19 de enero de 2014

El momento anterior a la tragedia, el instante creador de mil acciones, o la belleza de lo incierto.



La literatura clásica fue siempre un motivo de inspiración para los pintores de todas las épocas. De hecho la poesía, como la mayor representación excelsa de aquélla, sería comparada con la Pintura: Así como la poesía, así la pintura..., diría el famoso adagio clásico latino; aunque luego acabaría demostrándose esa máxima clásica latina más como un alarde de interpretación acomodaticia que como una realidad objetiva. Pero, entonces, ¿cómo era posible compendiar en el encuadre limitado de un pequeño espacio -el lienzo pictórico- la narración poética de varios momentos instilados en un único tiempo? Porque el pintor, o el escultor, encerrarán su creación en un instante único, arriesgándose a elegir el momento más idóneo o más abierto, o el más inspirado de todos los posibles momentos para que la imaginación de los otros, los que vean la creación luego, pueda hacer el resto...

La cuestión -además de elegir la propia creación compositiva- era ¿cuál momento elegir de todos? En la tragedia, por ejemplo -la temática más abundantemente clásica-, los pintores no debían mostrar nunca el mayor instante de dolor, o el de la más extrema pasión. Y no debían hacerlo porque con ese instante elegido, entonces, acabaría con él cualquier posible deducción posterior... Ya no se podría ir, imaginativamente, más allá. Estaría fijado para siempre el sombrío -trágico- momento elaborado, haciendo de éste, con el tiempo, más una pantomima de su pasión que otra cosa. Perdería entonces el alarde representado su fuerza luego con las veces de mirarlo. Porque no sería más que un instante sin avance, una esencia ahora definida, solo una realidad finalizada, sin pensamiento causado, sin ofrecer al que lo mira la oportunidad, aún, de poder decidir así otra cosa...

Medea fue, quizá, la tragedia griega más desoladora, la más dura, la más dramática o desesperadamente cruel. En ella una madre acaba con la vida de sus hijos en un paroxismo de pasión, venganza, celos y sufrimiento inevitable. Contaba la leyenda mitológica, antes de que el poeta trágico lo narrase, cómo Jasón -el héroe de los Argonautas- llega por fin a su destino, la Cólquide, el reino no griego del rey Eetes. Y allí su hija Medea acabaría arrebatadoramente apasionada por Jasón. No podrá ella apartar su mirada de él. La locura de amor se refleja muy pronto en su delirio. Ante las dificultades del héroe griego por conseguir el Vellocino de oro, Medea le ayudará siempre, salvándole incluso de la muerte. Así consigue por fin Jasón su objetivo, para pronto acabar él luego por marcharse. Y ella también lo hará, a pesar del rechazo de su propia familia. Medea termina hasta matando a su propio hermano, Apsirto, cuando trató éste de evitar su huida. Y subirá ella por fin a bordo del navío Argo para cruzar con su amado Jasón el Helesponto.

Pero, se detuvieron antes de su destino final -el azar indecente- ahora en el istmo griego de Corinto, y aquí su rey Creonte recibe al héroe griego entusiasmado, ofreciéndole incluso la mano de su hija, una hermosa y prometedora griega como él. Así que Medea -la no griega- queda ahora como una vulgar concubina, a pesar de haber engendrado con Jasón dos hijos. Y aun así la nueva esposa, la hermosa griega de Corinto, tratará de desterrar a Medea incluso ahora sin sus hijos. Y así es como surge de pronto el conflicto, el pavor, el dolor..., o el estruendo más pavoroso de lo peor en la vida, esa llama mortífera que, poco a poco, empieza a arder y no podrá parar ya, ni controlarse. En el siglo IV, a.C. -cien años después de que el poeta griego Eurípides crease su famosa tragedia Medea-, el pintor griego Timómaco de Bizancio compuso una obra pictórica con la figura estética de la trágica celosa mítica. Pero, para entonces, debía reflejar en su obra de Arte la expresión más elocuente, la que más belleza consiguiera poseer en una única escena. Y este creador pictórico de la Antigüedad griega no elegiría el degollamiento de los niños, ni el sangrante instante de una espada, no, para nada en absoluto. Para él, para el primer pintor que lo crease en un cuadro, la eximia hermosura de un retrato debía cumplir ahora con el sagrado momento de lo eterno. Y eligió Timómaco la indecisión, la duda interior, o la terrible lucha interior entre pasión y sentido.

