15 de enero de 2021

La serenidad, el erotismo y la historia, o cómo el surrealismo de Delvaux nos acerca, serenamente, a la verdad.


Cuando en la novela rusa Los hermanos Karamazov el protagonista, Dimitri Karamazov, se encuentra con un sabio monje ortodoxo en los atribulados momentos de su mayor angustia personal, aprovechará la ocasión para preguntarle, ya desesperado: ¿Qué tengo que hacer para ser redimido? Entonces el monje le contestaría, serenamente: Antes de nada, no te engañes a ti mismo.  Para la desesperación el engaño es, sin embargo, una forma de supervivencia. Esa manera de luchar en la vida donde todo vale, donde el engaño es moneda habitual, ha sido la estrategia de los vencedores taimados ante la bisoñez de los incautos o de los confiados. Entonces, ¿cómo no engañar puede llegar a ser una salvación efectiva? Esas son las confusas realidades de la sabiduría... El engaño, en ningún caso, puede ser contra uno mismo. Pero, ¿puede ser entonces contra los otros? Nunca, tampoco. Lo que sucede es que engaño es una palabra confusa. No hay un engaño activo, verdaderamente. Sólo se engaña siempre el sujeto receptor. No engaña nadie, sólo uno mismo se engaña. Y esta sí es una forma legítima de hacerlo, aparentemente. Pero sólo una forma, porque ahora no es levantar un falso testimonio, no es mentir, no es dejar de ser uno mismo. ¡Es sorprender! Sorprender al otro. Entonces el otro acabará engañado, pero no por aquel sino por sí mismo, por el equivocado modo de prejuzgar al contrario que tuvo desafortunadamente. En una fábula japonesa se contaba la leyenda del viajero cansado que busca alojamiento para pasar una noche. Encontraría una pequeña cabaña en la montaña donde vivía un viejo guerrero samurái:  Con su amabilidad de sabio, me recibió y acogió en su cabaña el viejo guerrero, nos sentamos al fuego y empezamos a hablar de mi viaje y de su vida. Le pregunté cómo un guerrero había renunciado al mundo. Y entonces me respondió que, antes de renunciar al mundo, había sido servidor de un príncipe al que enseñaba el arte de la guerra. Comprendí que sería una oportunidad para conocer un arte como ese, teniendo en cuenta las tribulaciones azarosas que el propio viaje me esperaba al día siguiente. Ante mi insistencia, el viejo guerrero me dijo que sólo me contaría una historia, que no me enseñaría nada más, y que yo sacara mis propias conclusiones. Acepté encantado.

