17 de mayo de 2016

La era de la imagen sin pudor, efímera y sin límites, frente a la imagen eterna del Arte.



Es sabido que el Barroco fue la primera tendencia artística que comenzó el sentido más publicitario o propagandista que tuvo la imagen en la historia de Occidente. La Iglesia Católica, por ejemplo, utilizaría esa tendencia para llegar a las conciencias o las sensibilidades de sus fieles. Fue la primera organización en entenderlo muy claramente. Pero los países protestantes, aquellos que lucharon contra esa fe católica y su imaginería contrarreformista, también usaron del Arte Barroco, en este caso para otra cosa diferente, no para la fe. Sin embargo, Rembrandt, el gran pintor barroco holandés -por tanto protestante-, sí pintaría temática religiosa, aunque claramente antiguo-testamentaria... El caso es que el realismo del Barroco, su falta de artificialidad o de leyenda refinada, le llevaría a ser un paradigma artístico muy claro de representación fidedigna de la vida de los hombres así como de la propia Naturaleza. Pero era Arte... también, a pesar de la fealdad de algunas de sus representaciones artísticas. Porque sus obras -las barrocas o las que sean- nunca serán creaciones repulsivas o desagradables. Esto hay que entenderlo bien. El Arte precisará no ser repulsivo nunca, y no lo es en sí mismo ya que el Arte, el gran Arte, en caso contrario no es ni podría llegar a serlo.

Sin embargo, el Arte deberá, por su propio sentido estético, ser además formativo y trascendente. Trascendente en el sentido de no ser superficial o anodino, inconsecuente o vulgar; de ser, en cambio, relevante para el conocimiento, para las relaciones de las cosas con el conocimiento, con la emoción o la conciencia más elevadas o llevadas a un nivel donde los seres humanos hallarán entendimiento y sensibilidad. Hoy vivimos en la era de la imagen indiscriminada, de la imagen sin pudor alguno, absolutamente efímera además (se ve ahora pero desaparecerá inmediatamente), así como de la imagen sin límites donde el encuadre moral o físico da igual porque no se acoplará a ningún concepto estético ni ético de ninguna clase. ¿Cómo vamos a separar entonces el grano de la paja...? ¿Qué cantidad de imágenes estaremos dispuestos a distinguir y rechazar? De la multiplicidad es imposible obtener nada que ofrezca verosimilitud y esencia. En la imagen hoy estamos inmersos ante una multiplicidad de medios y, en éstos, ante una multiplicidad de imágenes. Internet es el universo audiovisual... Los textos apenas gozarán de algo que vaya más allá de una reseña publicitaria o de una captura sutil para acercarnos al precipicio de la barbarie. ¿De la barbarie? Sí, de la barbarie. Porque hoy ante las extraordinarias posibilidades de información desestructurada que afloran a través de los buscadores, internet nos permite ver la multiplicidad sin reservas. La publicidad comercial, por ejemplo, convive ahora con la información relevante sin solución de continuidad, y esta a su vez estampa a veces sus noticias con la imagen enfervorizada de la sordidez estética. 

¿Qué diferencia fundamental hay entonces entre Arte y comunicación visual y virtual hoy? Pues que hoy con la multiplicidad de imágenes inconexas, arbitrarias y sin contenido trascendente, exigirá crearse una mayor conciencia... anterior a la visión de éstas. En el Arte sucede todo lo contrario, él mismo nos crea la conciencia mientras estamos llevando a cabo su visión estimulante. Uno nos educa; otro nos confunde o desorienta, y, en el peor de los casos, hasta nos envilece. Y no significa que no sea el Arte, sin embargo, un medio utilitario más para la propaganda. Lo fue y lo es, pero siguió y sigue siendo Arte... La diferencia es muy tenue, a veces. Tan tenue como la mínima intención de querer hacer las cosas con rigor estético y ético a no hacerlo. Cuando al gran pintor Rembrandt le encargaron que hiciera un cuadro de la disección anatómica de un cuerpo humano, algo que para nada habría sido -salvo alguna vez años antes de modo menos magistral- nunca retratado en el Arte, el joven pintor holandés -veintiséis años- llevaría su encargo artístico al sentido más ilustrativo de esa tenue frontera estética y ética de antes.

