14 de julio de 2011

Un histórico y antiguo magnate español desconocido, mecenas, comprometido y liberal.



Después de la vergonzosa derrota del ejército español en el Rif (Marruecos) en el año 1921, donde cerca de unos diez mil militares españoles perdieron la vida y otros mil fueron hechos prisioneros, España se conmocionaría durante los cuatro años siguientes. Así hasta que, junto con Francia, se decidiera, firmemente, a desembarcar un gran y preparado ejército conjunto en la costa norteafricana. Pero dos años antes de eso, en el año 1923 -un año y medio después del desastre-, el gobierno español aceptaría -por fin- pagar el rescate solicitado por los enemigos rifeños para entregar a los prisioneros retenidos, entre los que se encontraban un general, varios oficiales, suboficiales y soldados. Pero, entonces, para ese canje, ¿quién negociaría ahora con un enemigo tan imprevisible y odioso? Sólo había un hombre en toda España capaz de hacerlo, el bilbaíno don Horacio Echevarrieta Maruri (1870-1963). Nieto de un carpintero venido a próspero comerciante e hijo del industrial vasco Cosme Echevarrieta. Este empresario vasco continuaría ampliando el negocio familiar, asociándose ahora con otro bilbaíno, Bernabé Larrínaga. Ambos fundaron Echevarrieta y Larrínaga, una compañía dedicada tanto a la minería como a los transportes marítimos.

Cuando su padre Cosme fallece, decide Horacio Echevarrieta ampliar el negocio familiar haciendo muestra del gran talante innovador de los emprendedores de finales del siglo XIX. Diversificaría aún más sus empresas hasta llegar a promocionar, por ejemplo, los transbordadores aéreos (inventado por el español, Torres Quevedo) para las famosas Cataratas del Niágara (EE.UU). También aprovecharía el magnate bilbaíno la Primera Guerra Mundial para comerciar provechosamente gracias a la neutralidad española en el conflicto mundial. Al acabar la gran guerra, Alemania había quedado totalmente arruinada y castigada por los vencedores. No podrían construir ningún tipo de armamento militar. Y fue por lo que Echevarrieta, a través de su amistad con un oficial alemán -Canaris-, conseguiría que Alemania pudiese fabricar, clandestinamente, un submarino moderno y muy eficaz, un prototipo fabricado con toda la tecnología alemana de entonces, pero montado y realizado ahora en los Astilleros de Echevarrieta en Cádiz (España). El submarino E1 era por entonces, año 1930, uno de los mejores construidos nunca, superando con mucho a cualquier otro submarino del mundo.

Gracias a la extraordinaria fama que supuso en España su noble gesto al intermediar en el rescate de los prisioneros de África, acabaría manteniendo una estrecha amistad con el rey Alfonso XIII. Él, además, todo un republicano, anticlerical, liberal y modernista vasco... Sin embargo, jamás su ideología le etiquetaría, ni le esclavizaría ni le sectarizaría. De ese modo, obtuvo Echevarrieta la promesa, tanto del rey como del gobierno de Primo de Rivera, de adquirir los submarinos alemanes fabricados en Cádiz para la Armada española. A finales de los años veinte consigue llevar a cabo dos épicas empresas nacionales además, dos gestas emprendedoras que, aún, continúan activas en España. Construyó en el año 1927, en sus astilleros gaditanos, el buque escuela español Juan Sebastián Elcano y, en junio de ese mismo año, constituiría la Compañía Aérea de Transportes -futura compañía aérea Iberia-, en la cual participaba la alemana Lufthansa -fabricante de los primeros aviones de Iberia- con una cuarta parte de las acciones de la compañía española.

Sus ideas republicanas, propias de una época donde la razón y el sentido común se aliaban contra las injusticias de entonces, le llevaron a celebrar el triunfo, en el año 1931, de la Segunda República española. Sin embargo, su alegría inicial se tornaría luego en una total desolación personal y económica. Es curioso cómo los mismos que Echevarrieta ayudara a salir adelante por entonces -los socialistas republicanos-, les defraudarían luego cuando don Horacio más los necesitara. La República se volvió anglófila y dejaría de interesarse por los submarinos alemanes de Echevarrieta. Además, años después, en el año 1947, una explosión en Cádiz destruyó por completo su Astillero naval. Esto, junto a las expropiaciones de sus compañías mineras y de aviación por parte del gobierno de Franco, terminó por arruinar definitivamente al magnate español, que no volvería a ser el que fue, acabando sus días olvidado, pero satisfecho, en su solariega y querida mansión bilbaína.

Contra el rurismo y la teocracia, decía don Horacio. Siempre lucharía él por modernizar España. Desde su privilegiada posición, no sintió ningún pudor en defender propuestas claramente antiburguesas por entonces. El antiguo palacio donde acabara sus días ha llegado a padecer incluso un litigio judicial, y a punto estará de ser derribado. Al mismo tiempo, sus descendientes se vieron obligados a vender su preciada colección artística, sus extraordinarios cuadros de pintura francesa. El panteón familiar en el cementerio de Getxo, en Vizcaya, es casi lo único que recordará ya el antiguo esplendor de Echevarrieta. No, no sólo lo único, también -y surcando ahora todos los mares-, lucirá, orgulloso, en uno de los mástiles del buque Juan Sebastián Elcano, inscrito ahora en una placa conmemorativa y dorada, una leyenda mítica e imperecedera: Astilleros Echevarrieta y Larrínaga.

(Óleo del pintor francés, postimpresionista, Gauguin, Buenos días señor Gauguin, 1889, Galería Nacional de Praga, República Checa, obra de la colección de Horacio Echevarrieta, vendida por sus herederos; Fotografía del magnate español Horacio Echevarrieta, años veinte; Postal con la imagen del transbordador aéreo Torres Quevedo, principios de siglo XX; Imagen fotográfica en una playa norteafricana de Horacio Echevarrieta con el líder rifeño Abd el-Krim, 1923; Imagen fotográfica del Astillero de Cádiz en los años veinte, Echevarrieta y Larrínaga; Fotografía del avión Rohrbach Ro VIII Roland, primer avión utilizado por la Compañía Iberia, 1928; Fotografía de Horacio Echevarrieta con el rey Alfonso XIII, 1929; Imagen de Horacio Echevarrieta, años veinte; Imagen fotográfica de la botadura del buque-escuela español Juan Sebastián Elcano, Cádiz, 1927; Fotografía actual del buque-escuela Juan Sebastián Elcano.)

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