20 de julio de 2016

Una representación universal de la humanidad en un solo lienzo: la madonna sixtina.



Llegar a entender una representación pictórica a veces no es infalible. Pero, ¿qué es infalible en el Arte? La grandiosidad de los pintores del Renacimiento o del Barroco ha sido sublime. Todo lo demás -las otras tendencias posteriores- es más manipulador, menos sublime, aunque haya sido perfecto casi. ¿Qué nos dice algo representado en un lienzo realmente cuando lo vemos? Eso, y no otra cosa, al pronto, deberá acercarse mejor a la sublimidad colectiva de lo humano, es decir, de todo lo que representará lo humano bellamente, equilibradamente. ¿Y qué es la sublimidad? Es lo que representando materialmente algo llega a significar otra cosa bellamente, sin necesidad ahora de hacer uso de los elementos propios -los rasgos físicos racionales- de su representación primaria. Es decir, cuando lo que vemos no es ahora lo que parece sino otra cosa diferente. Otra cosa que poco a poco llega así a la excelencia, a la cumbre de lo que está más allá de lo aparentemente bello, de lo simplemente estético para alcanzar lo más sustancioso, lo más esencial, lo único, lo universal, lo eterno. 

Y la Madonna Sixtina, del extraordinario pintor del Renacimiento italiano Rafael Sanzio, es un ejemplo maravilloso de sublimidad artística. Pero lo sublime de Rafael nos llegará más si nuestros receptores humanos se alinean ahora más en lo sublime, si los ojos de nuestro interior se subliman, por así decir, ahora ante lo que miran. Para esto hay que romper moldes, desprenderse de prejuicios y encontrar casi una ataraxia mental..., esa extraña sensación que nos lleve a mirar por primera vez sin connotaciones de ninguna clase, ni ideas preconcebidas. Hagamos, por ejemplo, una prueba con este magnífico lienzo renacentista. Primero, nuestro sentido visual nos distingue ahora en la obra cuatro escenarios, cuatro representaciones ahí muy diferenciadas. La madre y su pequeño hijo, por un lado. ¿Qué podremos ver en ellos metafóricamente? Representan lo más elevado ahí, por tanto, podemos ver en ellos la sabiduría, el conocimiento, la profundidad más esencial del sentido de todo lo representado. Porque ellos, además, nos miran a nosotros aquí -fijamente- con conmiseración y empatía, es decir, ellos saben del dolor humano, de la soledad, de la provisionalidad de la vida, de la pasión, de la crueldad, del abatimiento o del desgarro más humano.

Luego está la figura vertical de la izquierda, el ser aquí -representa su figura al papa Sixto II- envejecido, identificado ahora con nosotros -señala con su dedo hacia el espectador, hacia nosotros, identificándose con nosotros-, con todas las miserias humanas de la vida, llenas de poca belleza, justificándose el personaje con lo terrenal y práctico de la vida. Además está relacionado con rasgos humanos poco atractivos, con lo pasajero de la vida. Dispone un gesto su figura nada garboso, y su representación se relacionará con todo lo que somos de materia inerte y corrompible. En el otro extremo del cuadro, opuesto a él, se sitúa ahora justo lo contrario, parte también de la vida humana, pero ahora aquí muy elegante su bella figura, con toda su juventud esplendorosa -es la figura joven, excelsa y hermosa de santa Bárbara-, con un ademán armonioso, con el aspecto elogioso de una belleza sublime. Su rostro, incluso, está bendecido además de las más perfectas muestras de equilibrio y belleza, con el ángulo aquí más exquisito de su cara... y de sus ojos entreabiertos. Por último, en el escenario inferior, se representan dos ángeles pequeños, o dos niños celestiales, pero que ellos, realmente, representarán aquí a la humanidad descolorida, indolente o impasible. Describen ellos en la obra a la inocencia por un lado pero, también, a la ignorancia por otro; a la incapacidad infantil para poder ver las cosas más allá de una lúdica forma de entender la vida: sin aristas, sin complejos, ... pero absolutamente inconsciente.