Hoy en día es más evidente, en este óleo del Barroco holandés, comprender la diferencia tenue entre lo que es estético y lo que no lo es. Porque hoy sentiremos una cierta repulsión ante la imagen del cadáver y su anatomía diseccionada, una mucho mayor de lo que por entonces -siglo XVII- se sintiera al verlo. Pero Rembrandt es un genio del Arte, y llevará esa imagen condicionada -algo repulsiva- a otra cosa diferente, la trasciende ahora incluso, le ofrece a esa imagen un escenario y unos rostros vinculantes ahí para hacer de ella otra cosa... Le dará además equilibrio y profundidad a la imagen, aunque no se aprecie del todo en su composición por la fuerza del referente principal -los tendones abiertos en el brazo del cadáver recostado-. Porque ahí seremos nosotros mismos, incluso, los que estemos ahora viendo la vida tal cual es... Unos semblantes donde ahora la emoción de cada personaje retratado estará ahí desgranada en la imagen artística. Porque cada uno de esos rostros humanos representará una faceta de lo que esa imagen -como la propia vida- nos producirá al verla. A algunos sorpresa, a otros cierta estupefacción, algún que otro rostro de los que el pintor plasma en el cuadro desidia incluso, otro de ellos atención aséptica..., y al principal -el maestro o cirujano anatómico- satisfacción plena.

Uno de los más grandes pintores del mundo, Rembrandt, consiguió hacer de una sórdida, especialista, gremial y desagradable escena anatómica una obra maestra. La imagen reproducida es de poca resolución y calidad, por lo que para llegar a comprender mejor aún esa obra habría que verla con todo su esplendor pictórico. Pero, sin embargo, fue una obra propagandista, no la pintó el gran creador holandés por propio gusto, no, la pintó porque uno de los estamentos profesionales más poderosos de Amsterdan, los cirujanos holandeses -concretamente el doctor Nicolaes Tulp-, pagaron al pintor por inmortalizar la escena profesional y por salir además esos mismos personajes, seres reales, en el lienzo barroco -excepto el doctor, todos los demás personajes retratados no son médicos sino adinerados ciudadanos que pagaron por salir en esta obra maestra-. ¿Qué habrá en común con lo que hoy abrumará desolador en la multiplicidad visual de las imágenes que padecemos? La economía. El pintor cobró por hacer eso, y todos los retratados pagaron por aparecer ahí. Y la obra fue expuesta en Amsterdan para realzar y publicitar así la imagen de ese gremio y de sus mecenas

Sin embargo, ¿qué lo diferenciará con la imagen utilitaria y sórdida? El Arte por un lado, los propios creadores artísticos, que sí tendrían una conciencia estética y ética. Pero, por otro, la falta por entonces de multiplicidad..., de esa ingente, tendenciosa, interesada o codiciosa forma indiscriminada y múltiple de hacernos hoy acercarnos a la imagen. ¿La salvación?: frente a la multiplicidad, la filtración inteligente... Una selección ahora técnica y formativa. Técnica porque, al igual que la tecnología avanza en los medios de comunicación, acabará diseñándose, seguramente, algún procedimiento ágil que permita eludir lo desestructurado, lo repulsivo, lo intrascendente o lo inadecuado. Formativamente porque es requisito previo el conocimiento mínimo para poder enfrentarse a la barbarie. Y el Arte, además, es la mejor semblanza formativa y constructiva para poder acercarnos a la realidad de otra forma. Con más tiento, con sensibilidad, con esa espera de las cosas que hacen a éstas completar ahora -con belleza- la inevitable parcialidad, vanidosa, codiciosa o infame más detestable de los seres humanos o de su naturaleza.

(Óleo Lección de anatomía del doctor Nicolaus Tulp, 1632, Rembrandt, Museo Mauritshuis, La Haya, Holanda; Imágenes de información de internet de El Mundo virtual, noticias en internet del día de la entrada.)

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