Y empezó contándome su historia: En una de las veces que, acampados antes de la batalla, nos solazábamos los compañeros en una taberna, apareció un fiero guerrero fanfarrón y descarado. Entonces uno de mis compañeros, el más fuerte, que se deleitaba con este tipo de enemigos, se enfrentó a éste decidido. Sin embargo, saltó aquel de pronto a su cabeza, le abatió y cayó mi amigo sin remedio. Comprendí que debía yo ahora enfrentarme con mi sable. Cuando le quise asestar un golpe logró esquivarme. Entonces yo daba a diestra y siniestra cuchilladas en el aire, pero nada. De súbito saltó sobre mí y consiguió derribarme. Así que ya no quedaba más que uno de nuestros más viejos compañeros. Este viejo guerrero tenía un aspecto lamentable, apenas podía moverse. No, decididamente acabaría siendo abatido. Así que se dirigió al fiero pendenciero enfrentándose a él fija y tranquilamente. Éste entonces se detuvo inseguro e inquieto, sorprendido totalmente, y el viejo guerrero terminaría por herirle... Al final, todos quisimos preguntarle cómo lo hizo. Sólo respondió que el secreto para vencer en toda circunstancia era hacer de la serenidad una forma de vida. El que está tranquilo deja fluir la realidad. Su misión como guerrero fue ir al enemigo y eso había hecho. El oponente no pudo reaccionar porque no comprendió su tranquilidad tan inusual. Ante nuestra insistencia, él decía: sois jóvenes, vuestros movimientos son muy vivos, pero en realidad desconocéis la forma de salir victoriosos. El poder enfurecido con el que os enfrentáis es una fuerza temporal y vana, no se puede contar con ella siempre. Si deseáis vencer al enemigo no olvidéis que él también lo desea. Se piensa ser el mejor, pero eso no basta. Hay que tener una amplia visión. Es como el que se pierde en el bosque y se muere de vergüenza. Eso fue lo que le sucedió al pendenciero fiero guerrero de la taberna: en ese momento único, indeciso, trágico, ya no contaba nada, ni su vida ni su muerte, ni su victoria ni su derrota. No intentó siquiera defender su cuerpo ante la figura desgarbada de un guerrero tan viejo. La obsesión por la victoria es un estado que favorecerá siempre al enemigo. El secreto de la victoria está en la habilidad y en la falta de resistencia, pero, sin embargo, no en la que pensáis que debiera ser. Cuando el egoísmo es el que nos anima y buscamos solo nuestro beneficio, la sabia intuición poderosa  no puede fluir. Vuestro ser, dominado por el egoísmo, no dejará surgir el brote divino de la inspiración natural. Es ésta, nacida del no-yo y del no-deseo, la única forma que tiene nuestro espíritu de poder vencer. La verdadera naturaleza del secreto de la vida no tiene ni tiempo ni olor, debe ser algo que se asemeje al vacío, incluso a la muerte, puesto que vive en todas partes. Es una esencia maravillosa que actúa en todas partes de forma muy curiosa. Sumergida en esa esencia, aunque pueda parecer extraño, los malos pensamientos, los deseos infatigables, todo lo acosador, desaparecerá como la niebla disuelta por el sol de la mañana. La sospecha, la ilusión, la angustia, se derretirán totalmente y el espíritu verdadero nos inundará por completo. Sentiremos entonces una satisfacción enorme y el mundo limitado se disolverá ante nosotros. El secreto de la vida no reside en la victoria ni en la derrota, sino en asimilar la única verdad. Parte del secreto de todo es olvidar el propio ser y los obsesionantes deseos.

El Surrealismo como estilo artístico se habría ideado, sin embargo, inspirado ya con elementos de la propia realidad. El genial pintor belga surrealista Paul Delvaux (1897-1994) se obsesionaría tanto con la muerte como con la vida; tanto con el amor como con la desolación. Cuando el Arte empezó a descubrir que la verdad estética no tenía por qué enfrentarse con el contenido tan expresivo de lo moderno, el pintor surrealista compuso su obra Serenidad. En ella observamos el contraste bello y distendido entre espiritualidad y erotismo. ¿Se habría enfrentado alguna vez el erotismo a la espiritualidad sin descubrir satisfecha la Belleza? Con las rémoras de una composición gótica elogiosa, el pintor descubriría la maravillosa exaltación de la vida ante un gesto de satisfacción. Pero no es una satisfacción erótica, ni tampoco es una satisfacción histórica, ni artística, ni prodigiosa ante los fenómenos displicentes de la mundanidad. No. Es sólo serenidad... Ante la serenidad la vida se despliega entonces sin temores, sin alardes, sin rencores, sin voluptuosidad equívoca que confunda o exaspere. Con la serenidad de la auto-referencialidad de uno mismo pero sin uno mismo; con la mera posibilidad de sólo ser para solo ser, el Arte de Delvaux nos adentra en la misteriosa senda de lo existente.  Pero lo existente ahora como un hecho inapelable, como un gesto corresponsable con la propia vida. No hay enfrentamiento que no sea una falacia si no es vivido como una inercia propia de la vida satisfecha. Y no hay vida tampoco si no hay enfrentamiento ante la realidad como parte inevitable de la existencia. Pero, la serenidad será una parte esencial de todo eso.  Como la perspectiva tan clásica del cuadro surrealista, la serenidad no dejará nunca de asemejarse a la propia vida, a expresarse como si vivir fuera la única función (de lucha, de resistencia, de persistencia) que no obligase a otra cosa que a vivir la propia vida displicente...

(Óleo Serenidad, 1970, del pintor surrealista belga Paul Delvaux, Colección Privada, Brujas, Bélgica.)



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