9 de junio de 2017

Siglos antes, el barroco español se acercó ya al existencialismo o al realismo más introspectivo.



Fue un personaje enigmático y un pintor desconocido que no ha sido del todo identificado en las obras que se le atribuyen frágilmente. Antonio de Puga (1602-1648) fue un pintor español del Barroco más fascinante de la historia. Porque, para entender ese momento artístico tan rompedor, este creador naturalista fue un ejemplo interesantísimo. En algunas de sus obras (atribuidas a él) vemos un escenario -para un momento tan temprano de la historia, primera mitad del siglo XVII- donde las cosas y los seres representados tienen más que ver con la revolución existencial de la humanidad de finales del siglo XIX que con expresiones del momento naturalista de la primera mitad del Barroco. Hay un cuadro en el Museo del Prado, Anciana sentada, atribuido a Antonio de Puga. ¿Qué diferencia podemos destacar entre esta imagen del barroco español y un lienzo del postimpresionismo de, por ejemplo, van Gogh siglos después? Para ser una obra barroca, ¿no es demasiado minimalismo el que hay ahí? En algunas referencias de la obra se añade al título: ...en la cocina. ¿Qué cocina o lugar doméstico es ése donde hay incluso una obra de Arte colgada en la pared posterior, al lado del grabado de un santo? 

Tal vez por eso mismo se obviase luego el lugar: no hay nada en la obra que evidencie o clarifique el espacio elegido para retratar a una anciana sentada. La silla, el cesto a sus pies, el mueble a su espalda y el gato dormido complementan la iconografía de esa obra de Arte barroca. No se aprecia bien, pero el cuadro colgado en la pared y el grabado del santo son elementos sagrados -precisos en una obra no sospechosa de irreverencia- que el pintor sitúa en un plano secundario de la obra. Porque el primer plano ahora, claramente, es la anciana sentada. Antonio de Puga tuvo que ser un creador ilustrado, un pintor inquieto de las profundidades existenciales del ser humano. Porque, ¿qué sentido iconográfico expresa la obra?: ¿la vejez?, ¿el paso del tiempo?, ¿la escasez o la falta de recursos...? Ese pudo ser el camuflaje estético por entonces de la época: en los años treinta del siglo XVII la sensibilidad por el sentido existencial de la vida era imposible expresarla porque era imposible percibirla por la mentalidad de la época. Sin embargo, se atrevería a hacerlo un pintor español en aquellos años iniciales del barroco, probablemente a sabiendas de que nadie lo comprendiera por entonces. Es ahora la facción del rostro de la anciana, sus emociones humanas, lo que la obra expresará con total impunidad para la época. ¿Dónde está la consolación ahí, si es que la hay? No la hay, ni siquera transmitida por la obra sagrada de Arte que, descolorida en la pared, apenas sostiene ahí la descorazonadora muestra de vacuidad que la obra rezuma.

Veinte o treinta años antes, también en ese mismo periodo barroco, otro pintor español, Francisco Ribalta (1565-1628), compuso dos obras de Arte para expresar el semblante de algo tan intangible y etéreo como es el alma. ¿Retratar el alma? Pues sí. Pero, claro, no el alma en un estado de reposo existencial, es decir, en su vivencia humana más realista o práctica o comprensible, no, sino ahora en las dos facetas más opuestas y extremas que esa representación del interior humano pudiera llegar a tener. Alrededor del año 1610 Ribalta compone sus lienzos El Alma bienaventurada y El Alma en pena o atormentada. Este extraordinario pintor español, también poco conocido, se sitúa a diferencia de Puga en el entorno confuso del periodo final manierista y el comienzo barroco. Todavía no se han naturalizado las formas del todo, o no se ha dejado del todo -por Ribalta- de pintar las cosas con un aura mística propia de finales del siglo XVI. El caso es que para componer el alma no entiende Ribalta que ésta tenga otra forma que no sean las dos posiciones tan extremas de bendición o maldición que encierren sus avatares. En su obra de Arte el alma bendecida tiene rasgos femeninos y el alma en pena masculinos. Por otro lado, el alma bienaventurada tiene un fondo de aureola o nimbo amarillo de beatitud celestial tan distante como el efímero gesto angelical que su rostro nos muestra. El alma en pena, a cambio, tiene ahí un enrojecido y llameante fuego abrasador que arderá, inmisericorde, eternamente luego sin embargo.

Pero, en el caso de la obra de Antonio de Puga la imagen del rostro de la anciana sentada, reflejo del estado interior de su existencia humana, expresa otra cosa diferente. Nada de extremos absolutos o demoledores, nada de definitiva consecución de finalidad o de última disposición inconsistente. No, ahora el sentido expresado en el rostro de la anciana sentada de la obra de Antonio de Puga es el de la existencia más humana, con su más cercana expresión de autenticidad existencial. No indica nada su semblante que muestre ahora una determinación clara, en un sentido u otro, de beatitud o maldición eternas. No hay nada que indique de modo evidente -como en los casos de Ribalta- desolación absoluta o satisfacción completa. Nada de eso. Porque en la obra de De Puga la anciana sentada -reflejo de la humanidad más general- nos muestra la sensación más artística para expresar el sentido existencial más realista de todos: la absoluta levedad, orfandad y fragilidad de la naturaleza humana. Donde el ser humano parece divagar con su mirada perdida hacia la nada más desoladora. No atormentadora, no, tan solo desoladora. Justo todo lo contrario de las dos miradas de Ribalta. Porque en estas miradas hay, a cambio, una fijeza doctrinal, un destino prefijado e inevitable en el objetivo que ambas miradas proyectarán en el lienzo. En ambos casos, sus miradas hacia arriba claramente, aunque una imagen ahora con la mirada ladeada, estableciendo de esta forma, profundamente sesgada y demoledora, su terrible sentido tan inalterable o permanecedor. No así con la mirada de la anciana sentada de De Puga, que no dirige ahora sus ojos hacia nada que sostenga algún sentido sino tan sólo hacia la recóndita proyección de una indefinible sensación agotadora: la de tratar de comprender la existencia vagamente sin otra cosa más ahora que el sostén inevitable del recuerdo de la vida.


(Óleo sobre lienzo, El alma bienaventurada, 1610, Francisco Ribalta, Museo Nacional del Prado; Óleo El alma en pena, 1610, Francisco Ribalta, Museo Nacional del Prado; Lienzo del pintor Antonio de Puga, Anciana sentada, primera mitad del siglo XVII, Museo Nacional del Prado, Madrid.)

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