21 de septiembre de 2016

El creador frente al mundo, o la expresividad como un ejercicio existencial y poderoso.



Uno de los pintores españoles más desconocidos fue el madrileño Luis Paret y Alcázar (1746-1799). Seguidor pasional de la pintura francesa del Rococó, lucharía artísticamente durante toda su vida contra la reaccionaria -para él- tendencia neoclásica. Pero, a diferencia de la frivolidad y superficialidad galante que aquella tendencia francesa -Rococó- inspirase en el siglo XVIII, Luis Paret trataría de transmitir, sobre todo a partir de su enfrentamiento con la injusta sociedad dieciochesca, una fuerza expresiva casi, casi, precursora del Expresionismo más sugestivo de lo que sería luego esta tendencia a principios del siglo XX. ¿Qué otra cosa pueden hacer algunos creadores, en este caso pictóricos, que utilizar sus composiciones de Arte para transmitir un mensaje, el que ellos piensen más salvador de su existencia, con la sublimidad más artística y expresiva propia de ese mismo Arte? En el año 1775 el pintor español sería exiliado a la isla caribeña de Puerto Rico por su implicación en un affaire de la corte española -un pseudo-proxenetismo privado a favor del hermano menor del rey Carlos III-, lugar donde viviría durante tres años. Al regresar a España le impiden residir a menos de doscientos cincuenta kilómetros de Madrid, y el pintor decide entonces vivir y pintar en Bilbao hasta 1788, año en el que se le autoriza poder regresar, por fin, a la corte madrileña.

En Bilbao realiza su obra -óleo sobre cobre- La circunspección de Diógenes. La llevaría a cabo precisamente para acceder a la prestigiosa Academia de San Fernando. Gracias a su obra es aceptado como académico -en el año 1780-, cuando aún no podía regresar a la corte madrileña. Pero el pintor, sabedor de la bondad del Arte para alcanzar el mérito que la vida y sus conveniencias no permitirían, realizaría la pintura más impresionante, alegórica y auto-terapéutica que él mismo pudiera concebir. Diógenes de Sínope fue un pensador y sabio filósofo griego contemporáneo de Platón y Alejandro Magno. Pero, al igual que el pintor Paret, el filósofo griego sería exiliado también de su ciudad por motivos tan o igual de inconfesables. Al parecer, junto a su padre Diógenes acuñaría monedas falsas sin ningún pudor. La semejanza de ambos casos radica en el sentido moralizador, transformador o salvador que tuvo luego el acto recriminable... En el primero, el pintor Paret llevaría a cabo a partir de su exilio las mejores producciones artísticas de su vida; en el segundo, Diógenes acabaría siendo uno de los más significativos representantes de la escuela de filosofía cínica ateniense.

En la extraordinaria obra de Luis Paret vemos una escena alegórica, por supuesto, pero, a la vez, veremos una fascinante muestra de Arte de difícil precisión estilística. ¿Qué es eso? ¿Rococó? No del todo. ¿Barroco trasnochado? Tampoco. ¿Prerromanticismo? En absoluto. Fue premiada la obra por la Academia de San Fernando porque es imposible no valorar artísticamente algo así. La composición aquí, las diferentes partes engranadas, las figuras relacionadas, el color aparentemente desgarbado o desperdigado...; todo eso es o representa la dificultad de crear algo así y no dejar, en ningún momento, a la vez, de ser una grandísima obra de Arte. Es decir, de estar todo en la obra bien pintado, con los complicados torcimientos de esos pliegues, con la imaginación tan desbordante para disfrazar y añadir elementos tan dispares, con la sutil elección de la noche y su tenebrosidad -metáfora de una vida oscura y misteriosa-; con la fuerza de la figura principal -sentado, con túnica azul y leyendo un libro-, que no lo es por ser las otras secundarias sino por sí misma, por su autosuficiencia o circunspección intelectual -igual le darán a Diógenes los alardes mundanos, las estrafalarias diversiones o cosas de este mundo para no dejar de ser él quien es y hacer lo que hace-. Pero, al igual que su propia vida -el pintor finalizaría su existencia pobre y olvidado-, el mundo no iba ya por esa forma de crear o de componer obras de Arte. Y el clasicismo y el romanticismo -dos cosas que él utilizaría distorsionadas- acabarían por triunfar claramente en el mundo y en sus formas de expresarlo

