29 de septiembre de 2016

Lo importante no es hacer, es volver a hacer; lo importante no es amar, es volver a amar...



Cuando los judíos seguidores de Moisés rechazaron la ley que éste les entregara en el Sinaí, como reflejo sagrado de una alianza con su dios, el elegido pueblo hebreo dio así la espalda entonces a la ley, rompió esa alianza, y Moisés rompió esa ley. Y la rompió Moisés entonces no para dejarles sin ninguna, no, la rompió para, con sus trozos, construir otra nueva ley. Pero, sin embargo, esa ruptura fue positiva, ya que así permitiría otra nueva alianza. De hecho, los judíos no dejaron de romper la ley con sus críticas, sus comentarios incesantes o el cuestionamiento de su aplicación. Los judíos no se conformaron entonces con una simple -única- lectura de la ley, sino con una re-lectura contínua. Porque lo importante no es leer, sino releer; no es hacer, sino hacer una y otra vez; lo importante no es amar, sino volver a amar...

La historia de la relación de Vincent van Gogh (1853-1890) con el Arte es la historia de una ruptura y de un volver a hacer constantemente; también lo fue con su vida..., hasta el final. Los inicios del pintor holandés en el Arte son oscuros, como su estilo de pintura inicial. Nunca se planteó verdaderamente pintar. Quiso ser otra cosa, o no supo realmente qué ser. Dibujar, sí dibujaba, desde pequeño, pero como una afición, como un desahogo o como una actividad secundaria. Su relación con el Arte fue muy temprana, sin embargo, ya que comenzaría a trabajar en una galería de Arte holandesa, compañía que comerciaba cuadros holandeses a clientes europeos. En el año 1873, con veinte años, viaja a Londres como agente de la galería y allí, en la pensión londinense, descubre por primera vez el duro y amargo desazón del amor. Dos años después viaja a París, y descubre el maravilloso color de las pinturas impresionistas. Vuelve a Londres y se refugia en la religión y en la Biblia. En el año 1877 regresa a Holanda y, dos años más tarde, trabaja como misionero en las duras y difíciles regiones mineras de Flandes. Allí se enfrenta consigo mismo y con su sentido más radical de la vida. Fracasa en su misión evangélica y, aconsejado por su hermano Theo, comienza a dedicarse a pintar. Sus primeras composiciones artísticas las realiza a los veintiocho años, en 1881. En solo nueve años, verdaderamente, van Gog compuso la mayor y más extraordinaria obra de Arte jamás habida en la historia artística contemporánea.

En la obra pictórica de van Gogh hay un impulso por conseguir, cada vez, acercarse un poco más al prurito decepcionante de la vida... Él, como todos los seres aventajados en traspasar las fronteras de lo consciente, sabía que debía tratar de hacerlo a pesar de sospechar, inevitablemente, que sus intentos transgresores solo servirían para dilatar, cada vez más, el final de un sin-sentido insuficiente... Su producción artística se incrementa notablemente en el año 1885, realizando muchas obras ese año y los siguientes, hasta el fatídico 29 de julio de 1890. En el año 1885 realiza en Holanda su obra Los comedores de patatas, una de sus primeras obras importantes. Su necesidad de reflejar lo que se siente cuando se viven las cosas que los demás viven, le hace pintar esas mismas cosas de una forma que refleja más lo que él mismo siente que lo que sienten los demás. Aun así, no desentona nada en el reflejo veraz y artístico de lo que hace. Sin embargo, no llegaría nunca a ser -ni a hacer- lo que él anhelase verdaderamente con su vida. En el año 1886 llegará a París de nuevo, luego de once años de haberla conocido. Pero ahora solo como un pintor ya, como un fiel amante convencido del único amor que necesita.

