Pero cuando los hombres empezaron a preguntarse cosas que nunca antes se habían atrevido a preguntarse, no pudieron justificar lo desconocido con las mismas sobrenaturales cosas de antes, sino tratar ahora de comprenderlas con sus propios medios humanos. Luego del famoso terremoto terrible de Lisboa del año 1755, el ser humano europeo no volvería a creer tanto en la providencia infinita de lo sagrado. Así que ahora los hombres debían representar las cosas del mundo con la crudeza desapasionada que la propia vida hiciera además con ellos. La fiereza del mundo estaba ahí, y las cosas no podrían ser justificadas ni aceptadas como lo habrían sido antes. Para ese momento, los pintores comenzaron a componer escenas catastróficas con el mayor gesto realista posible. Crudas escenas de naufragios marinos frecuentaron las obras del clasicismo romántico de entonces. El pintor holandés Hendrik Kobell (1751-1779) se especializó en la representación artística de buques, puertos y tormentas. En el año 1775, veinte años después de que el hombre dejara de creer en la providencia como explicación a la crueldad del mundo, pintaría su obra El naufragio. Entonces, no dudó el pintor en atribuir la mayor oscuridad y crudeza estéticas a las pinceladas que habrían de reflejar ahora desesperación, catástrofe, irreversibilidad o acabamiento. Aquí, en su obra de Arte, los barcos son cáscaras ingrávidas y frágiles ante las pavorosas olas insensibles de un mar tempestuoso. ¿Qué hacer entonces los hombres ante la irremediabilidad de un mundo despiadado?
El pintor holandés no destacaría en el mundo del Arte; tan solo, si acaso, como un correcto grabador, dibujante o acuarelista habilidoso. Su obra El naufragio es, sin embargo, una afortunada inspiración aislada en la maraña descolorida de sus creaciones. Por entonces se apreciaba más en el Arte la corrección que la intuición, la eficacia detallista que la sutileza artística. Aun así, Kobell conseguiría hacer una extraordinaria pintura de las que por entonces se llamaban naufragios. En su obra no hay solo una embarcación desolada, ahora son varios los buques que acabarán hundidos o descalabrados en esa costa norteafricana. El contraste en la obra entre la ciudad amurallada y sólida de la costa, y la rotunda fragilidad de unas débiles embarcaciones de madera, expresaba la temible dualidad inevitable de la seguridad y la inseguridad del mundo, de la fortaleza y de la debilidad de las cosas; ambas originadas ahora, sin embargo, por el propio hombre. ¿Cómo entender ya que la vida pudiera ser como un relato mágico, mítico, infantilmente creíble...? Porque ya no habría salvación en la forma en la que entonces se sintiera la emoción ante la visión salvaje del mundo. No podrían los hombres ya sublimar ese sentimiento como antes, ante las maldades de un mundo ahora incomprensible. Ahora debían representarse en el Arte como lo que realmente eran: catástrofes violentas, despiadadas o desdeñosas ante cualquier explicación, causa o sentido posible. Ya no habría más solución que asimilarlas con la ciencia incipiente que pudiera explicarlas. Nada, no habría ya nada que pudiera hacerse para sublimarlas como antes... El ser humano, huérfano ya de certezas, tendría ahora que abordar las dudas, las explicaciones, las sensibilidades o las aflicciones con las nuevas capacidades de su racional ciencia. Pero, el Arte no podría dejar de seguir sublimando las cosas... Y eso fue lo que el desconocido pintor holandés hizo en el año de 1775 con su obra romántica. Pero, ¿cómo alcanzó ahora a sublimar el pintor la imagen desolada, algo que el Arte, sin embargo, no habría podido expresar antes sin incluir algún sentido no racional? El pintor entonces compuso, en el plano inferior izquierdo de la obra, a unos hombres ahora que se aferran decididos a la vida. Habían ellos conseguido salvarse, habían conseguido vencer así a la fiereza y a la crudeza de un mundo incomprensible. Y lo habían hecho ellos solos ahora, con la única fuerza de su propia voluntad, pero, también ahora, con la esperanza inexplicable de una providencia infinita...
(Óleo sobre lienzo El naufragio, 1775, del pintor holandés Hendrik Kobell, Rijksmuseum, Amsterdam.)

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