22 de noviembre de 2016

El Arte por el maravilloso Arte, indiferente a todo lo demás, salvo a su belleza poética.



Observando ahora la pintura de Rembrandt, pensando qué tiene de diferente a otros maestros, a otras tendencias, a otras artes..., llego a la conclusión de que lo que más hay en Rembrandt es una original sutileza poética llena de Arte. La historia o la leyenda, que como una excusa sobrevenida en este óleo -El rapto de Europa, del año 1632- sostiene el título de la obra, no es más que eso: un soporte orientativo ahora para el que lo ve; un argumento comercial para el que lo compra o lo admira, o un referente cultural para los que se acercan a su original belleza. Pero a Rembrandt no le debía interesar para nada la historia o la leyenda que trataba de narrar en sus obras. Ninguna de ellas... O, tal vez, como los extremos suelen tocarse, le interesaba tanto que le era imposible reflejar ninguna veracidad comprensible o traducible a lo real. Es decir, a lo asociado a algo artístico que, como el clasicismo -tanto del renacimiento como del barroco y posterior-, llevara la inspiración a un sentido transmisible a lo mundano, a lo verosímil o prosaico, a lo que es posible comprobar en una vida desde sensaciones radicalmente realistas. Pero, ¿fue entonces Rembrandt un manierista reformado? El Manierismo era todo irrealidad llevada a las formas y al ambiente, fue un reaccionarismo estético. Pero, sin embargo, Rembrandt es un pintor barroco en todas sus dimensiones estéticas. ¿En todas? Bueno, en todas, todas, no. Porque hay, sin embargo, una poesía no barroca, exactamente, en sus obras.

Porque la poesía de Rembrandt es más sutil, es menos hierática, o es más pueril incluso. Pueril en el sentido de ser como una revelación sorprendente, fantasiosa, algo semejante a las sagas literarias posteriores a él, como El señor de los anillos del británico J.R.R. Tolkien. Porque en su obra El rapto de Europa la mitología helénica, la épica, la sagrada, la heroica, a la que pertenece la leyenda de la bella Europa, no aparece por ningún lado claramente. ¿Quiénes son esas personas, tan diferentes a personajes griegos o fenicios, que presencian un cómico asalto playero a una joven impasible? ¿Qué carro es ese?, adornado más a lo persa aquí para una leyenda tan griega. ¿Y ese fondo gris y desdibujado, tan industrial y portuario, desentonado aquí para incluir ahora en una escena tan legendaria? Porque aquí los versos dibujados de la creación del pintor holandés están elaborados con la más extraordinaria sintonía de colores agrupados, relacionados, entramados, concentrados o desperdigados como ningún otro pintor haya alcanzado a componer. Si quitamos el color, nada aquí quedará del Arte maravilloso (fijémonos en el fondo portuario). Para Rembrandt el color es todo. El agua más cercana a la orilla iridiscente retrata mejor el reflejo de las suaves prendas azules de la joven que eleva sus brazos al cielo. Ese mismo tono azul perpetra aquí el enjaezado de los caballos, ofreciendo la sintonía perfecta de la rima poética de los colores. Pero hay más: el morado de la túnica del auriga compaginará -rimará- con parte de un cielo amoratado entre los árboles.

Rembrandt parece pintar siempre sus obras como un observador elevado. Es como un ser poderoso que, desde lo alto, mira la escena y la quiere contar luego. O, mejor, la cuenta en ese mismo momento. Porque el momento elegido es barroco puro: la sorpresa es superior a la acción y la tragedia es irreversible. No hay salvación. Y la tenebrosidad ambiental refleja esa eventualidad. La oscuridad en Rembrandt es un elemento difuminado general, no algo particular. Por ejemplo, no es el claroscuro de Caravaggio ni de Ribera, que determinan siempre un alarde oscurecido de alguna cosa particular para resaltar otra iluminada. No, en Rembrandt el claroscuro es gradación de colores paulatinamente oscurecidos: o mezclados o alternados, pero bellamente realizados, nunca dramática o ferozmente ennegrecidos. Porque la sintonía poética de los colores en Rembrandt debe permanecer siempre. El rapto de Europa es la leyenda mítica del robo de una bella joven fenicia provocado por el dios griego Zeus, convertido ahora en un sorprendente toro blanco; vale, de acuerdo, ¿y qué más da? Tiziano y otros ya lo habían pintado antes, y escritores clásicos lo habían contado además. Ahora Rembrandt debía cantarlo..., no contarlo. La pintura de este genial maestro holandés utiliza tres cosas para llevar su Arte poético-plástico a cabo: una composición nada grandiosa -como sí lo será en Rubens-, más bien original y muy humanizada; la cercanía de sus personajes, no son héroes ni heroínas, ni hermosas o bellas figuras, sino seres vulgares, de rostros vulgares, de gestos vulgares, a quienes retrata desmejorados incluso; y, finalmente, elaborados alardes de colores entremezclados que buscan emocionar con sus perfiles sinuosos. También destacan sus decorados brillantes de lo artificial -los objetos fabricados por el hombre-, algo matizado o neutralizado por el poderoso contraste de lo natural -los elementos de la Naturaleza-, creando un paisaje menos rutilante o más sombrío.

Pero en Rembrandt lo sombrío no es sinónimo de triste o melancólico. No llega el gran creador a provocar desolación o dramatismo trágico e insuperable. Volviendo a compararlo con Rubens, este gran pintor flamenco sí es, a cambio, un maestro de lo definitivo, de lo más radical. Pero Rembrandt no. Aquí, por ejemplo, ¿no sugiere algo que el toro, cuya cabeza parece tan noble como su carácter, devolverá en poco tiempo a la joven Europa a la orilla donde sus amigas la esperan temerosas? Y ese paisaje tormentoso, ¿no da la impresión de que, muy pronto, las nubes oscurecidas serán sustituidas por un sol radiante que alumbrará luego, gozoso, la ilusa bahía donde los personajes pueriles se habían detenido a admirar antes la belleza de un toro tan blanco? En Rembrandt siempre hay una esperanza dormida, poéticamente dormida. En Rubens, sin embargo, hay tragedia dinámica siempre, firme e inapelable. En el sutil y poético pintor holandés no hay más que belleza, belleza que cuenta cosas porque hay que contar algo para recrearla. Belleza que pinta cosas tenues porque los colores así son los únicos que pueden contar algo que llegue realmente al alma. Ese alma humana de los que ahora observen, ajenos, las sutiles cosas que pasan en la vida y solo son posibles de expresar con suave belleza. Sus obras, las obras maestras de este genial creador holandés, solo son posibles de mirar con ojos infantiles. Esos mismos ojos que, de niños, miraban cosas maravillosas de una Naturaleza y un mundo que nunca, nunca, terminarían por abandonar, por eliminar o por trastornar, la vida más hermosa de los seres...

(Óleo sobre tabla de Rembrandt, El Rapto de Europa, 1632, Museo Paul Getty, Los Ángeles, EE.UU; Detalles del mismo cuadro de Rembrandt, El Rapto de Europa, 1632.)

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