Cuando el pintor francés de origen flamenco Nicolas Tassaert (1800-1874) quisiera triunfar con sus obras en la exigente -mucho más que la española- Academia de Arte francesa, o en otras distinciones oficiales -algo imprescindible para vivir del Arte-, se encontraría con que ninguno de sus cuadros fuera entonces apoyado o premiado por las distintas instancias artísticas de Francia. Y eso le llevaría a tratar de sobrevivir de otra forma, como grabador o como litógrafo. Sin embargo, Tassaert fue un pintor que llegaría a crear lienzos bellísimos, obras que ofrecían un compendio artístico de todas las grandes y maravillosas tendencias de la historia. Admirador del pintor renacentista Antonio de Correggio (1489-1534), llegaría a componer su obra Violación de Europa -mediados del siglo XIX- con las trazas artísticas parecidas que el gran Correggio llevase ya siglos antes con su obra maestra Júpiter e Ío del año 1532. Porque, en el Renacimiento, Correggio alcanzaría a experimentar tanto con lo clásico y con lo luminoso, con lo fantasioso y con lo emocional... En la obra Júpiter e Ío, el dios Júpiter -Zeus- abrazará a la bella ninfa Ío transformado ahora en una densa nube oscurecida. Y veremos la mano divina y nebulosa acercándose el cuerpo desnudo de Ío, por un lado, a la vez que veremos también el rostro del dios poderoso, apenas aquí contrastado, por otro. 

Así mismo, como Correggio, Tassaert también compondrá su obra Violación de Europa. En ambos casos es el dios Zeus, que se transformará o en una nube... o en un toro, como dice la leyenda mitológica. Pero, sin embargo, aquí, en la obra de Tassaert, el dios es representado ahora difuminado entre las formas humanas de su torso y el nebuloso artificio renacentista -propio de Correggio- de su parte más inferior. La obra es de precaria visualización por no disponer de una mejor resolución. Pero se apreciarán los efectos tonales tan elaborados de los colores utilizados por el pintor francés, como un homenaje además aquí al gran pintor renacentista. En el año 1834 Tassaert compone su obra Muerte de Correggio, aniversario de la muerte del gran pintor clasicista italiano. ¿Por qué Correggio? Tal vez lo mejor sea conocer un poco la vida de este pintor del Renacimiento italiano. A pesar de haber pintado al servicio del ducado de Mantua, Correggio tuvo una vida de grandes dificultades económicas. Y, a diferencia de otros creadores de su época, Correggio mantuvo una esposa y varios hijos a los que debía atender, lo cual le obligaba a disponer siempre de recursos importantes. El caso es que un día, según cuentan las leyendas, le hicieron en Parma, ciudad distante a la suya, un pago en metálico de unos pesados sesenta escudos de a cuatro por sus obras, y no dejaría Correggio de pensar en la necesidad urgente de que su familia tuviese ese dinero.

El penoso viaje de Correggio, el cual quiso hacer lo antes posible a pesar del calor y sus lamentables condiciones físicas, le llevaría a ocasionar unas fiebres a consecuencia de las cuales fallecería el gran pintor renacentista en su casa, junto a su familia, en el año 1534. Tassaert habría sufrido, como Paret y Correggio en las suyas, una vida de escasez, injusticia e infortunios personales. Así que no podría aquél más que homenajear a Correggio con dos cosas que, según él, podrían trascender más en un mundo tan cruel y desalmado: con su poderoso y expresivo alarde artístico clasicista por un lado -Violación de Europa-, y, por otro, con su recuerdo al infortunio más emotivo e injusto de un creador tan grande -Muerte de Correggio-. Con ellas, sin embargo, el ofuscado pintor francés -acabaría quitándose la vida ciego y enfermo- no conseguiría ni siquiera ser reconocido por su exigente mundo artístico ni por la discriminatoria historia posterior. Pasaría Tassaert a ser tan solo uno más de los miles y miles de pintores que trataron, alguna vez en la historia, de conseguir aunar tanto inspiración y expresividad con el sutil -y apagado- mensaje artístico tan existencial como poderoso.

(Óleo Violación de Europa, mediados del siglo XIX, del pintor francés Nicolas Tassaert, Particular; Cuadro Muerte de Correggio, 1834, del pintor Tassaert, Museo Hermitage, San Petersburgo; Óleo Júpiter e Ío, del pintor Antonio de Correggio, 1532, Museo de Historia del Arte de Viena, Austria; Detalles de la obra La circunspección de Diógenes, 1780, del pintor Paret y Alcázar, Museo de Bellas Artes de San Fernando; Óleo sobre cobre La circunspección de Diógenes, 1780, del pintor español Luis Paret y Alcázar, Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.)
 

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