El gran poeta y escritor griego Eurípides, en su famosa tragedia, relataba así ese crítico momento:  ¿Por qué me volvéis, mis hijos, la mirada hacia mí, dedicándome esa última sonrisa? ¡Oh, no, no, alma mía, no lo hagas; infeliz, no cometas tal crimen! ¡Déjales, a tus hijos perdona! Pero no, yo no voy a dejar a mis hijos que sean ultrajados. Comprendo qué crimen tan grande voy a osar; pero en mis decisiones impera la pasión, que es la mayor culpable de los males humanos. Y es en ese preciso momento cuando el pintor clásico griego compuso su inspirada escena pictórica. Siglos después la escuela romana de Pompeya elaboraría un fresco para la pompeyana Casa de los Dioscuros, una obra pictórica donde también plasmarían ese mismo instante clásico... Medea está ahora aquí, en el fresco pompeyano, de pie, a la derecha, mientras sus hijos juegan al cuidado de su preceptor. Y aquí aparece ahora una serena Medea con el silencio atronador más espantoso, ese silencio con el que antecede al momento de la fatídica decisión de su horrible crimen. Pero, sin embargo, nada hace presagiar aún que algo tan terrible se vaya a cometer, ni que se cometa...

No es así como el gran pintor francés Delacroix expuso luego, con su Romanticismo decimonónico tan apasionado, el momento elegido para retratar aquel drama clásico. En su Medea furiosa, del año 1838, el extraordinario creador romántico avanza más allá de una simple diatriba psicológica. Porque aquí describe Delacroix el instante donde toma a sus hijos una Medea decidida, y les arranca los vestidos por el esfuerzo de asirlos ahora ante su fatídica arma, un cuchillo mortal, ese mismo que acabará con sus vidas sin remedio. La diferencia aquí ahora es el gesto; allí -en el icono clásico de Timómaco-, sin embargo, la mirada... En el Romanticismo el gesto primará siempre sobre la mirada. Ademán éste, el gesto, que no sería por entonces lo que, ni Timómaco ni el fresco pompeyano, señalarían como la más virtuosa forma manifiesta de representar una bella escena en una imagen. Porque con uno, con el gesto, es la ira vengadora; con el otro -la mirada- la meditación reflexiva; en uno -Delacroix- es el hecho inminente, en el otro -Timómaco- el instante anterior a todo eso... Porque en la obra clásica griega se trataría de reflejar todo el drama, toda la narración trágica griega estaría ahora concentrada en un sólo momento, en un instante único que no muestra aún nada, que deja incluso a los que lo veamos luego la ocasión de que nos enseñe que aún hay tiempo..., que lo habrá, que todavía todo puede ser distinto..., de pensar, de sentir, de poder decidir así otra cosa...

(Óleo romántico de Eugène Delacroix, Medea furiosa, 1838, Palacio Bellas Artes de Lille, Francia; Boceto para su obra Medea y Jasón, del pintor prerrafaelita John William Waterhouse, 1906; Fresco pompeyano, casa de los Dioscuros, Medea debate asesinar a sus hijos, basado en una obra anterior clásica griega, siglo I, d.C., Museo Arqueológico de Nápoles;  Obra Galería de pinturas romana, 1866, del pintor clasicista Alma-Tadema, en esta obra se observarán obras clásicas antiguas, como la Medea pintada por Timómaco en el siglo IV, a.C.; Fragmento del mismo cuadro anterior, donde se apreciará aquí ampliada la obra de Timómaco de Bizancio, una Medea que, con su mirada, recreará así la obra más conseguida de belleza, con esa sensación ahora de belleza que buscarían ya los clásicos grecolatinos -según dicen, el propio Julio César la admiraría tanto que llegaría a comprarla, por muchos talentos, para el templo de Venus en Roma.)

3 comentarios:

Joaquinitopez dijo...

Inolvidable mirada de Maria Callas en la inclasificable Medea de Pasollini.

Arteparnasomanía dijo...

Debe ser una maravilla entonces verla. Unir actuación a esa voz de los dioses es un placer de genialidad.

Gracias por tu apunte. Saludos.

lur jo dijo...

A LA PINTURA



A ti, lino en el campo. A ti, extendida

Superficie, a los ojos, en espera.

A ti, imaginación, helor u hoguera,

Diseño fiel o llama desceñida.



A ti, línea impensada o concebida.

A ti, pincel heroico, roca o cera,

Obediente al estilo o la manera,

Dócil a la medida o desmedida.



A ti, forma; color, sonoro empeño

Por que la vida ya volumen hable,

Sombra entre luz, luz entre sol, oscura.



A ti, fingida realidad del sueño.

A ti, materia plástica palpable.

A ti, mano, pintor de la Pintura.



Rafael Alberti

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