4 de mayo de 2017

Cuando la escultura sublima, una vez al menos, a la pintura en su ámbito.



¿Qué fue antes la escultura o la pintura? Es de suponer que la pintura, ahí están las paredes trogloditas del Paleolítico superior. Pero pronto el ser humano moldearía el barro de la tierra para imitar formas humanas. Es la mayor recreación posible de las formas, cuando la tridimensionalidad de la naturaleza alcanzará, con ese alarde artístico plástico, toda su perspectiva real. Pero la escultura, sin embargo, es inferior a la pintura por su limitada sublimidad narrativa. ¿Cómo narrar algo con la sutileza necesaria para emocionar, inspirar y enseñar, tan solo describiendo ahora formas limitadas y acotadas en el espacio y el tiempo? Aunque la pintura caiga también en limitaciones creativas, siempre podrá expandirse mucho más que la escultura gracias a manejar las dos formas puras de la intuición, la representación sensible tanto del espacio como del tiempo. Pero, hay algo en donde la escultura glosará su virtualidad mucho mejor que ningún otro Arte: la capacidad para la representación fidedigna de un cuerpo, humano o no. Y eso mismo es lo que apreciaremos, sin embargo, en una pintura ahora gracias a la obra del pintor y escultor británico John Macallan Swan (1847-1910). 

Como metáfora de la prevalencia por el artista de un Arte en otro, en su lienzo Las Sirenas destaca Swan claramente la figura de la mujer desnuda ante un espacio pictórico poco agraciado. Porque es ella ahora virtualmente la escultura pintada de una mujer de espaldas, con sus brazos sobre la cabeza, con su pose cincelada, con su sintonía espacial -la única intuición estética que realzará la escultura-, con su materialidad soberbia ante un fondo ahora difuminado y deslucido. Porque la visión del creador logrará suplantar aquí el espacio de una escultura para poder ahora pintarla en una obra. Pero solo puede hacerlo ahora con la delimitada forma más destacable de la modelo: la espalda de la sirena. Todo lo demás es despreciado por el pintor. Porque pinta él no lo que ve sino más bien lo que sus manos perciben -como escultor- que debe ser mejor representado. Y a pesar de eso, de la plasmación de belleza sublime de una forma fidedigna -lo que se obtiene en la escultura-, el pintor no conseguirá llevar esa perfección sublime del todo a su trabajo. Pero, no es por él realmente. Es porque la pintura no consigue, exactamente, imitar la capacidad que la escultura tiene para modelar con rigor el cuerpo humano. En la mano derecha de la sirena apreciamos ahora, levemente, la falta de naturalidad en su dorso. Pero esto es lo que es la perspectiva en el Arte pictórico, algo que en la escultura no existe. No hay perspectiva en la escultura solo realidad natural. Porque la perspectiva es en la escultura siempre la que tenga el sujeto observador, no el creador. En la pintura no. En la pintura la perspectiva la tiene que ofrecer, necesariamente, el objeto observado, el pintor con sus alardes. 

Aun así el pintor-escultor John Macallan Swan consigue realizar una extraordinaria obra de desnudo. Una obra de desnudo sosegada, brillante, naturalista, antropomórficamente perfecta. Incluso nos emociona la dificultad para desenredarse ella el maravilloso collar de perlas de su pelo. Una sutil excusa en la pintura para poder componer sus brazos ahora alejados del cuerpo. El pintor-escultor no se prodigaría mucho en estas obras de Arte, se especializaría más en animales, concretamente felinos, en obras que no dejarían mucho a la imaginación. Pero aquí, en algún momento de finales del siglo XIX, crearía este bello lienzo mitológico para plasmar la grandeza de la escultura pintada en una obra. Otros pintores lo habían hecho también, pero solo Swan alcanza a definir la silueta de una mujer desnuda lo menos integrada posible en el lienzo -lo que es la esencia de la escultura-. Porque ella está ahora ahí sola, desplazada absolutamente de toda narración o de toda interactuación con el resto de la obra. Sin nada más ahora que su belleza anónima, distante, desconsolada. Ajena a todo lo que pueda ser más que tratar ahora de ajustarse -inútilmente- su manejado collar entre los suaves cabellos de su cabeza. Porque podremos extraer su figura incluso de ahí: abstraerla ahora del espacio que ocupa en la obra pictórica y llevarla al pedestal pétreo de una escultura clásica. Y seguirá igual en nuestra memoria visual..., mostrando así la serena belleza de una perspectiva diferente. La que ahora podremos tan solo imaginar desde los diferentes ángulos que unos ojos escudriñadores dirijan a una estatua.

(Óleo Las Sirenas, finales del siglo XIX, del pintor academicista inglés John Macallan Swan, Museo Nacional de Ámsterdam, Rijksmuseum.)

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