Y ahí, en el París más impresionista y neoimpresionista del mundo, descubre otros genios y otras formas de Arte. Y entonces retrata personas, más que paisajes o cosas. Y trata de encontrar el alma perdida de las cosas -¿la suya, la del mundo?-, incapaz de haberla hallado nunca antes. Pero, no. Aún no... Y entonces viaja al sur de Francia y descubre la luz... Y brilla con su alma torcida pero deseosa de atrapar otra vez así la vida, inútilmente. Porque no, aún no. Y se revuelve en sí mismo y en su decepción ingrata. Y luego regresa París, y, por fin, llega a Auvers-sur-Oise, al norte de la capital francesa. Y ahí, entre los tibios paisajes desolados, descubre la falta total de su sentido artístico... Y no hace, sin embargo, otra cosa que fijar ese sentido denodadamente entre los trazos desesperados de un artista perdido. ¿Qué son esos trazos desmoralizados en las maravillosas composiciones del año 1890, aquel año final de su vida? ¿No hay ahí como una revelación, como un descubrimiento intuido? ¿No es ahora el final del hacerse de él mismo, algo que, como todos los demás, terminará por buscar anheloso sin saberlo? La hija del dueño de la pensión Ravoux, lugar donde se alojaba van Gogh aquel verano del año 1890 en Auvers-sur-Oise, llegaría a relatar una vez la muerte del gran genio del Arte:

"Como todos los días, Vincent van Gogh volvía a mediodía para almorzar y descansar de su larga jornada de trabajo. Pero, aquella tarde, volvió a salir. Y a la hora de la cena no regresaría, algo extraño, porque no lo había hecho nunca, ya que se acostaba muy temprano para madrugar pronto. Hacía calor y nos sentamos a la puerta de la pensión. Entonces lo vimos, vimos la figura de un hombre tambaleándose, caminando como embriagado. Era van Gogh, que, con su cuerpo agachado y turbado, se dirigía hacia nosotros lentamente. Al llegar a la puerta le pregunté ¿señor Vincent, qué le ha pasado? Ah, nada, que me he herido. Siguió hacia dentro y subió a su habitación. Entonces le oímos gemir, y mi madre instó a mi padre a que lo viese. ¿Qué le pasa?, le preguntó mi padre. Se volvió y le enseñó una herida oscurecida y ensangrentada en el vientre. ¿Pero, qué ha hecho? Me he disparado un tiro, esperemos que no haya fallado."

Luego llamaron al doctor Gachet y éste comprobó la dificultad de extraer la bala. Decide entonces esperar a ver los resultados de la herida. El pintor se encuentra tranquilo y sin dolor, y le pide permiso al doctor para fumar su pipa. Éste accede y le dice que espera salvarlo. Pero van Gogh le responde: Entonces..., lo volveré a intentar. ¿Qué habría conseguido el genial creador holandés para llegar a pensar de ese modo? Su obra. Su repetida, obsesiva, anhelante y desesperada obra. Y lo volvió a intentar... y ya no pudo más. De aquella sensación tan profunda para un ser tan especial, quedarán sus últimos trazos artísticos cargados de un impulso eterno. Ya no hay nada que fijar más, solo el color desestructurado y maravilloso del entorno limitado y completo de su obra. Todos los trazos están ahí, sosteniendo, en cada tono y pincelada, el resto de los otros, de todos los demás. Y todo ello para tratar de comprender por qué se encuentran ahí, aprisionados, relacionados sin otra cosa más que ellos mismos; para justificar entonces el porqué existen, el porqué viven, el porqué hacen lo que hacen. Como el sin sentido de los seres y de sus emociones, como el regresar de nuevo hacia la duda, como el rehacer la vida en cada acto...

(Óleos pictóricos todos de Vincent van Gogh: Primeros pasos, después de Millet, 1890, Museo Metropolitan, Nueva York; Muchacha en la carretera, 1882, Museo Flora, Suiza; Campo de amapolas, 1890, Gemeentemuseum D.H., La Haya; Puesta de sol en Montmayour, 1888, Museo van Gogh, Amsterdam; Comedores de patatas, 1885, Museo van Gogh, Amsterdam; Vista de Amsterdam desde la estación central, 1885, Fundación Boer, Amsterdam; El jardín del doctor Gachet en Auvers, 1890, Museo de Orsay, París; Ramo de flores en un florero, 1890, Museo Metropolitan, Nueva York.)

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...