28 de abril de 2020

La salvación está en el equilibrio entre aceptarlo y elegir salvar a otros de lo mismo.



Las leyendas mitológicas tienen la cualidad de poder adaptarse a cualquier final. El Arte, luego, la tendrá de poder expresar la pasión o la reflexión que lleven, entonces, o al mayor momento de dolor, o al más placentero instante de esperanza. Los seres humanos a veces serán manejados por un destino ingrato, consecuencia también a veces de la decisión cruel de algunos de sus semejantes. No es entonces la voluntad de un universo intangible, sino  el desatino malévolo  de una voluntad humana lo que llevará a propiciar un destino personal terrible. Aun así, los deseos misteriosos de un universo sorprendente llevarán luego a poder salvarse de una cruel  amenaza  antropomorfa... Fue éste el caso mitológico de Ifigenia y su trágica familia atrida. Cuando su poderoso padre Agamenón decidió ir a Troya para ganar una guerra literaria, los auspicios le dijeron que sólo sacrificando a Ifigenia podría izar las velas ante la terrible tormenta tan fiera que le impediría salir. La leyenda es como el universo sorprendente, puede tener tantas lecturas distintas como autores diferentes. Inicialmente, la hija de Agamenón moriría en el cadalso sacrificada, pero, sin embargo, otros poetas luego idearon que mejor se salvara, cambiada ya, en el último momento, por un ciervo gracias a una compasiva diosa mitológica. Las naves griegas izaron sus velas y una inocente vida humana iba a ser sacrificada por la decisión de un cruel augurio impenitente. La diosa compasiva, Artemisa, salvaría en un último momento a Ifigenia, llevándola así al país de la Táuride, en donde acabaría convertida en una sacerdotisa de su sagrado templo. 

El pintor François Perrier llevaría a Francia el Arte barroco tan decorativo de Italia a principios del siglo XVII, y, así, en el año 1633, compuso su obra El sacrificio de Ifigenia. Es una composición extraordinaria porque ahora diversos elementos iconográficos se combinan para producir emoción y belleza, pero justo en el  momento dramático anterior a la tragedia, donde veremos a la diosa Artemisa con el ciervo que sustituirá finalmente a Ifigenia. La pintura maneja las formas y los colores de una manera muy expresiva, hay diversas formas mezcladas y representadas en la obra: regulares, curvas, humanas, atmosféricas, terrenales, divinas, materiales, aviesas, salvadoras... Hay muchos colores también, de casi todos los matices cromáticos: verdes, ocres, rojos, amarillos, blancos, grises, marrones, azules... La composición está aglutinada por la configuración tan ajustada de la escena dramática, todos los elementos de la escenificación del sacrificio están aquí juntos, plasmando en un único plano el sentido más artístico de la obra. Están ahí la crudeza, la violencia y la decisión por un lado, pero también la aceptación, el ruego, la adoración o el candor por otro. Hay dolor y hay esperanza. Hay movimiento y quietud, hay maldad y bondad en ese cruel instante espantoso. La leyenda de los atridas es la historia del linaje trágico de Agamenón. Al sacrificio de Ifigenia se unirían luego el parricidio y el matricidio más terribles. Después de tanto tiempo como se prolongaría la guerra troyana -casi diez años- la esposa de Agamenón, Clitemnestra, acabaría enamorada del joven Egisto, un primo de Agamenón. Ambos amantes deciden entonces asesinar a éste a su regreso de la guerra. Cuando Orestes, hermano de Ifigenia, comprende ahora la verdadera autoría de la muerte de su padre, elegirá acabar con la vida de los dos asesinos..., aunque uno sea su propia madre.

