto cuando la luz de dos grandes pasan al mismo tiempo por encima de uno. Tiziano fallece en el año 1576 y Tintoretto en 1594. Ambos tenían ya al nacer Veronese uno cuarenta y ocho años (Tiziano) y el otro solo diez años. Pero Paolo Veronese consigue llegar a lo más alto, y lo consigue porque nunca quiso enfrentarse ni apasionarse, ni codiciar la fama ni la gloria ni la alternancia. Hizo lo que quiso hacer con su pintura: en tamaño, en decoración, en significados, en alegorías. Pero se dedicaría, en comparación con los otros dos venecianos, más a la temática religiosa que a la mitológica.

La corte imperial de Viena -el Sacro Imperio Romano Germánico- contrata a Paolo Veronese el año 1575 para llevar a cabo unas obras diferentes, más mundanas o más mitológicas, más atrevidas y alegóricas y sensuales que lo que él acostumbrase. Pero, sin embargo, no menos moralizantes. No se sabe muy bien qué monarca solicitaría las obras, si Fernando I (hermano de Carlos V y sucesor en el Sacro Imperio), si su hijo Maximiliano II o el hijo de éste, el esotérico Rodolfo II. También es posible que lo fuera un cortesano del imperio, pero no se sabe con seguridad. El caso es que  son instaladas cuatro obras de Veronese en el Castillo de Praga sobre el año 1575, una gran fortaleza en poder entonces del imperio germánico renacentista. Era un lugar inexpugnable, la mayor fortaleza medieval -existía desde el siglo IX- de toda Europa. Así que allí sí pudo decorar, sin miradas ajenas, el pintor discreto los techos del castillo checo con obras atrevidas. Obras de Arte sin ofender ni confundir a nadie, ni a místicos empobrecidos ni a clérigos enfervecidos, ni a ninguna quisquillosa inquisición siquiera. Los grandes y poderosos sí podían permitirse alegorías impactantes o intelectuales atrevidas, obras que representaban cosas que parecían otras y expresaban hechos inconfesables de una vida peligrosa.

Fueron las cuatro obras de Veronese tituladas, años después en Francia, Alegorías del Amor, cuando fueran adquiridas por la casa real francesa de Orleans. ¿Cómo no ser ellos las que las quisieran?, eran la patria y rama francesas más propensa al Arte inspirador más provocador o amoroso. Luego fueron vendidas a terceros que, finalmente, las llevaron a otros hasta acabar en la National Gallery de Londres. Son una serie, es decir, son cuatro obras que deben ir juntas para poder comprender el sentido de lo que expresan. Los títulos de cada una de ellas clarifican la muestra, aunque muy poco en algunas. Son, en un orden requerido, llamadas La infidelidad, El desdén o el desprecio o la desilusión; El respeto o la continencia; y finalmente La unión feliz. Las dos iniciales son negativas; las otras son positivas. Compositivamente son magníficas obras: los colores espléndidos y venecianos, con escorzos y perspectivas geniales, atrevidas y originales. Cuatro obras maestras en una única creatividad... ¿forzada? Había que justificar la obra a pesar de la liberalidad de la corte imperial de entonces, había que camuflar el entramado tan complejo de describir el amor humano con esas cuatro posibilidades emocionales.

