En la última etapa de su vida Miguel Ángel combinaría manierismo volumétrico con fuertes rasgos de desesperación existencial. Sus dudas fueron con los años acrecentándose, tal era su espíritu inquieto atormentado estética e intelectualmente. Solo el color y el volumen -metáfora del Arte- satisfizo al artista renacentista su frustración personal cargada de años de decepción y contratiempos. Cómo tratar de compaginar la libertad creativa con la represión que padecería de los poderosos, fue algo que se llevaría a la tumba. Pero dejaría en sus obras parte de eso que no supo vencer sino con su Arte. La creación fue su salvación, una salvación que no es comparable a ninguna otra posible en este mundo. La búsqueda de la belleza en Miguel Ángel fue explosiva y cambiante con los años. De un clasicismo griego sucumbiría luego en un manierismo arrollador para acabar, finalmente, en un trascendentalismo artístico, algo que no fue más que una terrible y desesperada búsqueda de una belleza marchita... Si hubo un pintor existencialista mucho antes de existir el Existencialismo, ese lo fue Miguel Ángel. La mirada individual y perdida está en todos los rasgos humanos compuestos por el artista florentino. Para él, la humanidad es el centro de su creación y su motivación estética. La fuerza del impulso renacentista está en este gran creador como en ningún otro. El choque entre la verdad de la belleza y la verdad revelada fue para él un suplicio espiritual insalvable. Lo que trató de hacer, sin éxito, fue conciliar ambas verdades. Y si lo consiguió lo hizo únicamente con su Arte. Qué grandeza la del Arte, que puede hacer algo que la vida no puede conseguir jamás. Para cuando pinta El Juicio Final, -61 años- los años le permiten transgredir muchas cosas para entonces. A esa edad su mente creadora no tiene reparos en nada, ni siquiera en compartir la falta de belleza aparente de algunas de sus figuras humanas con la composición artística genial del conjunto; algo que llevará, siglos después, a un filósofo alemán a afirmar que el todo es más importante que sus partes. La genialidad de Miguel Ángel, entre otras, fue empezar a transmitir con su Arte que la belleza es la del conjunto y no la de sus elementos individuales.
Del mismo modo, esa particularidad estética la llevaría a su espíritu desesperado: tenía que socorrer la idea magnífica de la divinidad absoluta frente a las diversas apariencias de esa representación evangélica. Para la salvación la genuina virtud es lo importante, y ésta no se encuentra para Miguel Ángel en poderosas oligarquías influyentes, eclesiásticas o no. En su mapa celestial-infernal del fresco de la capilla sixtina, Miguel Ángel compone su dilema existencial más desesperado... En uno de sus elementos figurativos compone a un ser humano aislado abatido por la desesperación. Hay tres abominables seres que ahora le inquieren, le arrastran, le sujetan o le dañan, pero el personaje retratado parece no sufrir ese tormento físico tanto como otro que expresa apenas con el desgarrado abatimiento de su rostro. Con su mano tratará de sostener su pensamiento en el perverso momento del autoengaño... Porque eso es lo que el artista florentino parece tratar de transmitirnos con ese gesto tan humano. Es la desolada experimentación que el ser padecerá cuando comprenderá que es él mismo el que ha errado ya de un modo imperdonable. Sin embargo, el pintor renacentista lo compone con el gesto y el impulso estético más enternecedor. Por esto el castigo que compone aquí Miguel Ángel no es tal, sino ahora más bien el atropello de un destino que se satisface de un error, sin embargo, del todo perdonable. Por eso la expresión del sujeto abatido que lamenta sus decisiones el pintor la compuso con el más triste y desolado de los gestos compungidos. Hay teología, estética y filosofía en esa expresión humana. Y, por tanto, un reflejo del espíritu atormentado de un Miguel Ángel decepcionado del mundo.
Seducido por la Reforma protestante, no dejaría, sin embargo, su fe original, de la que pensaba debía reformarse. El Arte le salvó de ser arrestado, pero, también de su propia desesperación. Como el personaje retratado que sufre tormentos, los seres humanos deciden a veces también que la causa real de su sufrimiento no es otra que ellos mismos. Pero, sin embargo, el pintor atraviesa ahora el gesto desgarrador con la expresión más auto-consoladora que un ser humano pueda disponer además en ese caso. No somos culpables, si acaso, más que de la mitad de las cosas que el mundo nos achaque indiscriminadamente... Y, a veces, ni eso siquiera. Nacer y vivir van unidos, y el hecho de nacer tuvo que ser culpabilizado para tratar de justificar una salvación por entonces necesaria... Pero, no somos culpables de nacer, ni de haberlo hecho de una determinada forma tampoco. Por eso la salvación trascendente es una contradicción filosófica. No hay necesidad de salvarse sino tan sólo de vivir. La salvación real está más en la capacidad de quererse como en la de no hacer daño a los demás. Toda acción que justifique otras cosas no es más que otro autoengaño. Por eso la mano decidida que alivia en la figura desesperada que retrata el artista: mucho más alivia y sostiene que engaña o disfraza su propio delirio personal. No hay dolor mayor que dejarse llevar por el abatimiento existencial sobre un hecho del que somos ajenos totalmente. Miguel Ángel lo sabría, y por eso padeció la terrible contradicción de una fe salvadora y de otra detestable... Como en la vida de cada uno de nosotros: que compartiremos nuestra creencia y nuestra descreencia sin llegar a comprender, muy bien del todo, que ambas cosas son tan relativas como vanamente complementarias.
(Detalle del fresco El Juicio Final, 1541, del pintor manierista Miguel Ángel, Capilla Sixtina, Roma.)


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