Huyendo de las Erinias vengativas por haber cometido tamaño crimen innombrable, trataría de encontrar solución a su tormento allá donde fuese. El dios Apolo le vaticina a Orestes que la única forma de salvarse era ir al santuario de Artemisa en la Táuride, tomar la estatua de la diosa y traerla a Micenas con él. El santuario se encontraba en el reino de los Tauros, yendo en dirección al este a través del Ponto Euxino (mar Negro) hasta llegar al Quersoneso. Le acompañarían a Orestes varios compañeros de Micenas.  Todos fueron descubiertos al acceder al templo de la diosa. Artemisa había ordenado a Ifigenia además que sacrificara a todo aquel que osara entrar a su templo. Cuando los autores del sacrilegio fueron presentados a Ifigenia, los dos hermanos se acabarán reconociendo. Entonces ella comprende que deberá silenciar ese detalle si desea salvar a Orestes de la muerte. Es ahora cuando, en esta estética del mito, la reflexión sustituirá a la pasión malévola. Para esto, qué mejor representación de Ifigenia que la que hizo luego el pintor alemán Anselm Feuerbach (1829-1880). En su obra neoclásica veremos la figura serena de Ifigenia reflexionar ahora sobre el destino que le acontecerá para salvar a Orestes. Piensa cómo convencer a los pobladores del reino y sus gobernantes para, así, poder huir y salvarse con Orestes. Como su hermano a contaminado a la diosa en su intento de tomarla, les dice a los pobladores de la Táuride que la estatua debe ser purificada ahora con agua de mar... También que, ante la afrenta sacrílega, no debían salir de sus casas para no ser ya contaminados. Ella misma llevaría a los asaltantes hacia un barco para poder así ser descontaminados.  Al final, en la legendaria tragedia, Ifigenia pronunciará esta sutil alabanza sagrada: Oh, hija de Latona, sálvame esta vez de ser yo una sacrificadora. Condúceme a la Hélade, lejos de esta tierra bárbara y perdóname mi latrocinio. Tú que amas a tu hermano, diosa, piensa que también yo amo al mío.

Es esta la transformación estética de una realidad trágica por otra compasiva. Es la pasión del Barroco de Perrier convertida ahora en la reflexión del Neoclasicismo de Feuerbach. Dos emociones humanas, la pasión y la reflexión, muy difíciles de reconciliar en la vida. Sin embargo, la tragedia ahora abandonará por un momento la crueldad que gravita siempre entre la maldad de los hombres. Lo haría así la tragedia para, olvidándose Ifigenia de su anterior sufrimiento, poder elegir ahora salvar a otros de lo que ella habría sufrido antes. En la obra neoclásica el equilibrio de formas contrasta con el desequilibrio estético de la obra barroca. En aquel Ifigenia está eligiendo en libertad ante la visión sosegada ahora de un paisaje de esperanza; no hay otra cosa que esperanza en la visión de la obra clásica, una forma de esperanza muy decidida y auspiciada además por la realidad de un mundo, sin embargo, ahora ya más compasivo que el de antes. Porque aunque no hay otra cosa que maldad en las decisiones de unos humanos que afrentan a otros, no habrá más que salvación, sin embargo, en las decisiones humanas que suceden cuando unos humanos piensan en otros. Para el Arte, la visión de ambas cosas llevará a comprender el sentido de la vida frente al sentido de la muerte. En un caso desde la pasión desenfrenada, en el otro desde la reflexión serena. ¿Cuántas decisiones podrían haberse salvado de acontecer siempre esta última cosa? La postura de la vida que toma el Arte es la de mostrar ahora las dos caras opuestas del acontecer humano. Para el Arte hacen falta conocer las dos; para la vida, sin embargo, sólo una es necesario conocerla. Entre medias, la salvación seguirá languideciente por estar, a veces, vaticinada así por la indecisión menos compasiva de los hombres...

(Óleo El sacrificio de Ifigenia, 1633, del pintor barroco François Perrier, Museo de Bellas Artes de Dijon, Francia; Cuadro Ifigenia, 1862, del pintor neoclásico Anselm Feuerbach,  Darmstadt, Alemania.)

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