La interpretación la inicio por la segunda de ellas, El desdén, cuya interpretación, como todas las obras de Arte, es tan subjetiva, parcial y abierta como se quiera. El desdén o el desprecio es la más compleja de entender en su iconografía. Hay que decir que las obras de Veronese están algo recortadas -así están en la web del museo londinense realmente-, es decir, que su área artística pudo ser más amplia que la que vemos, por tanto más información debería haber en ellas, aunque tampoco mucha más relevante o aclaratoria. En un decorado clásico de una arquitectura clásica, ruinosa y anticuada, vemos tendido a un hombre frente a los restos de unas figuras esculpidas de dioses o personajes míticos griegos, un sátiro y el dios Pan con su flauta. A su izquierda aparecen dos mujeres juntas y cogidas de la mano. Sobre el hombre tendido está el dios Cupido preparado para atizarle con su arco pasional. De las dos mujeres, una de ellas está con los pechos desnudos y la otra completamente vestida, portando un armiño que la cubre, animal símbolo de la castidad amorosa. ¿Qué podemos interpretar de esa obra? Según su título, el amor aquí es despreciado ahora. Pero, ¿por quién lo es?, ¿por el hombre?, ¿por las mujeres? ¿Por qué el dios del Amor -de la unión pasional- está ahora luchando ahí, no está uniendo como se supone que debe hacer? Y si le pega el pequeño dios Cupido con violencia al hombre, ¿quién desprecia ahora verdaderamente al Amor?

 Es complejo de entender porque no sabemos qué ha pasado antes de eso. Pudo ser la infidelidad de él -que no vemos insinuada- y la desilusión de ella, por tanto el desdén del amor -de ella- hacia el deseo apasionado de él. Es una posible interpretación. Pero hay más. Porque no es necesariamente una infidelidad lo que aquí lleve a ese desprecio, sino el desprecio mismo por no ser ahora más que deseo y no amor. Esto encajaría mejor, tal vez, con el sentido de ese desprecio, de esa desilusión. Sin embargo, ¿por qué aparecen dos personajes femeninos, una casta y la otra no? ¿Qué quiere eso significar? El deseo es denostado aquí, esto parece ya que el hombre está adorando -reverenciando- a dos personajes mitológicos -sus efigies esculpidas clásicas- que vanagloriaban más el deseo que el amor. Luego vemos la obra La infidelidad. Aquí la iconografía es más precisa, es menos confusa. Aquí es ella la que representa claramente la infidelidad. El triángulo es evidente, dos hombres a cada lado de ella: a su izquierda el amante, a la derecha el marido. Un papel escrito delata la relación oculta entre los dos amantes. También los ojos de ellos declaman otras cosas: por un lado la mirada divergente y disimulada del amante; por otro la mirada fija, directa y enamorada hacia la mujer del propio marido.

El dios Cupido mira de frente a la mujer incrédulo, aturdido por la confusión que al pequeño dios todo eso le produce, ya que ella aquí seguirá conectada, sin embargo, con sus dos manos a los dos hombres. La siguiente obra de la serie se titula El respeto o la contención. También es algo misteriosa esta iconografía de Veronese. Porque aquí el hombre se detiene ahora, frena su deseo, por tanto frena su pasión o su amor. Hasta Cupido le sujeta la espada, en señal de no poder desenvainarla. Pero ella está aquí dormida, debe estarlo para significar así el hecho un gesto virtuoso: ella aquí no es libre de elegir ahora. Porque ella, Venus representada, está además ahora completamente desnuda y deseosa. Finalmente, la serie de la Alegoría de Veronese nos conduce al último reflejo de lo que el tortuoso camino del Amor debe llevar a todos: La unión feliz. En esta representación el creador veneciano ilumina la obra con una luz clara o más luminosa. Sólo la diosa Venus desnuda está ahora aquí para condecorar al Amor en una mujer virtuosa y un hombre agradecido. La pintura nos ofrece unos símbolos, por ejemplo la virtud en la corona de laurel de la diosa o la paz con la rama de olivo que portan ambos, también las cadenas doradas de la unión segura que toma aquí la inocencia ingenua de un niño, o la fidelidad más leal con la representación de un perro solícito y dócil. La Alegoría del Amor de Paolo Veronese, unas obras maestras que, como siempre, solo las primeras de las series iconográficas, las más complejas, alcanzarán a lograr una mayor virtuosidad artística. Porque las otras obras son obras menores, no con la misma maestría ni con la misma genialidad. Con el Arte que el creador quiso o pudo o consiguió tener. Como en el amor...

(Obras de Paolo Veronese, cuatro lienzos de la serie Alegorías del Amor, 1575, National Gallery de Londres.)

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