En esta obra de Arte la genialidad del creador Rafael Sanzio es imposible de evaluar en toda su magnitud, como en muchas otras obras suyas. Pero aquí, en este lienzo tan sublime, llegaría el pintor italiano a comprender, más que ningún otro pintor, la humanidad tan desarticulada y vulnerable, tan excelsa y tan posible, tan divina y tan humana, tan eterna y tan perecedera... Porque el universo humano que representa la obra se enmarcará además a través de la material cortina verde, ahora descorrida por completo para visualizar el sentido de lo sagrado en la vida y en el mundo menos sagrado del ser humano. Y la sublimidad de Rafael fue precisamente esa, hacer que lo menos sagrado -lo humano, lo banalmente humano- no lo parezca ahí mucho, o nada. Pero, sin embargo, está ahí, y lo saben los dos personajes más consagrados -la virgen María y el niño dios-, cuando ahora la mirada de ellos dos es aquí la más inquieta de todas, cuando en la mirada de ambos observaremos ahora la sutil empatía que lo sagrado -o lo artístico, así nos lo enseña el Arte- dispensará aquí frente a lo desolador, a lo envilecido o a lo más terrible del mundo y de sus cosas.

El Renacimiento del gran pintor Rafael es imprescindible, además, para que se pudiera componer en esta obra lo sublime, pero no bastaría. Por eso el creador más humano de los más geniales renacentistas se acercaría aquí, sutilmente, hacia un Barroco más comprensivo con la humanidad tan frágil y vulnerable. Pero entonces ni siquiera se sospecharía que una tendencia así, tan generosa con lo humano, pudiera existir. ¡Estamos aún en el año 1514! Nada de eso se podía traslucir todavía bajo las grandiosidades artísticas de un lienzo renacentista. Pero aquí, sin embargo, Rafael se acercaría antes, más que nadie, a la sublimidad más humana del Barroco, aunque sin dejar nunca las maravillosas insinuaciones renacentistas tan divinizadas... Y esto hace de esta obra una verdadera joya del Arte renacentista más maestro de todos. ¿Qué nos están diciendo las miradas de esos dos pequeños ángeles tan terrenales...? ¿Qué hacen además ellos ahí abajo, tan cerca de la Tierra...? Pues eso mismo: representar divinamente lo más terrenal. Porque ellos son aquí la duda, la idea premeditada, la imaginación, el deseo, la molicie, el desatino, la inconsciencia, la avaricia humanas... Pero, sin embargo, ellos no lo saben, no lo saben aún... ¿Qué se esfuerza el maduro y errático Sixto ahora en decirnos ahí? Porque él es la apelación, el desasosiego, el paso inevitable de la vida perecedera, la tentación, el arrepentimiento, lo más desarrolladamente humano que tenga de material la vida. Él es también la confusión, la profusa confusión inasistida del ser humano. Hasta el pintor parece que, en su mano dirigida hacia nosotros, le pinta seis dedos..., aunque eso solo sea aquí una genial y vaga impresión muy confusa.

Y de la exquisita figura de santa Bárbara, ¿qué nos está diciendo ahora ella? Porque, ¿nos dice algo ahí su bella figura estilizada? Ella representa aquí el lado más amable de la vida, el aspecto más encantador y más bello de la vida. Su belleza -el pintor se inspiró en una de la más bellas mujeres romanas de entonces para pintar a la santa, en Julia Orsini- es aquí muy extraordinaria. Porque no es aquí nada sagrada ahora su belleza, como sí lo es, en cambio, la de la virgen María representada. Santa Bárbara nos transmite aquí todo lo bueno, todo lo bello, todo lo querido o bendecido por una naturaleza agradecida, equilibrada y armoniosa. Su gesto es además un ejemplo magnífico de escorzo -inclinación de su cuerpo- perfectamente conseguido, algo que sólo sus facciones tan sublimes puedan acaso competir con tamaña armonía estética. Su perfil es más humano que divino. Ella es la otra parte de la vida -la enfrentada a la vejez, a lo desarmonioso o a lo perecedero-, esa parte de la vida que veremos ahora con el deseo de identificar belleza con humanidad, armonía con solemnidad o esperanza con ternura. Porque en esta obra de Rafael está el universo de la mejor representación de la humanidad a través de los ojos de la divinidad... ¿Qué nos queda a nosotros luego de mirar y sentir esta obra? La mera certeza, al menos, de que el mundo encierra mucho más de lo que vemos. Que todo forma parte de la vida: de sus inicios inocentes, de sus momentos gloriosos de belleza o de sus difíciles y oscuros tiempos de explicación o deterioro. De lo que somos como humanos; hasta de lo que podamos llegar a ser, de la terrenalidad más asombrosa, o de la divinidad más trascendente...

(Óleo y detalles de La Madonna Sixtina, 1514, del pintor del Renacimiento Rafael Sanzio, Galería de Pinturas de Maestros Antiguos, Dresde, Alemania.)

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